La mezquita del Profeta y la nuestra

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“Llovió esa noche. La mezquita, que era un edificio con techo de paja, goteaba, y mis ojos vieron al Mensajero de Al‑lah, la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, con rastros de agua y barro en su frente por la mañana siguiente a la vigésima primera noche [de Ramadán]” (Abu Dawud).

Recientemente encontré este hadiz, narrado por Abu Said Al Judri. Punzadas de profunda angustia se mezclaron con notas agudas de vergüenza dentro de mí. Mi alma estaba apesadumbrada.

Perturbado, con sentimiento de culpa e hipersensible, hice la narración a un lado y pretendí no entender sus implicaciones acusatorias. Con una inocencia forzada, compartí el pan con mi familia y llevé a mi hermanito a nadar.

Pero la verdad es penetrante e inteligente, los esfuerzos de mi mente por encubrirla, no podían con la voluminosa veracidad que esperaba al otro lado de su alojamiento.

La dura y fría verdad reside en la diferencia evidente entre las condiciones de vivienda del Profeta y las nuestras. Mientras que el Profeta, la paz y las bendiciones de Al-lah se prosternaba sobre la tierra descubierta, desnuda, nosotros nos inclinamos sobre madera barnizada, azulejos de cerámica, y alfombras lujosas y aspiradas.

Mientras el Profeta estaba sentado en su mezquita recibiendo el agua de lluvia que goteaba del techo sobre su rostro, nosotros nos sentamos en ambientes secos y climatizados.

Esta diferencia es tan impactante que es casi ilógica. Nuestro amado Profeta Muhammad, la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, el hombre que trajo el mensaje divino final y más épico para el mundo entero, vivió en la condición más humilde imaginable. Y nosotros, decadentes y faltos de originalidad, estamos ahogados en nuestra obsesión por mostrar y meternos en las aguas poco profundas de la pretensión social.

Apuesto a que ya estás volteando los ojos: ¡Otro predicador enojado e hipócrita en algún estrado del mundo, diciéndome lo malos que somos y cómo debemos vivir todos en alguna cueva!

Bueno, no seas tonto. No estoy tratando de hacerte sentir culpable y terrible, no precisamente. Sin embargo, estoy tratando de hacerte reflexionar sobre la gravedad de la situación. Más específicamente, estoy tratando de decirte que estamos sufriendo de un caso agudo de fijación material.

Todos los días de nuestras vidas individuales, nos encontramos preocupados por mejorar nuestros interiores y exteriores.

Cuando la sequía nos golpea en verano, pasamos horas flotando sobre parches chamuscados de hierba. Cuando las cosas se ponen aburridas, pasamos días reorganizando las habitaciones de nuestras casas. Cuando la temperatura se pone incómodamente alta, subimos el nivel del aire acondicionado y contaminamos los cielos.

Y como comunidad religiosa estadounidense, gastamos con facilidad millones en nuestras mezquitas de barrio con la intención no solo de ampliarlas para que acojan a más personas, sino también para hacerlas mejores y más hermosas que las demás.

Nuestras vidas giran en torno a la pretensión y la superficialidad. Nuestro césped tiene que ser mejor que el de nuestros vecinos. Nuestros paseos deben pasar el chequeo de “primera clase”. Y quienes critican esta obsesión rápidamente son etiquetados como extremistas descontentos.

Ahora, no te molestes conmigo ni me culpes por señalar lo que es obvio. Tenemos que enfrentarnos a lo que nos hemos hecho a nosotros mismos. Vivimos mucho más allá de nuestras necesidades y eso nos distrae del cumplimiento del verdadero propósito de nuestra vida: recordar a nuestro Señor de principio a fin.

En lugar de ello, hemos llenado nuestras vidas con nombres de marca y las engañamos con excesos, todo en nombre de la dignidad. Tenemos que despertar y darnos cuenta de que esta vida es temporal, y de que nuestro final último es hacer que valga en la próxima. Y lo digo en el sentido más humilde.

La humildad y la sencillez son virtudes perdidas, y tenemos que esforzarnos mucho para recuperarlas. Debemos amortiguar nuestros sentimientos de orgullo social, suprimir la inclinación a ser arrogantes, y elevar nuestra modestia y nuestra inclinación natural a la honestidad y la bondad.

La vida es demasiado corta para derrocharla en frivolidades inútiles. Deberíamos pensar de nuevo en cómo vivió el Profeta, y procurar acercarnos a su humildad y su naturaleza simple tanto como nos sea posible.

Transportados de nuevo a la mezquita original del Profeta, muchos de nosotros, estoy seguro, discutiríamos por su remodelación. Yo, por ejemplo, probablemente atacaría las goteras del techo y los suelos en tierra. Pero lo que es particularmente trágico sobre este escenario, es que la mayoría de nosotros pensaría que no estaríamos haciendo nada malo, aunque al mismo tiempo, muchos de nosotros evitamos criticar la mezquita original del Profeta.

¿Irónico? No.

Sabemos lo que está bien y lo que no. La mezquita del Profeta era la mezquita del Profeta, y en el fondo sabemos que esa era la mejor construcción. Llana, simple, polvorienta y humilde.

Ahora, cuando alabo la mezquita del Profeta, no quiero decir que debemos tomar cincel y martillo y abrir huecos en los techos de nuestras mezquitas para que se filtre el agua; solo estoy hablando sobre sencillez y humildad.

También, cuando digo que no debemos derrochar tiempo y dinero en frivolidades, no estoy diciendo que no debemos embellecer y perfeccionar nuestras propiedades y personas. No hay nada de malo en plantar jardines coloridos, hacer ejercicio, vestirnos bien, etc.

Pero cuando gastamos demasiado tiempo y dinero en bienes materiales, eso no parece estar bien. Debemos mantener esa narración del Profeta viva en nuestras mentes, a pesar de cuán culpables podamos sentirnos. El barro, el agua y el polvo de la adoración, yuxtapuestos a tortas de helados y grandes autos, debería ser suficiente para hacernos llorar.

Vive la vida. Sé humilde. Ten éxito.


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