¿Amas a tu madre?… Demuéstralo

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Imagina la siguiente escena. Hay una joven simpática que conoces, una amiga casi perfecta en todos los sentidos: el Corán es su compañero permanente, sus modales son impecables, es siempre respetuosa y colaboradora. Hasta que la ves con su madre y la sorpresa te golpea.

Pareciera que se trata de una persona diferente: su postura es desafiante, de sus ojos parecen saltar chispas, cada respuesta es ofensiva, las quejas brotan de ella como lava hirviendo. ¡Oye, bola de fuego! ¿Qué ha hecho tu madre?

Parece que algo así no puede ser real, pero lastimosamente sí lo es, y además es muy común. Esta breve narración cuenta la historia de muchos de nuestros amigos (¿y de nosotros mismos?).

Es muy fácil caer en la trampa de descargar nuestra cólera sobre nuestras madres, viviendo con la ilusión de que nuestra madre estará ahí para siempre, no importa lo que pase. Es ese sentir el que nos lleva a la negligencia en nuestro esfuerzo por complacerla y a suponer que, solo porque ella puede soportarlo, seguirá amándonos a pesar de lo que le hagamos. ¿Es esta una explicación aceptable de por qué muchos de nosotros tratamos a nuestras madres de tan mala forma? Por el contrario, lo que hace es mostrar tales actos aún más despreciables.

Si nos detenemos por un segundo, nos daremos cuenta de que son nuestras madres las que nos han inculcado muchas de las mejores de nuestras cualidades. Son nuestras madres las que nos han mostrado la importancia de ayudar a otros. Son nuestras madres las que nos han enseñado el comportamiento y la moral apropiados.

Sin embargo, he visto muchas situaciones como la que describí al comienzo desarrollándose frente a mí. Ningún rasgo particular distingue a aquellos que son desagradecidos y groseros con sus madres. No es una característica de adolescentes que las personas superen con el tiempo. No está basado en el género. He visto hombres adultos gritarles a sus madres y mujeres maduras ignorando los deseos de las suyas. Veo estudiantes modelo que se burlan de las incertidumbres de sus madres y niños introvertidos negándose a abrir la puerta de la comunicación con las suyas. He visto adolescentes llenos de vida, rodeados de gente e hinchados de popularidad, poner a sus amigos por encima de sus propias madres. Incluso la gente educada a veces trata a sus madres de una forma no muy educada.

¡Es lamentable, en verdad! Y lo más triste es que cada uno de ellos conoce la importancia de una madre y la orden de Al-lah de tratarla bien. Todos son conscientes de que un hombre se presentó una vez ante el Profeta, sal-lal-lahu ‘alaihi wa sal-lam, y dijo: “¡Oh, Mensajero de Al-lah! ¿Quién entre la gente es más merecedor de mi buena compañía?”, el Profeta dijo: “Tu madre”. Y cuando el hombre le preguntó: “¿Y luego quién?”; el Profeta dijo: “Luego tu madre”. Y cuando el hombre preguntó: “¿Y luego quién?”; el Profeta dijo: “Luego tu madre”. La cuarta vez que el hombre preguntó, el Profeta dijo: “Luego tu padre” [Bujari, Muslim].

¿Acaso esto no está dirigido a todos nosotros?

{Y por cierto que ordenamos al hombre ser benevolente con sus padres. [Y debe saber que] Su madre lo ha llevado [en el vientre] con esfuerzo y lo ha dado a luz con dolor…} [Corán 46:15].

¿Acaso el dolor que han sentido nuestras madres a causa de nosotros no significa nada? ¿No nos sentimos en deuda con ellas? El hecho de que Al-lah, el Todopoderoso, haya puesto a nuestras madres y padres a un grado de estima justo debajo de Él, ¿no nos infunde temor y vergüenza en nuestros corazones?

{No adoren a otros junto a Dios, porque serán condenados y humillados. Tu Señor ha ordenado que no adoren sino a Él y que honren a sus padres. Si uno de ellos, o ambos, llegan a la vejez, no sean insolentes con ellos, ni siquiera les digan: “¡Uf!”. Háblenles siempre con bondad. Trátenlos con humildad y compasión, y rueguen [por ellos diciendo]: “¡Oh, Señor mío! Ten misericordia de ellos como ellos la tuvieron conmigo cuando me criaron siendo niño”} [Corán 17:22-24].

¿Es posible que esta orden de Al-lah no haga vibrar lo más profundo de nuestros corazones?

Es apenas natural que amemos a nuestras madres. Es un hecho natural de la vida, casi inevitable. Pero el amor que late en nuestros corazones, o que escribimos y ponemos en bonitos cuadros, o que tratamos de demostrar a través de un ramo de flores ocasional, no es suficiente.

Es por ello que Al-lah no solo nos ordena que las amemos, sino que las tratemos con bondad. Nuestros sentimientos son insuficientes. Debemos manifestarlos en nuestras acciones en la forma en que les hablamos, a través de nuestra obediencia a ellas, para honrarlas y elevarlas a su trono (como hizo el Profeta José con sus propios padres en medio de su propia gloria). ¿Por qué? Porque el camino hacia el Paraíso yace bajo sus pies.

¿No es acaso hora de que todos los que creemos Al-lah examinemos nuestras relaciones con esa persona maravillosa y sin par en nuestras vidas? ¡Nuestra madre! ¡Nuestra madre! ¡Nuestra madre! Aquellos vientres que moldearon nuestras carnes, la mujer que dio forma a nuestro carácter. ¿No es apropiado, entonces, que arraiguemos en lo más profundo de nuestro ser y nuestros corazones un amor, que se demuestre en acciones, hacia ella?

Ser bondadosos con nuestra madre no es una opción; el amor tierno por nuestra madre es nuestro deber divino. Ella no merece menos. De hecho, Al-lah Mismo lo ha establecido firmemente como un derecho que le corresponde a la madre. Esto es lo que dice el Islam y es, además, lo que un corazón sano nos obliga a hacer.


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