Breve historia de la Navidad (Parte 2 de 2)

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En forma muy breve, fue así como el cristianismo primitivo se convirtió en el hegemónico catolicismo. Con el Edicto de Tesalónica, en 380, el emperador Teodosio I estableció de forma definitiva al catolicismo romano como la religión oficial y única del Imperio, e inició una brutal persecución contra todos los no-católicos, en especial paganos y arrianos. A través de los siglos, todo vestigio de cristianismo primitivo fue destruido y el catolicismo se consolidó como única forma de cristianismo que existió hasta el siglo XVI, cuando Lutero inició la Reforma. Como decía, el catolicismo se fue construyendo a imagen y semejanza de Roma para cumplir con su función de religión imperial. No fue por laxitud o tolerancia, sino por necesidades políticas del imperio, que la Iglesia de Roma, en lugar de erradicar el paganismo y la idolatría y establecer los principios de estricto monoteísmo que enseñó Jesús, la paz sea con él, prefirió absorber costumbres, rituales y festividades paganas, en aras de mantener el orden y extenderse con mayor facilidad. Entre esas costumbres, estableció el domingo, día del sol, día sagrado en la religión de Mitra ya consagrado como día de fiesta en Roma, como el día de celebración de la crucifixión de Jesús, la paz sea con él, para distinguirse de los judíos que celebraban el sábado. También estableció el 25 de diciembre, fiesta de celebración del nacimiento de los dioses solares, como fecha para celebrar el nacimiento de Jesús, la paz sea con él, cuya fecha de nacimiento permanece desconocida. Obviamente, para celebrar el aniversario del nacimiento de Jesús debió aprobar la celebración de los cumpleaños.

Por supuesto, esto no sucedió de la noche a la mañana. Los nazarenos rechazaban la celebración de los cumpleaños por considerarla pagana, e incluso en el cristianismo heleno que originaría al catolicismo, en el siglo III, los primeros Padres de la Iglesia predicaban contra la celebración de los cumpleaños y consideraban sacrílego investigar la fecha de nacimiento de Jesús, la paz sea con él, pues consideraban pecaminoso celebrar dicho nacimiento. No fue hasta el siglo IV, gracias a los esfuerzos de Constantino, que se comenzó a celebrar la Navidad, y las Saturnales se convirtieron en lo que hoy llamamos el “espíritu navideño”. Sin embargo, la Iglesia de oriente no celebraba la navidad sino la epifanía, el 6 de enero. San Juan Crisóstomo, patriarca de Alejandría, y San Gregorio Nacianzeno, fueron los que, merced a intensas gestiones, lograron que en oriente se celebrara también la navidad.
La costumbre pagana de dar regalos en estas épocas se fusionaba con varios mitos sobre quién era el que fabricaba y/o llevaba los regalos a las casas. Una bruja, unos gnomos, o un anciano barbudo, eran los personajes en diferentes culturas. Estos y otros mitos, como el del Joulupukki de Finlandia, se entremezclaron con la imagen mítica que cobró San Nicolás de Bari, un obispo nacido en la actual Turquía, que se hizo famoso por su caridad y su amor para con los niños. Para el siglo XIX, la mezcla de estos mitos fue utilizada por Clement Clark Moore, quien publicó en 1823 un poema sobre un duende que viaja en trineo llevando regalos a los niños en Navidad. Varios artistas dibujaron diferentes versiones de este personaje mítico, que siguió mezclándose con otras tradiciones, hasta que en 1931 la empresa Coca-Cola contrató una campaña publicitaria en la que se estableció la figura de Santa Claus tal y como la conocemos hoy día, rodeado de duendes que le ayudan en la fabricación de juguetes.

La tradición de diversos pueblos europeos de adornar árboles en honor a sus dioses, se fue fundiendo con el cristianismo a medida que dichos pueblos fueron evangelizados. Surgieron diversas leyendas, como la del leñador que, teniendo su hija enferma, y viendo mientras cortaba leña en el bosque que ocurría una lluvia de estrellas, decidió llevar un trozo de árbol, adornándolo con frutas y flores, y poniéndole una estrella de papel en la punta, para que su hija pudiera disfrutar también lo que él había visto. También está la de los ancianos que dieron refugio en su cabaña a un niño, que resultó ser el dios encarnado de la trinidad, quien les dijo que plantaran una rama de pino, del que surgió un árbol que daba por frutos manzanas de oro y nueces de plata. Sin embargo, San Bonifacio se hizo famoso por combatir la costumbre pagana del árbol navideño. No fue sino hasta principios del siglo XVII, en Alemania, que comenzó a popularizarse el árbol de navidad, gracias a una leyenda según la cual, Martín Lutero habría decorado un árbol y lo habría iluminado con velas para recrear el brillo de las estrellas en los árboles del bosque en navidad. En realidad, fue la reina Victoria de Inglaterra quien estableció la costumbre del árbol navideño como señal de fidelidad a su reinado. Parece ser que el primer árbol de navidad que se puso en España se hizo en Madrid en 1870. También en el siglo XIX comenzó la costumbre de cantar villancicos y de regalar tarjetas navideñas. En cuanto a la costumbre de armar el pesebre, viene del siglo XIII, cuando San Francisco de Asís consiguió una autorización papal para representar la natividad con un pesebre viviente. Otras tradiciones paganas regionales se han mezclado con las mencionadas, dándole un toque particular a la navidad en diferentes partes. En Cali, por ejemplo, se acostumbra la realización de las chirimías o diablitos, comparsas en las que los niños se disfrazan de diferentes personajes, principalmente el diablo y la muerte, y van por las calles haciendo sonar tambores y pidiendo dinero para la fabricación del muñeco de año viejo, que rellenarán de pólvora y quemarán el 31 de diciembre. Esa combinación de exaltación al diablo y celebración cristiana es apenas una de muchas muestras de convivencia de lo idólatra y lo pagano con lo cristiano. También hay costumbres regionales de origen absolutamente católico, entre ellas está la Novena de Aguinaldos, que se reza entre el 16 y el 24 de diciembre. Esta novena fue encargada por la directora del colegio La Enseñanza de Bogotá y escrita en el siglo XVIII por el peruano Fray Fernando de Jesús Larrea. La colombiana madre María Ignacia la modificó a comienzos del siglo XX dándole la forma actual. Esta tradición católica, que une a familiares, amigos y vecinos alrededor del pesebre, también se ha mezclado con costumbres paganas locales: hoy día rezar la novena se acompaña indefectiblemente de cánticos, vino, buñuelos, natilla, y muchas veces termina en baile y borrachera.

Para las iglesias católicas y varias iglesias protestantes que celebran la navidad, el origen pagano de las tradiciones navideñas no afecta la importancia y trascendencia del hecho de rendir homenaje a su divinidad encarnada, al hombre que consideran consustancial con Dios. Argumentan que si su mente y su corazón están enfocados en alabar al hijo del Creador, no importa que los medios para ello tengan relación y algunas raíces en cultos idólatras. De modo que el que tenga orígenes paganos, y que hoy día se haya convertido en una festividad superficial y mercantilista, no le resta méritos a quien la celebre con el firme propósito de recordar a Dios. Por su parte, los Testigos de Jehová y algunas iglesias de la Reforma creen que llevar a cabo fiestas paganas para alabar a Dios es un contrasentido, que se constituye en una mayor blasfemia cuanto mayor sea la creencia en que dando regalos materiales y consumiendo bebidas alcohólicas se está ganando el favor divino. De hecho, en el siglo XVII los calvinistas declararon que celebrar el cumpleaños de Jesús, la paz sea con él, era una invención humana. Para los puritanos, Jesús, la paz sea con él, no habría aprobado la celebración de la navidad por ser una práctica pagana y una excusa para hacer el mal. En 1643 el Parlamento de Inglaterra declaró ilegal la navidad y la pascua, y en 1659 los puritanos de Massachussets declararon la ilegalidad de la navidad. Los cuáqueros en Filadelfia también rechazaban la idea de celebrar la navidad. Fueron los católicos irlandeses y alemanes los que con su migración a Estados Unidos en el siglo XIX, renovaron el interés por esta festividad.

La navidad, hoy por hoy, es la gran alegría de los comerciantes, sean judíos, cristianos, ateos, agnósticos, masones o satanistas. Es también la alegría de los niños que cuentan con padres que pueden colmarlos de regalos. A la vez, es motivo de depresión para quienes sienten el peso de la soledad más que nunca en estas fechas (en muchos lugares se ha prohibido hacer sonar las campanas de las iglesias a la medianoche del 25 de diciembre, por ser éste un detonante de muchos suicidios), y de tristeza o envida para quienes no tienen la suerte de recibir regalos. Una fiesta instaurada para celebrar, recurriendo a tradiciones paganas, el nacimiento de un hombre que rechazó toda forma de paganismo e idolatría, un hombre que nunca celebró su cumpleaños, y que jamás tuvo la pretensión de ser celebrado ni mucho menos adorado.
«No aprendan ustedes la conducta de las naciones, ni se aterroricen ante las señales del cielo, aunque las naciones les tengan miedo. Las costumbres de los pueblos no tienen valor alguno. Cortan un tronco en el bosque, y un artífice lo labra con un cincel. Lo adornan con oro y plata, y lo afirman con clavos y martillo para que no se tambalee. Sus ídolos no pueden hablar; ¡parecen espantapájaros en un campo sembrado de melones! Tienen que ser transportados, porque no pueden caminar. No les tengan miedo, que ningún mal pueden hacerles, pero tampoco ningún bien.» Jeremías 10:2-5.

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