Guiado por un niño ciego (parte 2 de 3)

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Después, mi esposa dio a luz a mis otros hijos, Jalid y Omar.

Pasaron los años y Salim y sus hermanos crecieron. No me gustaba quedarme en casa y pasaba la mayor parte del tiempo con mis amigos, yo era como un juguete en sus manos y estaba completamente bajo su influencia. Mi esposa, sin embargo, no perdió la esperanza en que me reformara, siempre suplicaba a Al-lah, el Todopoderoso, para que me guiara. Nunca se enfadó con mis actos irracionales, pero se entristecía mucho cuando me veía ignorar a Salim y cuidar de sus hermanos.

Salim creció y mi dolor creció a la par con él. No me opuse cuando mi esposa me pidió que lo inscribiera en una escuela para personas con discapacidad. No sentía el paso de los años, la rutina en la que pasaba mis días era trabajar, comer, dormir y disfrutar en las noches.

Un viernes, me desperté a las once de la mañana. Era demasiado temprano para mis costumbres habituales. Había sido invitado a un banquete de bodas, así que me vestí, me perfumé y salí.

Pasé por la sala de estar, pero me detuve al ver que Salim lloraba amargamente.

Era la primera vez que le prestaba atención a las lágrimas de Salim desde que era bebé. Habían pasado diez años y nunca le di mi atención. Traté de ignorarlo, pero no pude. Escuché su voz llamando a su madre mientras yo estaba en la habitación.

Me di vuelta y me acerqué a él. Le dije: “Salim, ¿por qué lloras?”.

Cuando escuchó mi voz, dejó de llorar. Cuando sintió que me acercaba a él, comenzó a tratar de sentir a su alrededor con sus pequeñas manos. ¿Por qué hacía eso? ¡Vi que trataba de alejarse de mí! Era como si dijera: “¡Ahora te vienes a dar cuenta de mi presencia! ¿Dónde estuviste estos diez años?”.

Lo seguí y entró en su habitación. Al principio, se negó a decirme por qué estaba llorando. Fue solo cuando le hablé con suavidad que se atrevió a decirme la razón de sus lágrimas. Mientras lo escuchaba, comencé a temblar. ¿Saben por qué?

Su hermano Omar, que solía acompañarlo a la mezquita (Masyid) se había retrasado, y debido a que era viernes, temía no encontrar lugar en la primera fila. Salim llamó a Omar y a su madre, pero ninguno le respondió. Entonces, comenzó a llorar. Vi caer las lágrimas de sus ojos ciegos y no pude soportar esa visión, entonces puse mi mano en su boca y dije: “¿Es por eso que estás llorando, oh, Salim?” Respondió: “Sí…”.

Olvidé a mis amigos, olvidé el banquete. Dije: “Salim, no estés triste. ¿Sabes quién va a acompañarte a la mezquita hoy?”. Me dijo: “Omar, por supuesto. Pero siempre llega tarde”. Le dije: “No. Yo voy a acompañarte”. Salim se sorprendió y no podía creer lo que escuchaba. Pensó que me estaba burlando de él, y siguió llorando.

Sequé sus lágrimas con mis manos y sostuve la suya. Quería llevarlo a la mezquita en el auto, pero él se negó, diciendo que estaba cerca y quería caminar hasta la mezquita. Me sentí avergonzado porque yo ni siquiera recordaba cuándo había sido la última vez que había entrado en la mezquita. Sin embargo, fue la primera vez que sentí miedo y remordimiento por mi negligencia de los últimos años.

La mezquita estaba llena de fieles, pero me las arreglé para encontrarle un lugar a Salim en la primera fila. Escuchamos juntos el Jutbah (sermón) del viernes, y él oró a mi lado; en realidad no, yo recé a su lado.

Al terminar la oración, Salim me pidió que le pasara una copia del Corán. Esto me sorprendió, ¿cómo podía leer si era ciego? Estaba a punto de ignorar su petición, pero lo complací por temor a herir sus sentimientos. Le entregué la copia del Corán.

Me pidió que lo abriera al comienzo del capítulo Al Kahf (la caverna). Estuve pasando páginas y buscando el número de página en el índice hasta que finalmente la encontré.

Me pidió que lo pusiera abierto frente a él y comenzó a recitar el capítulo con sus ojos cerrados. ¡Lo había aprendido todo de memoria!

Estaba avergonzado de mí mismo. Tomé otra copia del Corán.

Sentí que un escalofrío pasó por todo mi cuerpo al leer más y más. Le pedí perdón a Al-lah, el Todopoderoso, y que me guiara, y comencé a llorar como un niño. Seguí leyendo el Corán y pidiéndole guía y perdón a Al-lah, el Altísimo.


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