La crisis de autoridad entre los musulmanes: Redescubriendo la tradición islámica

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Lo que hace que una (buena) tradición lo sea

Una tradición separa las buenas respuestas a los problemas que le conciernen, de las malas, y desarrolla aún más las buenas respuestas y reduce las malas.

Esta dinámica de cuestionamiento, desacuerdo y lucha por ubicar la verdad −como le expliqué a mi joven audiencia− es el propósito de cualquier tradición exitosa, es decir, tratar de hallar la respuesta correcta. Y en este caso, esa respuesta correcta significa discernir la verdadera voluntad de Dios sobre cualquier cuestión, tanto como sea posible, documentándonos y registrando cuidadosamente los debates de las generaciones previas, y desarrollando dichos argumentos generación tras generación, de modo que tanto los acuerdos como los desacuerdos queden claros. Las tradiciones saludables y seguras de sí mismas, de hecho, se preocupan por registrar no solo las respuestas exitosas, sino también las rechazadas, a fin de enseñarle a la siguiente generación, y también por el bien de la integridad.

Piénsalo de esta manera: lees una aleya que dice que no hay coacción en la religión. Sobre la base de tu conocimiento del árabe, concluyes que eso significa que nadie puede ser obligado a hacerse musulmán. Tu amigo liberal, sin embargo, lee el mismo versículo de manera diferente, concluyendo que la mente de cada persona es asunto de cada cual, y que nadie debería decirte que reces, ni siquiera animarte a que te acerques a Al‑lah, porque esa es una forma de coacción psicológica. Otro de tus amigos lo lee e interpreta que ningún musulmán puede ser forzado a dejar el Islam, pero que obligar a un no musulmán a aceptar el Islam es perfectamente válido. ¿Cómo deciden los tres cuál es el verdadero significado? ¿Se lavarán las manos y aceptarán que la interpretación de cualquier persona es tan buena como la de cualquier otra?

Lamentablemente, esta es la conclusión a la que habían llegado algunos de mis jóvenes amigos. La razón no era que sus padres y ancianos no les habían dado la respuesta “correcta” (a fin de cuentas, estos jóvenes asistían a una escuela islámica competitiva y a una mezquita), sino que no habían sido convencidos. De forma comprensible, las razones para las respuestas proporcionadas a sus preguntas sobre tales asuntos no habían sido convincentes: Debes creerme porque soy tu padre, o tu Imam, o porque solo hay una única respuesta. En raras ocasiones, alguien pudo incluso proporcionar un argumento racional abordando los aspectos contextuales y lingüísticos de la aleya. Pero la cuestión, como lo manifestó un joven, es esta: ¿Por qué debería confiar en tu interpretación y no en la de la persona a tu lado? Esta pregunta es legítima y echa raíces en las mentes de Dios sabe cuántos jóvenes musulmanes en la actualidad.

La repuesta es mucho más convincente si se presenta como parte de una tradición completa, duradera, saludable, persuasiva, consciente de sí misma y autocrítica. En lugar de dar una respuesta, he optado por decirles a mis amigos que consideren que existe un registro de siglos de comentarios mucho más eruditos sobre esta y otras aleyas y hadices. Legiones enteras de eruditos y estudiosos devotos se han imaginado todos los posibles significados de esta aleya, y sus relaciones con otras aleyas, enseñanzas, y con las prácticas del Profeta (la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él) y de sus compañeros. A menudo, no podían establecer una respuesta correcta, y generación tras generación, de forma diligente y apasionada, han producido obras registrando acuerdos y desacuerdos al respecto. Es posible llegar a una interpretación inteligente en la actualidad (quizás tu amigo más inteligente podría superarte mañana), pero ¿y si este proceso ya ha tenido lugar en las manos de personas mucho más calificadas y más cercanas en el tiempo a la revelación del Corán?

Estando por cuenta propia, tú y tus amigos probablemente jamás hallarán un terreno común en muchos temas. Pero ahora pueden hacerlo. La tradición todavía puede tener algún desacuerdo básico en la modalidad de “no compulsión”, pero en conjunto, los significados de esta frase son conocidos con mucho detalle y con gran confianza acerca de la intención Divina detrás de ella.

Hay otro aspecto, puramente psicológico, de la belleza de la tradición islámica. En el momento en que aprendes el idioma, el contexto histórico, la totalidad de los textos de las Escrituras que son relevantes, y la complejidad de los problemas legales y filosóficos implicados, habrás dedicado una gran parte de tu vida inmerso en este océano y habrás encontrado la brillantez, diligencia escrupulosa y, no con poca frecuencia, la genialidad asombrosa de una procesión de eruditos musulmanes. Es una verdadera señal de Al‑lah leer a estos eruditos o leer acerca de ellos. Las posibilidades de que te atrevas a presumir de tus propias habilidades interpretativas después de este aprendizaje son realmente pequeñas. Nuestra tradición inspira humildad en los corazones más duros.

Pero basta de hablar sobre desacuerdos. El caso del acuerdo entre los eruditos musulmanes no es menos inspirador. Comprada con cualquier otra tradición religiosa, y dada la diversidad de los puntos de vista y la completa libertad (e incluso motivación) para el desacuerdo, los primeros musulmanes llegaron a consensos (o a amplios acuerdos) sobre un número sorprendentemente grande de temas.

Quizás la distinción más grande de la tradición islámica, en particular del Islam ortodoxo o sunita, ha sido la validación mutua de los diversos eruditos de la interpretación legal. El objetivo de la tradición islámica es buscar acuerdos en cualquier cuestión, pero si esto no se logra, su función es organizar el desacuerdo, evaluar y categorizar las diferentes opiniones. Las cuatro famosas escuelas de ley o madáhib, son vistas por los sunitas como igualmente válidas. Ninguna otra tradición religiosa, por lo que sé, ha mostrado históricamente ese nivel de tolerancia mutua y respeto entre sí. Como dice una celebrada afirmación del Imam Shafi’i: “Mi opinión es correcta, pero tiene el potencial de ser incorrecta; y la opinión de cualquiera de mis oponentes es incorrecta, pero tiene el potencial de ser correcta”.

Cuatro no es un número mágico, y estas escuelas de ley (por nombre, Hanafí, Malikí, Shafi’i y Hanbalí) sobrevivieron y prosperaron simplemente por el proceso del esfuerzo humano y por la aceptación de ellas por parte de la Ummah. El hecho de que tengamos cuatro escuelas de interpretación sunita, que se consideran todas entre sí mutuamente válidas, es algo de lo que debemos estar orgullosos. Es este mecanismo, cuando funciona correctamente, el que evita (y ha evitado) que el Islam se convierta en una tiranía alineada con cualquier gobierno, cualquier clase de eruditos o cualquier familia. El tipo de teocracia que oprimió a la Europa cristiana durante siglos (y que dio lugar a una reacción igualmente extrema contra la religión) nunca ha sido el caso del Islam.

Mi joven público estaba encantado (y abrumado) con la información. Yo estaba muy feliz de escuchar que ellos querían que yo regresara, pues este tipo de reunión, de transmisión de conocimientos y debate está, después de todo, en el corazón de nuestro “camino intermedio”, nuestra tradición central.

Parábola: La tradición como ciudad

En el mundo moderno, la tradición es algo extraño, incluso para los seguidores de las grandes religiones tradicionales. Incluso aquellos musulmanes que viven según tradiciones, por lo general no entienden cómo funciona una tradición, qué hace que una tradición sea grande, y cómo las tradiciones se vuelven obsoletas y débiles.

Cuando los seguidores de una tradición enfrentan retos externos o demasiadas disputas internas insolubles, esta pierde su poder de persuasión y de inspiración, y se hace ya sea opresiva o impotente e irrelevante. En el mundo premoderno, la mayoría de los pueblos civilizados vivían y pensaban dentro de tradiciones religiosas: algunas débiles, otras fuertes; algunas intelectuales, curiosas y abiertas, otras estrechas y dogmáticas; algunas basadas en la verdad que fue preservada (Islam), otras corruptas y perdidas en diversos grados (cristianismo, judaísmo) o perdidas por completo.

Debido a que una tradición saludable y funcional es extraña, quizás la mejor forma de describirla a aquellos no especializados en historia ni en ciencias tradicionales, es a través de una parábola. Piensa en la tradición islámica como una ciudad. La ciudad fue establecida por un plan divino a través de las manos benditas del último constructor. Con el tiempo, esta se expandió y les dio la bienvenida a multitudes de personas.

Una ciudad exitosa está construida para dar cabida a las necesidades multitudinarias de una gran cantidad de personas, con diversidad de profesiones, preferencias y gustos. Sin embargo, es un sistema unificado con un alcalde o gobernador, y su éxito depende de si tiene el material y otros recursos para apoyar a sus habitantes y nutrir su crecimiento, si se ejecuta bien con integridad y competencia, si sus habitantes se llevan bien entre sí y, finalmente, si puede defenderse contra los invasores. Cada nueva generación agrega sus capas, ya sea construyendo sobre los edificios existentes o erigiendo nuevos edificios y extendiéndola en nuevas direcciones. Nuevas circunstancias, inmigrantes, desafíos, invasiones foráneas, plagas, levantamientos e incluso guerras civiles pueden afligir a una ciudad. Si la ciudad sobrevive, se hace fuerte y más resiliente al desarrollar nuevos edificios o vecindarios, ajustando y adaptando su gobierno, y así sucesivamente.

Ahora, imaginemos que esta ciudad es el Islam. La base fundacional del Islam proporciona una visión divinamente guiada, el plan maestro para la construcción de una ciudad divinamente guiada, la ciudad de la salvación para todos los seres humanos hasta el fin de los tiempos. Los simples textos fuente del Islam dan una visión y un plan para la vida en su conjunto, pero establecen solo unos cuantos edificios, dejando lo demás para que las siguientes generaciones construyan siguiendo la misma visión, pero ajustándola de acuerdo a sus necesidades. Cada generación desarrolla nuevas soluciones a los problemas que enfrenta. A medida que el número de ciudadanos se multiplica por miles en un par de generaciones, se necesitan nuevos edificios, algunos se construirán bien, otros no. Cada generación agrega, repara, decora o destruye y desfigura el legado que ha recibido.

Si la estructura física de la ciudad no es suficiente para el número y la diversidad de necesidades de sus ciudadanos, pierde sus habitantes y su encanto, pues es más la gente que emigra hacia otras ciudades que la que emigra hacia ella. Ellos puede que no se trasladen del todo y visiten la ciudad de vez en cuando como su hogar ancestral, por vacaciones y encuentros, pero no pueden llamarla hogar.

Negar la tradición islámica o solo expresar apoyo a ella de palabra, aunque sea con base en el Corán y la Sunna originales, es como destruir toda la ciudad divina por frustración debido a su mal funcionamiento, y luego tratar de encajar a mil quinientos millones de personas en una cabaña. Indiscutiblemente, es esencial mantener la visión divina original de la ciudad a medida que avanzamos. Del mismo modo, las experiencias y la sabiduría enlazadas a los edificios y calles, generación tras generación, también son necesarias para dar lugar a casi dos mil millones de musulmanes en la actualidad.

Es verdad que las generaciones posteriores podrían haber construido algunos edificios de manera incorrecta, en formas que contradicen la visión divina de la arquitectura establecida en el Corán y en la Sunna, pero a través del proceso continuo de ordenar el bien y prohibir el mal, la Ummah, de acuerdo a la promesa divina, ha sido guiada y, si continúa esforzándose en el camino de Al‑lah, finalmente corregirá las cosas.

La ciudad del Islam representa el lugar final de la Luz Divina en el mundo, e incluso si debemos reconstruir partes de esa ciudad, restaurar y renovar muchas obras maestras viejas y abandonadas, la ciudad no puede ser abandonada para iniciar una nueva desde cero, dejando a miles de millones de ciudadanos secándose al calor de la tentación satánica de la vida mundanal, o congelándose en el frío de la animosidad de los enemigos del Islam. Como cualquier otra renovación y reconstrucción de una ciudad viva y floreciente, cualquier intento por reformar la Tradición Islámica requiere el entendimiento del espíritu de dicha tradición, y el reconocimiento de que la mera imitación de arquitecturas foráneas probablemente será tan desastrosa como erigir una casa de playa para el trópico cerca del Polo Norte.

La gente ahora abandona en hordas la ciudad del Islam del mismo modo que antes ingresaba a ella en masa, aunque mantienen sus nombres musulmanes y su afiliación nostálgica, visitándola en ocasiones especiales como nacimiento, muerte y matrimonio. ¿No es eso lo que le ha sucedido al Islam en la actualidad? Entonces, la pregunta que queda es: ¿Qué podemos hacer para rehabilitar esta ciudad de Al‑lah?

Presentar el discurso de la tradición islámica: Nuestra necesidad esencial de la tradición islámica

Mis ideas, sin dudas, han levantado más preguntas que proporcionado respuestas. Mi intención no ha sido dar respuestas detalladas sino, más bien, defender lo que creo es el paradigma correcto en el cual dar respuesta a dichas preguntas. Estoy promoviendo la difusión de un espíritu entre nosotros, a saber, entender y dominar nuestros retos actuales a través del conocimiento de la ciudad, en lugar de intentar erigir una nueva villa de emergencia o abandonarla por completo.

Durante los últimos dos siglos, han aparecido una serie de reformistas y modernistas entre los musulmanes, pero solo aquellos reformadores que han puesto atención a esta ciudad han tenido algún impacto duradero. He argumentado que no importa cuáles sean sus problemas y deficiencias, no se puede renunciar a la Tradición Islámica si queremos mantener el Islam.

La tradición islámica es un discurso vivo

El segundo punto se refiere a que la tradición islámica no consiste en un conjunto de respuestas a un listado de preguntas. En lugar de ello, comprende un conjunto complejo y en continua evolución de conversaciones que han tenido lugar entre eruditos creyentes a lo largo de los siglos, lo que ha permitido tanto un acuerdo definitivo sobre una cantidad de temas, como el rechazo de algunos otros como heterodoxia clara. Al mismo tiempo, también ha sostenido, organizado y registrado un número mucho mayor de desacuerdos.

Desde el ataque colonial de los últimos dos siglos, los musulmanes han enfrentado la mayor crisis de la historia islámica, pero también ha sido una época de reactivación, resistencia, replanteamiento y renovación inspiradoras. Sí, hay demagogos, charlatanes, fanáticos, tiranos y especuladores con las aleyas de Al‑lah, tal y como lo profetizó el Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él); pero cuando uno profundiza en las trincheras del conocimiento y del esfuerzo, encuentra eruditos y musulmanes ordinarios que son fortalezas de conocimiento y de fe, y que resisten las tormentas de la persecución y de la incredulidad con una fe capaz de mover montañas. De qué otro modo podemos pensar que el Islam se mantiene como una de las religiones más vibrantes del mundo; de hecho, la única religión que no solo ha resistido la ola de secularización y materialismo, sino que la ha dispersado. Algunos observan que el Islam ahora se erige como la única alternativa de civilización que queda frente al materialismo humanista secular.

Al abogar por el carácter indispensable de la tradición islámica histórica, no intento sugerir que todos los musulmanes se deban convertir en eruditos y en especialistas en textos antiguos. La misión islámica abarca toda la vida, por supuesto, incluyendo política y predicación, construcción y sanación, descubrimiento y recuperación, así como hacer ciencia y arte. Pero quiero señalar la parte de la vida islámica que concierne a nuestra fuente de conocimiento y de pensamiento, que es absolutamente indispensable y sin la cual caeríamos en la bancarrota intelectual y seríamos moralmente moribundos, por lo que debería estar en el centro mismo de nuestras actividades, pero que lamentablemente ha sido descuidada en la actualidad por la mayoría de los musulmanes.

El primer paso hacia la reactivación de la ciudad metafórica de la tradición islámica, es regresar a ella de manera permanente, manteniéndonos libres de visitar el resto del mundo de las ideas y de las ideologías en busca de inspiración, conocimiento y sabiduría. Debemos darnos cuenta de que somos parte de una gran ciudad de virtud, luz, valor y belleza, una ciudad construida con base en un plan divino que se ha manifestado a sí mismo y que ha elaborado su brillo a lo largo de la historia. Pero tiene que ser en sus propios términos consagrados por el tiempo, que desarrolla o desenvuelve rápidamente de cara a las vicisitudes del mundo. Es por esto que cuando uno mira a sus estructuras y casas, debe estar en capacidad de reconocer que estas, de hecho, fueron construidas por diseñadores devotos, hombres y mujeres de gran genialidad y pasión, que dieron lo mejor de ellos para construirlas de acuerdo al plan del Arquitecto Divino. Para arreglarlas o construir sobre ellas, se requiere que comprendamos el motivo de su historia y la sabiduría de lo viejo, y algo de la chispa del alma y del avance mental de sus primeros constructores creyentes, cuyos edificios cubiertos y golpeados miran ahora ojos impacientes.


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