Las postales del Hayy: Recuerdos enviados a mí mismo

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Hace poco encontré unas postales en mi armario que nunca envié. Tenían unos años, eran imágenes hermosas y palabras encantadoras, escritas a viejos amigos en tierras distantes. Hablaban de círculos y líneas, blanco y negro, una presencia de gente, y un cubo imperfecto en el centro de todo eso.

Eran postales que había escrito durante mi viaje al Hayy. Había recordado personas por casualidad en diferentes lugares mientras estaba allí y les había escrito, aunque no tenía ninguna dirección dónde enviarles las postales.

Habían pasado muchos años, y las postales aún no habían llegado a sus destinos. Aún no tenía las direcciones.

Ahora creo que, quizás, esas postales no estaban destinadas a nadie más. Quizás Al-lah me hizo desear “enviarlas” a mi yo futuro, para hallarlas cuando necesitara recordar un viaje olvidado.

Hacer el Hayy significó muchas cosas para mí. Estoy segura de que así es para mucha gente. Ser musulmán. Estar allí. Ser mujer. El Hayy nos pone en medio de un cúmulo de sentimientos y emociones, indudablemente, como jamás hemos experimentado antes.

Cuando me encontré allí de pie, en Arafat, en el Haram (la edificación sagrada en La Meca), en Mina, en Muzdalifah, en Medina, en las tiendas, en los puentes o dondequiera que haya ido, sí, pensé en los musulmanes comunes unidos, de todos los colores inclinándose juntos y demás. Pero, quizás con más intensidad que lo demás, vi los rostros de las mujeres que allí aparecían. Una mirada que dice: “Soy una mujer, y estoy aquí”, un sonido que retumbó en mi mente como: ¡Ana Hayar, Labbaik! ¡Mírenme, aquí estoy, tal como estuvo Agar! No con una presencia invisible, sino con una pena dolorosamente real, y con fe y esperanza bellamente reales.

Me senté allí una tarde, en el segundo piso del Haram. El lugar que elegí estaba justo al lado del balcón, donde uno se sienta y mira la Ka’bah a través de una persiana tallada en piedra. Tenía mi pequeño Mus-haf abierto y estaba recitando Surat Al Badarah, los versículos sobre el Profeta Muhammad, que la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, siendo enviado a nosotros para enseñarnos fe y sabiduría, y para purificarnos.

Había cercanía entre lo que había leído y el lugar donde me encontraba. Es aquí donde todo le llegó, pensé. Es aquí donde él fue enviado a enseñar y purificar, en este mismo lugar él recitó este mismo libro.

Cuando levanté la mirada, vi a una anciana turca viéndome fijamente con amor. Ella no podía leer una línea, ni entender una sola palabra de árabe, ya que la “historia” sistemáticamente le robó esta lengua al pueblo turco. Las lágrimas brotaban de sus ojos.

Entonces, ella sujetó mi mano para besarla y me hizo señas pidiéndome que siguiera recitando.

Y lo hice.

Otro día, en el Haram, ocurrió algo mucho más profundo. Terminé el Salah y una mujer afgana se paró allí, sin haber rezado. En su rostro se veía el dolor y el agotamiento interno que buscaban paz en esta Casa de Dios. Al-lah la había llevado allí junto con un hijo amarrado a una vida en un coche, con parálisis cerebral. Allí estuvo de pie con un rostro valiente que rogaba misericordia a Al-lah. “¡He venido aquí de la misma forma que Agar, con un hijo que tiene una gran necesidad de Ti!”

Fuera de la mezquita del Profeta, que la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, después del Magrib, vi el lado más bello de la condición femenina. Cerca de las puertas se sentó una mujer que creo era de Argelia. Un pequeño grupo de otras cuatro la rodeaba, mientras ella hablaba con todo su corazón. No sé una palabra de árabe coloquial, pero habiendo estudiado el Corán y la Sunnah, podía captar la conversación que ella estaba sosteniendo.

Ella habló de un amor profundo por el Profeta, que la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, una facilidad creada en la fe, ya que conduce hacia la acumulación de obras buenas. Era como ver a un padre amoroso, dijo ella, y obtener la recompensa del Hayy, o realizar Nawafil, Salah voluntario en la mañana y conseguir la recompensa de “hacer un Hayy y una Umrah”, como se indica en un Hadiz Hasan.

Luego se levantó y dijo: “Vamos a limpiar la mezquita del Profeta, que la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, mientras vamos caminando de salida”. Me uní a ella en silencio, igual que otras mujeres cercanas, para limpiar. Y cuando se reunieron por última vez, me uní a su círculo, yo era la única que no hablaba su idioma. No sabía cómo decir lo que quería. Así que dije la súplica que el Profeta, que la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, hacía antes que una reunión se dispersara. Sus ojos brillaron y le dijo a las demás qué había dicho yo y por qué.

Todas nos conectamos. Todas ellas habían leído Surat Al ‘Aser.

Quizás la más sorprendente de las experiencias que tuve en el Hayy fue un episodio de una unión maravillosa de manos en Ar-Rawdha Ash-Sharifah, el trozo del jardín del Paraíso en el púlpito del Profeta, que la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él.

Yo había jurado que nunca iría al púlpito del Profeta, que la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, si eso implicaba empujar o ser empujado. No quería estar en un lugar y en una presencia tan amados, con un ímpetu que se hiciera ajeno a la paciencia. Sin embargo, me paré en fila, una larguísima fila de mujeres que esperaron durante hora y media que las puertas se abrieran y se cerraran para que las mujeres dieran un paso por el “pequeño pedazo de Paraíso”.

Me paré allí aburrida de lo que seguiría. Al-lah planea mucho mejor que nosotros. En cuanto pasé adentro, por supuesto estuve abrumada por el lugar que había alcanzado. Después de todos esos empujones y del llamado de las mujeres en diferentes idiomas: “¡Islam es paz, hermana! ¡Islam es paciencia!”

Cada una de nosotras quería ofrecer dos Rak`at en este “jardín celestial” personal, y parecía que a muchos no les importaba dónde ponían su cabeza para el Suyud. A veces en medio de los pies de otro, a veces en la dirección equivocada.

Entonces, vi a dos mujeres paradas lado a lado con sus manos unidas mientras estaban frente a una mujer rezando, para asegurarse que ella tuviera suficiente espacio para postrarse, bloqueando y protegiéndola de ser pisoteada. Uní mis manos a las de ellas para ayudar y poco a poco nuestro círculo creció más y más. Terminamos siendo alrededor de una docena de mujeres en nuestra cadena humana. Las mujeres iban y venían, uniéndose a la cadena y luego pasando al interior del círculo protegido para ofrecer el Salah. Y luego se iban.

No recuerdo cuántas mujeres rezaron el Salah ese día en nuestro círculo humano. Solían venir, señalar con su mirada su solicitud de una oportunidad, y a nadie se le negó. Quedamos otra hermana y yo. Nos quedamos allí como parte de la cadena humana toda la hora y media. Tenía lágrimas en mis ojos, por aquello a lo que Al-lah me había designado. La otra mujer hizo el Salah. Fue la única persona que sabía que yo había estado allí todo el tiempo sin hacer el Salah aún. Me dio un codazo para que pasara dentro de la cadena y rezara, y sacudí mi cabeza en negación.

No quería abandonar la cadena. Ella quería que yo tomara mi turno y ofreciera el Salah. Me dio otro codazo, y otro más. El tiempo ya casi se acababa. Ella se preocupaba por mí. Solté la cadena para rezar.

Todas nos dispersamos cuando los guardias cerraron el recinto de las mujeres. Ansiaba reunirme de nuevo con aquella mujer. Una vez, cuando la vi, ella no me reconoció. Me di cuenta, entonces, de que todo ese tiempo en el Jardín yo había tenido mi cara cubierta. Me acerqué a ella para hablar, de nuevo sin saber suficiente árabe. Traté de decirle: “Nos conocimos en Ar-Rawdha Ash-Sharifah”. Ella me miró y me dijo: “In sha Al-lah”. Me di cuenta de que con mi gramática caótica había dicho: “Nos reuniremos en el Jardín del Paraíso”. Sonreí por mi error y por la Du’a hermosa en la que su “in sha Al-lah” se había convertido, y se fue.

Y luego vino el más ansioso de los días, cuando lloré como ‘A’ishah, una de mis mujeres favoritas de la historia. Su menstruación le llegó en el peor momento para ella.

Con el corazón roto, lloró pues era su Hayy, y estaba impura, y el Profeta, que la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, la consoló.

Me senté fuera de la mezquita llorando. Este era mi Hayy, y yo estaba en una condición que no me permitía estar dentro de la mezquita. Imaginé las palabras consoladoras del Profeta, que la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, que aún podemos continuar hasta el final.

Mientras lloraba, vi a una madre caminar hacia la mezquita con una niñita agarrada con una correa. La niña tenía una discapacidad mental y la madre había llegado a rezar el Salah del Fayer. Ella comenzó y la hija caminó alrededor de la madre, todo el tiempo sujetada por la correa. Más tarde, la pequeña imitó a su madre, sólo que de manera más hermosa. Puso su cabecita agachada en Suyud. No boca abajo, sino de lado, como un niño retozando en el regazo de la madre… Ha sentido la presencia de Al-lah, pensé.

Allí nos reunimos todas, como mujeres, con nuestras penas, nuestra fe y nuestra esperanza.


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