Inquebrantable: El espíritu de Hayar

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En un árido desierto, bajo un sol abrasador, una mujer se apoyó contra el tronco torcido de un árbol, sosteniendo a su niño y tratando de protegerlo de las inclemencias del tiempo. Con solo una pequeña vasija con agua y una bolsa con dátiles que ya estaba angustiosamente liviana, vio cómo su esposo dio media vuelta y se alejó de ella. A medida que él se alejaba más y más, ella ya no pudo soportarlo. “¿Nos estás abandonando?”, le preguntó, pero no recibió ninguna respuesta, el único sonido era el de sus pasos sobre la arena, sin dejar tras de sí ninguna huella. “¿Nos estás dejando en este valle, donde no hay nada ni nadie?”, gritó de nuevo, mirando el pequeño rostro de su hijo. Su corazón se llenó de pánico ante la idea de estar sola en ese lugar vacío, desolado como estaba. Y entonces, casi instantáneamente, otro pensamiento vino a ella y su corazón saltó ante un sentimiento de certeza. Intuitivamente, ella sabía que, a pesar de las circunstancias, nada malo le iba a pasar ni a ella ni a su hijo; algo grandioso la esperaba, aunque no tenía idea de qué era.

“¿Al-lah te ha ordenado hacer esto?”, le preguntó con voz firme. El hombre se detuvo, y asintió. “Entonces, Él cuidará de nosotros”, dijo en voz baja.

Sin ser visto por Hayar, su esposo sonrió con tristeza y luego, cuando ya estaba lejos del alcance de su vista, levantó sus manos suplicando: {¡Oh, Señor nuestro! He establecido parte de mi descendencia en un valle árido de poca vegetación, junto a Tu Casa Sagrada, para que, ¡oh, Señor nuestro!, cumplan con la oración. Infunde en los corazones de la gente amor por mi descendencia, y provéelos de todo alimento para que sean agradecidos} [Corán 14:37].

Detrás de él, apoyada en el árbol, Hayar (Agar en español) se preparaba para un futuro en el que le esperaba mucho más de lo que ella jamás imaginó. “Estoy satisfecha por estar con Al-lah”, murmuró, sabiendo que sin importar cuán vacío estaba el desierto alrededor de ella, nunca estaría sola en realidad.

En aquel momento, la intuición de esta mujer y su confianza y certeza en su Señor, hicieron de ella una de las personas más grandes de la historia. Hayar pasó de ser una esclava desconocida en Egipto, a ser un símbolo de convicción espiritual, conocimiento profundo y acción decisiva. A pesar de que ella es mejor conocida como la esposa del Profeta Ibrahim y madre de Ismail (la paz sea con ellos), fue reconocida por Al-lah y Su Mensajero por mérito propio.

Su historia es una de aquellas que repetimos a menudo, es familiar para todos nosotros y, sin embargo, contiene mucho más para nosotros que las lecciones que hemos aprendido de memoria. Sus palabras, haciendo eco en el desierto, resonaron firmes con Tawakkul (confianza) en Al-lah; y esas palabras fueron mucho más que un mantra espiritual vacío.

Hayar fue una mujer que no permitió que sus circunstancias la abrumaran o la controlaran; ella no se limitó a simplemente declarar su fe en Al-lah permaneciendo pasiva, sino que ejemplificó lo que significa ser proactivo y tener determinación incluso de cara a los obstáculos que parecen imposibles de vencer. Abandonada en el desierto, rodeada de arena, con un niño que dependía de ella para sobrevivir, Hayar no se conformó con permanecer inactiva o con rendirse ante lo aparentemente inevitable, o con esperar que le llegara un milagro del cielo. Ella tomó el control con lo poco que tenía. Decidida a encontrar algo que cambiara su condición, comenzó a caminar de prisa entre Safa y Marwa, implacable en su persistencia. Ella estaba muy consciente del hecho de que se encontraba en una situación difícil, y de que la vida de su hijo estaba en peligro. Sin duda, habría sido más fácil para ella romper en llanto y rendirse como una víctima de las circunstancias o paralizarse por el miedo. Sin embargo, Hayar decidió poner su confianza en Al-lah y buscar activamente una estrategia de acción −aunque pudiera haber parecido inútil para cualquiera que estuviese observando la escena−, lo cual pone en evidencia su espíritu de resistencia y resolución.

Hayar tampoco se dio por vencida después de uno o dos intentos, no aceptó el fracaso como una opción o como el resultado más probable. Siete veces −en el calor abrasador, con el llanto de su niño retumbando en sus oídos, mientas la tierra a su alrededor permanecía en un silencio sepulcral−, Hayar ascendió las colinas de Safa y Marwa siete veces… siete veces luchó por encontrar sustento y ayuda para ella y su hijo, siete veces se llevó a sí misma más allá de los límites de su cansancio y preocupación. Y entonces, solo entonces, cuando había hecho todo lo que le fue posible, Al-lah envió al ángel Yibril (Gabriel), desde el séptimo cielo a la tierra, para cavar con el extremo de su ala en la tierra reseca y dejar fluir las aguas de Zamzam.

Incluso entonces, mientras el agua pura y cristalina ser vertía sobre sus manos, Hayar no se dejó llevar por el momento; con brillante previsión, se arrodilló y formó los primeros límites de lo que sería conocido para siempre como el Pozo de Zamzam.

E incluso cuando Al-lah respondió la súplica (Du’a) del Profeta Ibrahim al enviar a la tribu de Yurhum para establecerse en aquella tierra antes estéril, Hayar nunca cayó en la complacencia ni pensó ingenuamente que todos sus problemas se habían resuelto. “Pueden usar el agua”, le dijo a la gente de la tribu, “pero el pozo siempre nos pertenecerá a mí y a mi hijo”. Sus palabras eran un signo de su previsión sagaz: no solo se estaba protegiendo a sí misma y a su hijo Ismail, sino que también estaba preservando un legado milagroso para toda la humanidad. Las aguas de Zamzam permanecen protegidas y son apreciadas como un recordatorio de las innumerables bendiciones de Al-lah incluso en tiempos de severas tribulaciones.

¡Que Al-lah tenga misericordia de la madre de Ismail! El Profeta Muhammad (que la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él) suplicó por ella, y nosotros nos hacemos eco de esas palabras, porque en Hayar encontramos la más hermosa y perdurable historia de la prueba de fe de un creyente en tiempos de angustia, la lucha de una madre sola por la supervivencia contra todo pronóstico.

Hoy en día, la Ummah musulmana tiene muchos como Hayar, madres solas y padres solos por igual; personas que inesperadamente se encontraron solas, abandonados en circunstancias que no eligieron, y se quedaron únicamente con su confianza en Al-lah y con su propia perseverancia para ayudarlos a atravesar ese destino imprevisto.

Estos hombres y mujeres son un ejemplo para todos nosotros: como Hayar, ellos no se conforman con ser víctimas de las circunstancias, sino que están decididos a encontrar una solución a pesar de lo complicada que parezca la situación. Ellos confían en Al-lah, sabiendo que Él es Ar-Razzaq (el Proveedor), y sabiendo también que Él no cambiará la situación de las personas a menos que ellas cambien por dentro [Corán 13:11]. En un mundo en el que se hace cada vez más difícil mantener una familia, estos padres solos van más allá de lo que muchos de nosotros podemos imaginar: firmes en su creencia en su Señor y sus deseos por educar a sus hijos para amar y adorar a Al-lah, y por protegerlos de la dura realidad de la pobreza, la injusticia social y demás males.

Tristemente, muchos musulmanes no honran a estos héroes y heroínas de nuestra Ummah como se lo merecen. Muchos de nosotros vemos a los padres solteros como menos dignos de respeto. No nos damos cuenta de que las luchas por las que ellos están pasando son, de hecho, las mismas por las que pasó Hayar, y por las cuales ella fue honrada por el Señor del universo, Quien decretó que sería obligatorio para todo musulmán seguir los pasos de Hayar entre Safa y Marwa durante el Hayy y la Umrah. ¿Cómo podríamos decir que hemos cumplido a cabalidad con el espíritu de la peregrinación si nuestros pies caminaron entre esas dos colinas, pero nuestros corazones no se conmueven ante la grandeza de Hayar y la de todos aquellos que día a día imitan su ejemplo?

La historia de Hayar es una inspiración para todos nosotros, estemos solos o no. Ella fue una persona que se negó a asumir la identidad de víctima, la actitud de impotencia o la aceptación del fracaso; ella sabía que Al-lah nunca la abandonaría, pero también sabía que no podía abandonarse a sí misma. Sin importar cuán grave sea el problema en el que nos encontramos −financiero, emocional o de otra índole−, debemos recordar a Hayar cuando nos veamos tentados a rendirnos ante el sentimiento de la derrota. Su Taqwa, su Tawakkul y si espíritu de resistencia fueron más fuertes que la situación por la que atravesaba: una verdadera heroína del Islam.


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