Cuando se adora a los hombres

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Soy del mismo pueblo que uno de los bandoleros más famosos y sanguinarios de mi país: Jacinto Cruz Usma, alias “Sangrenegra”[1], célebre asesino de los años cincuenta, cuya marca característica era la corbata[2]. Él y su cuadrilla de una docena de hombres perpetraron muchas matanzas, la última sucedió en el pueblo de Totarito (Tolima, Colombia) donde asesinó a trece campesinos y seis niños, a los cuales incineró en un fogón aun estando vivos.

Fue tal la crueldad de sus actos que fueron sus propios compañeros de fechorías los que lo delataron a la policía, la que creó un gran operativo para capturarlo. Consiguieron cercarlo en el norte del Tolima[3], y a pesar de que la mayoría de los bandidos a sus órdenes murieron, él logró escapar mal herido, pero luego fue encontrado muerto.

Los que somos de esa zona crecimos con la leyenda de “Sangrenegra”. En mi pueblo se decía que, cuando la neblina se desparramaba por el piso, el alma del asesino bajaba del centro del volcán nevado a vengarse de los traidores. Él se convirtió en el boogeyman, el coco, el monstruo debajo de la cama de nuestra infancia. Cuál no sería mi sorpresa cuando en la universidad, en el marco de una investigación sobre religiosidad, magia y sincretismo, visité el Cementerio Central de Bogotá y vi allí, en un rincón, una tumba señalada con cincel con el nombre: Jacinto Cruz Usma. Llevaba encima una palabra que me dejó marca de por vida: SANTO.

Esa tarde vi cómo llegaban personas a esa tumba a llevar flores, velas, arrodillarse, rezar y pedir milagros. Lo confieso: lloré de rabia e impotencia. ¿Cómo era posible que le rezaran a ese hombre? Es decir, ¿no sabían quién era en realidad? Con el fin de “desenmascararlo”, empecé una investigación sobre el culto al supuesto “santo” en el que se había convertido “Sangrenegra”, así reconstruí su historia, y también armé el rompecabezas de mitos alrededor de su vida.

El proceso por el cual se santifica a un ser humano suele tener una estructura repetitiva: una vida llena de vacíos históricos que se llenan con historias fabulosas, una muerte confusa, que por lo regular deriva en la falta de un lugar único de entierro[4]. Es usual que, en vida, el Santo no se haya declarado así ni haya registrado ningún milagro, estos solo ocurren luego de muerto.

En tan solo 50 años, un asesino inescrupuloso se convirtió en SANTO, su popularidad, junto con la tergiversación de su vida, lo rodearon de un halo de santidad que hace que, hasta el día de hoy, vayan personas, que incluso peregrinan de lugares lejanos, a rogar por milagros, en especial sanaciones.

De esta manera se empiezan a adorar “santos”: hombres y mujeres que han sigo iguales que nosotros (o peores, como en el caso claro de Sangrenegra), y cuando se adora a un ser humano, se es injusto en diferentes aspectos y espectros.

Adorar santos es rendirle culto a seres humanos que tuvieron defectos como todos nosotros, y venerar también esos defectos, es como decir: “No me importan las fallas de esta persona, voy a creer que tiene poder y solo por eso es capaz de concederme lo que yo quiero”. La adoración a seres humanos muertos es injusta con el individuo, porque le envía el mensaje erróneo de que al final de la vida lo único que importa es tener potestad, haciéndolos caer en la idolatría y facilitándoles el camino al Infierno. Mientras millones de personas se esfuerzan cada día por ser mejores, por no rendirse ante los impulsos dañinos que tienen, otros les están diciendo: “Oye, no importan tus malas obras, al final lo único importante es que tengas poder”.

También es injusticia con la humanidad, porque desmerece el esfuerzo conjunto de ser mejores como sociedad, como grupo; la adoración a santos lleva un mensaje social: el individuo que se destaca es el poderoso, no el bondadoso.

Por último, lo más grave: se es injusto con Al‑lah, Él es nuestro Sustentador, nuestro Proveedor; cuando Le pedimos o agradecemos a otro que no sea Al‑lah, cometemos una injusticia: {Él hizo para ustedes de la Tierra un lugar habitable y del cielo un techo, e hizo descender la lluvia del cielo con la que hace brotar frutos para su sustento. En consecuencia, no dediquen actos de adoración a otros además de Dios, ahora que saben [que Él es el único Creador]} [Corán 2: 22].

Y está en otro capítulo del Corán, tan claro que no es necesario explicarlo: {[Recuerda] cuando Luqmán exhortó a su hijo diciéndole: “¡Oh, hijito! No dediques actos de adoración a otro que Dios, pues la idolatría es una gran injusticia”} [Corán 31:13].

Solo Al‑lah es digno de adoración, dedicar culto a cosas o seres fuera de Él no trae sino perjuicio y maldición. Dios es el único que ostenta el derecho a ser adorado, y violar este principio esencial del monoteísmo nos saca del Islam y atrae la ira de Dios contra nosotros. Recordemos que la idolatría es el único pecado que Al‑lah no perdona si morimos en él: {Dios no perdona la idolatría, pero fuera de ello perdona a quien Le place. Quien asocie algo a Dios comete un pecado gravísimo} [Corán 4: 48].

Algunas personas aducen el hecho de que no “adoran” a un ser humano, sino que simplemente le rinden reverencia por haber sido una gran persona. Esta devoción se considera en el Islam un tipo de adoración indirecta, y está prohibido dirigirla a otros que no sean Al‑lah. Todo acto de adoración debe ir enfocado solamente a Dios, Alabado sea, el Creador de los mundos.

Para mí sigue siendo terrible encontrar personas que veneran santos en general, pero realmente no lo soporto cuando me encuentro con algún devoto de Sangrenegra, a pesar de lo que yo pueda contar para ver si dejan su culto de adoración a este asesino, a pesar de lo que pueda documentar intentando hacerles ver la clase de persona que fue, no he conocido ni uno que se retracte del culto al homicida, al contrario, se llenan de una cantidad de argumentos, desde algunos lógicos (pero falaces) hasta los más descabellados. Lo cierto es que cada quien toma la decisión de en qué creer, solo ten cuidado que tu creencia no se convierta en injustica, ya que los injustos estarán solos el Día del Juicio: {[Los idólatras] adoran en lugar de Dios lo que no les fue revelado y carecen de conocimiento. Los injustos no tendrán quién los auxilie} [Corán 22: 71]. 

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[1] Nomás con el apodo se pueden hacer una idea de la calidad de persona que era este asesino.

[2] No, no la prenda de vestir, sino una forma de asesinar que data de los años 1950 en Colombia, en la época denominada “la violencia”, donde se abría la garganta de la víctima y se le sacaba la lengua, que se dejaba colgando a modo de “corbata”.

[3] Zona muy montañosa de ese departamento.

[4] Una estructura similar puede encontrarse en el culto a Hasan Ibn Ali (que Al-lah esté complacido con él), nieto del Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Al‑lah sean con él), de quien existen al menos tres tumbas en países distintos.


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