Los fuegos del matrimonio: Cómo dejar de pelear

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La crisis de matrimonios

El matrimonio suele ser uno de los temas más populares dentro de la comunidad musulmana, la gente gusta de las historias de amor. Sin embargo, el matrimonio en América atraviesa una fuerte crisis, independientemente de la religión. Como consecuencia, oímos constantemente sobre charlas que buscan esclarecer a la pareja musulmana promedio sobre sus derechos y obligaciones.

Libros populares sobre matrimonio escritos por autores americanos también han sido “islamizados” e incorporados a algunas de estas charlas y conferencias, con la esperanza de que, si los hombres comprenden un poco mejor a las mujeres y viceversa (en adición a tener un conocimiento del fiqh del matrimonio), este nuevo conocimiento puede por lo menos contribuir a estabilizar el margen de divorcios o incluso reducirlos, pues ahora el margen de divorcios entre musulmanes en América se encuentra muy elevado, incluso dentro del margen del contexto nacional, según ciertos estudios.

Si bien estas charlas tienen un valor indiscutible, creo personalmente que carecen de un elemento crucial, a saber, un enfoque capaz de regularizar la resolución de conflictos.

La plateada envoltura de las tormentas maritales 

Por resolución de conflictos, no me refiero simplemente a aprender cómo ser tolerante o cuándo comprender que nuestro cónyuge debe llevar la partida desde una perspectiva del fiqh. Me refiero a una perspectiva completamente nueva de ver los conflictos maritales, como una herramienta o un vehículo hacia un objetivo más grande, el de convertirse en una pareja más cercana con un vínculo aún más fuerte.

El conflicto marital es uno de esos fenómenos del tipo “hazte o deshazte”, y Al-lah ha creado esta relación destinada por conflictos por una razón. Al-lah dice sobre Sí Mismo que no ha creado nada sin un propósito: {[aquellos] que invocan a Dios de pie, sentados o recostados, que meditan en la creación de los cielos y la Tierra y dicen: “¡Señor nuestro! No has creado todo esto sin un sentido. ¡Glorificado seas! Presérvanos del castigo del Fuego} [Corán 3:191].

Además, Al-lah ha hecho del matrimonio la mitad de nuestro din, en concordancia con el conocido hadiz del Profeta, la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él.

El conflicto marital tiene la capacidad de destruir una pareja y empujarlos a un divorcio que rompe el corazón, o puede fortalecer el vínculo de la pareja hasta el punto de llegar a experimentar algo parecido a un bocado del Jannah, el Jardín del Paraíso.

A nivel individual, los conflictos maritales pueden evitar que la persona alcance la madurez y el automerojamiento fundamentales. Lo que muchas parejas fallan en comprender es que los conflictos no tienen por qué ser el motor interno de sus relaciones. La gente no es esclava de unas emociones que los controlan y se salen de control, destinados a argumentar y pelear porque no pueden impedir sentir lo que sienten, excepto, por supuesto, si escogen ser esto y quedarse en ese nivel.

Los conflictos son inevitables en cualquier relación cercana y estrecha. Es imposible para dos personas el poder estar emocionalmente cerca sin que haya diferencias inherentes que conllevan estrés y ansiedad. Las tormentas de temor, furia, frustración y desilusión que caracterizan este sentido de la aprehensión son todos muy naturales.

Sin embargo, las diferencias que se experimentan al compartir con un amigo o incluso con un familiar pueden desestabilizar nuestro mundo cuando se tratan de nuestro cónyuge, pues con esta persona debemos vivir todos los días. Queremos sentirnos extremadamente cercanos de ellos; sin embargo, el amor que compartimos con ellos no es incondicional.

Tener diferencias con nuestros cónyuges puede ser también un catalizador de la realidad, pues nos lleva a comprender que, no porque se tenga una creencia o costumbre o porque se creció con algo, esa costumbre o ese algo están necesariamente bien. Algunas diferencias pueden ser muy válidas; sin embargo, esto tiende a hacer que las personas se sientan muy inseguras. Estas diferencias pueden existir en relación a la fe, la familia, la crianza, la cultura, la política, la intimidad, o incluso algo tan trivial como la comida o los pasatiempos favoritos.

La madurez es el resultado de la lucha

Es posible que no tengamos elección sobre los conflictos que surgen tras estas diferencias, pero sí podemos elegir cómo reaccionamos frente a dichos conflictos. La mayoría de las personas no hacen ninguna elección en absoluto frente a sus conflictos maritales.

Un esposo o esposa puede sentirse de mal humor con respecto a algo y simplemente reaccionar frente a esta emoción. Esto se sigue de argumentos, lo que puede terminar bien sea en una escena de gritos o en un frío distanciamiento.

Otros son pasivos/agresivos cuando de conflictos maritales se trata. Pocas son las personas que ven los conflictos como una oportunidad para mantener la calma. Y aún menos son los que buscan no solo cómo sobrepasar un conflicto sin heridas, sino cómo utilizarlo como un catalizador para el crecimiento personal.

Más que todo, un conflicto es un tiempo para aprender sobre sí mismo y conocer y reconocer las propias falencias, un camino recto hacia la madurez; y es para esto para lo que ha sido creado el matrimonio: dos individuos que tienen cada uno la responsabilidad para con el otro de ser lo mejor de sí mismos y las personas más maduras que puedan ser.

No se espera de los cónyuges que estén de acuerdo en todo, eso es imposible. Entonces, un conflicto es un momento para comprender cómo uno mismo (no el otro) ha contribuido en cierta problemática al seno del matrimonio, porque sea o no que lo comprendamos (o queramos comprenderlo), el conflicto marital siempre involucra a dos personas. La buena nueva es que como siempre dos son los implicados en un matrimonio, tenemos el inmediato e inmenso poder de hacer un cambio positivo con simplemente modificar nuestro comportamiento.

La religión es consejo, pero entonces, ¿qué aconsejamos?

Dicho esto, tengo un poco de incertidumbre con la forma en que damos consejo marital en la comunidad musulmana (los no musulmanes también dan el mismo consejo, con menos elementos religiosos). Nuestro enfoque actual es centrarse en suplir las necesidades de nuestro cónyuge. Esto es en esencia la charla de “derechos y obligaciones” que escuchamos casi siempre alrededor del tema del matrimonio.

Esta admonición busca esclarecernos sobre cómo somos responsables en relación a nuestro cónyuge, acompañándonos de las guías derivadas del fiqh del matrimonio. A un hombre se le dice que tiene que proveer económicamente a su esposa basándose en su urf, similar o igual a lo que solía obtener de su familia de origen al crecer. También se le aconseja ser paciente con ella, especialmente cuando presenta síntomas premenstruales y se torna hiperemocional.

A una mujer se le dice que debe suplir las necesidades sexuales de su esposo y obedecerle mientras esto no contradiga al Islam o le cause algún daño. A nosotros los musulmanes también se nos enseña cómo corregir sistemáticamente y disciplinar a nuestra esposa en caso de explícito desafío en conflictos maritales extremos. Adicionalmente, se nos recuerda cómo el Profeta (la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él) fue siempre paciente y amoroso con sus esposas (que Al-lah esté complacido con todas ellas).

No cabe duda, esta charla definitivamente tiene su valor, después de todo, es la base del matrimonio. Si la gente ignorara las formas básicas de responsabilidad del uno hacia el otro, tendríamos muchas madres trabajadoras resentidas y esposos sexualmente frustrados. Habría caos si la gente no supiera de quién es la responsabilidad de alimentar, vestir y dar techo, y quién tiene la última palabra en caso de desacuerdo. Las mujeres viviríamos oprimidas si desconociéramos los límites que Al-lah ha puesto en la autoridad del esposo. Gracias a ciertos maravillosos Shuiuj, tenemos incluso acceso a la comprensión de la psicología del sexo opuesto, de modo que estamos mejor preparados para comunicarles nuestro amor en la forma que ellos desean.

Aun así, esta charla no es suficiente. Cuando las parejas la escuchan, prácticamente tiene el mismo efecto sobre todo el mundo. Aun cuando cada individuo debería tomarse a pecho lo que está escuchando y aplicarlo para consigo mismo, los cónyuges tienden a enfocarse en los déficits de sus esposos. Los maridos esperan que sus esposas presten suma atención a la cuestión de cómo él necesita su tiempo para sí mismo o cómo el contacto físico es su expresión de amor favorita. Las esposas quieren que sus maridos recuerden constantemente la parte de no ofrecer soluciones cuando lo que ella quiere es expresar sus emociones, o el recordatorio de cómo él no puede forzarla a convivir con su suegra.

En otras palabras, estos consejos tienden a predisponer a las parejas en un estancamiento, donde cada cónyuge solo suple las necesidades del otro en la medida en que las propias necesidades sean suplidas. Este enfoque de “cumplimiento de necesidades” deja tanto al hombre como a la mujer actuando de manera muy necesitada, y que un adulto se muestre “necesitado” es una actitud inmadura, desagradable y contraproducente.

Los esposos en conflicto suenan con frecuencia como niños quejumbrosos. Él se quejará de que ella nunca quiere tener sexo, y ella se quejará de que él es perezoso para los quehaceres y de que aún está preso de las faldas de su madre. Quizá lleguen al compromiso de empezar cada uno a suplir mejor las necesidades del otro, pero ambos guardan sobre el otro un ojo vigilante y una “supervisión de puntos”, y tan pronto como uno de los dos empiece a fallar, el otro se retirará en contrapartida.

Si bien es importante comprender nuestras responsabilidades hacia nuestro cónyuge, si nunca vamos más allá de esto, no sobrepasaremos el estatus de un matrimonio técnicamente funcional, pero en una relación emocionalmente disfuncional. Muchas son las parejas que cumplen con los requisitos del fiqh del matrimonio, pero aun así siguen siendo infelices.  Y son infelices pues a pesar de suplir las necesidades del otro, aún tienen conflictos en cuanto a estas necesidades, y no comprenden el porqué de ellas o cómo resolver las diferencias.

Una pareja puede estar teniendo relaciones conyugales frecuentemente. Entonces, técnicamente, este aspecto de su matrimonio se suple desde una estrechamente comprendida percepción del fiqh, y aun así pueden estar teniendo un conflicto enorme al respecto. Hay un lado emocional absoluto dentro del matrimonio que puede darnos un vuelco total, incluso cuando nuestro cónyuge está atento a nuestros “tecnicismos”. Muchas parejas, a pesar de nuestras miradas sobre la Sunna del Profeta (la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él), suelen por lo general comprender inapropiadamente esta interacción emocional cotidiana.

En mi opinión, tenemos que desplegar un enfoque más estructurado para comprender cabalmente esta interacción emocional y así darle forma.

Tres pasos para la salud emocional en las parejas

  1. Cambiar uno mismo

De momento, vamos a establecer la forma básica de manejar estos conflictos de interacción emocional. (Intento aquí compilar los cuatro conflictos más comunes del matrimonio, manejo del tiempo, familia, responsabilidades domésticas e intimidad sexual, en puntos sucesivos.)

El primer cambio de comportamiento a realizar en este tipo de conflictos es cesar y desistir de centrarnos excesivamente en nuestro cónyuge y comenzar un serio autoexamen de nuestro propio comportamiento. Incluso cuando uno de los cónyuges hace algo que el otro considera reprobable, debemos aun así primero estudiar nuestras propias acciones con miras a rectificar dicha situación en particular.  Pues aún si pensamos que nuestro cónyuge está haciendo algo mal, por lo general hemos estado permitiendo, incluso promoviendo, ese comportamiento sin ser conscientes de ello. Cuando existe un conflicto, la única persona a la que podemos cambiar es a nosotros mismos. Entonces el primer remedio en caso de conflicto marital es tomar de nuestra propia medicina: cambia tu parte del patrón de conducta destructiva hacia tu cónyuge.

Comprendamos esto a través de un ejemplo: Digamos que un esposo está resentido y frustrado con su esposa porque ella tiende a molestase cuando él sale con sus amigos. Ella se torna pasiva/agresiva en el momento en el que él regresa a casa, y por lo general suele haber una disputa al final. Él le reprocha a su esposa por querer controlar su tiempo. Además, considera que ella vive excesivamente necesitada. Entonces a él le toca escoger entre tener esposa o tener vida social, o por lo menos eso es lo que él cree.

Pero si él adopta una mirada retrospectiva y considera la situación, podrá notar que está cometiendo algunos errores por su parte que han conllevado a crear esta problemática. Quizá a su esposa no le importaría que él saliera con sus amigos si él le dejase saber con un poco de anticipación o regresara a casa “a tiempo” (si hay cabida a un consenso sobre el tiempo).

Quizá ella esté resentida por el hecho de que él suele sacar tiempo para sus amigos los viernes por la noche o en otros tiempos cruciales para el esparcimiento, mientras que no saca tiempo para estar con ella, excepto para emplearlo en asuntos cotidianos o en las noches entre semana.

Puede ser que la mujer espere que salgan juntos con otras parejas ahora que están casados, pero él ignora por completo este deseo. O puede ser que a su esposa realmente no le importaría si él pasara tiempo con sus amigos si simplemente fuera un poco más considerado con lo que ella anhela o lo que quisiera ella hacer con su tiempo cuando él programó el suyo.

Otro ejemplo puede ser un esposo que no ayuda con los quehaceres domésticos. Su esposa constantemente lo molesta con la esperanza de que él se sienta lo suficientemente culpable para aceptar el error de su proceder y comience a poner de su parte.

¿Pero es este problema solo de parte de él? ¿Qué parte ha jugado ella en el desarrollo de esta dinámica? Su acoso es probablemente su mayor problema, porque su insistencia solo lo hace sentir a él más resistente frente a los intentos de ella de forzarlo y menospreciarlo.

Puede ser el caso que cuando él intentó ayudar en el pasado, ella lo criticó por ello o lo forzó a hacer las cosas a “su manera”, como si la manera de ella fuera la manera correcta y la de él fuera “un asco”. O quizá ella simplemente ha estado recogiéndole todo a todo el mundo por tanto tiempo que quiere desentenderse del asunto, mientras que él ni siquiera se da cuenta de que algo anda mal. Ella se niega a mantener intimidad con él para castigarlo, y ahora los dos se encuentran atascados, ninguno quiere dar el primer paso.

En otras palabras, tendemos a dar luz verde al comportamiento que nos desagrada de nuestros cónyuges a través de los mismos esfuerzos que hacemos por erradicar dicho comportamiento. El esposo que piensa que su mujer solo quiere “ponerle el pie encima” solo acrecienta el deseo de ella de controlarlo al ser desconsiderado con el manejo de tiempo libre. La esposa resentida con su marido perezoso promueve su resistencia con su complejo de “molestar y luego castigar”.

Cada vez que sientas ganas de culpar a tu cónyuge por algún problema, debes hacer una pausa, mirar en retrospectiva, y mirarte honestamente a ti mismo. ¿Son realmente las cosas como las estás interpretando? ¿Es ella realmente controladora? ¿Es él realmente perezoso? ¿Son estas simples falencias en el carácter de tu cónyuge o son más bien una reacción a una problemática más compleja en la cual los dos toman parte?

  1. Comunica claramente lo que te molesta

Lo siguiente que debes hacer es mirar los esfuerzos que haces para comunicarte con tu cónyuge desde la perspectiva que él o ella tenga del problema. Esto implica poner de manifiesto el tema y decirle a tu cónyuge cómo su comportamiento te afecta directamente. Hal Runkel, licenciado en terapia matrimonial y de familia, y autor de Scream Free Marriage llama a este proceso “auténtica autorrepresentación”.

Esto implica mantener la calma, ser honesto, y tener tacto con tu cónyuge cuando le hables. Esto te ayudará a eliminar cualquier juego emocional, argumento vengativo, lenguaje hiriente o actitud pasivo/agresiva de tu parte.

En otras palabras, si quieres que el conflicto refine tu relación y haga la unión entre ustedes más fuerte, debes dejar atrás cualquier intento de “castigar” a tu cónyuge o de estallar tu ira contra él o ella. Tendrán esta conversación no con el fin de hacerse sentir culpables mutuamente, sino de que puedan superar un problema como pareja.

Este tipo de conversación solo puede ocurrir entre dos personas que son lo suficientemente maduras como para poner de lado cualquier pretencioso intento de doblegar al otro.

  1. Escuchar abiertamente, de corazón, y calmadamente después de hablar

Después de haberte representado auténticamente frente a tu cónyuge, debes aceptar recibir calmadamente lo que sea que él o ella tienen para decir. Esto puede ser una encrucijada emocional que busque llevarte hacia un argumento familiar, o puede que sea una crítica válida de tu comportamiento. En todo caso, debes estar firme en tu resolución de mantenerte calmado y respetuoso, independientemente de cómo reaccione tu cónyuge, y estar abierto a lo que él o ella tengan que decir.

Puede que tu cónyuge no comparta tu voluntad de cambio (aún), pero por lo menos le habrás dado material para pensar y considerar un mejor manejo del matrimonio. Y cuando la discusión haya terminado, realmente hay que dejar que termine, así no se esté de acuerdo al final.

Muchas veces los conflictos maritales no tienen ni bien ni mal, sino que más bien implican dos diferencias igualmente válidas. Uno de los cónyuges puede pensar que no incurre en gastos excesivos mientras que el otro puede pensar que sí. En realidad, la noción de “entrar en gastos excesivos” o “malgastar” es relativa. Entonces, mientras que ella puede decirle a su esposo lo que piensa de sus hábitos de consumo, tiene también que aceptar que esa persona, su esposo, vino de una familia distinta con ideas distintas sobre el dinero. Puede que él nunca esté de acuerdo con ella en este aspecto, entonces ella debe aprender a vivir con eso.

Por supuesto hay comportamientos para los cuales Al-lah ha establecido límites, como la fuerza física (si alguien está siendo abusado, deberán también buscar intervención, mediación y consejo). Aun así, estos actos que limitan con la prescripción divina son comparativamente pocos en relación a aspectos del matrimonio que se determinan por el ‘urf de la persona, o su experiencia formativa común que, en el caso de algunos de nosotros, tiene menos que ver con las costumbres de la sociedad a modo global y más que ver con la crianza individual (dado que ciertas comunidades, como la comunidad musulmana en América, son muy diversas).

A través de todo este proceso, una cosa debe quedarse en nuestra mente: cada uno de nosotros como individuo debería estar contribuyendo con lo mejor de sí mismo en su matrimonio todo el tiempo, independientemente de lo que nuestro cónyuge escoja hacer. Esto es lo que es realmente el matrimonio en el Islam, pues somos gente que da de sí misma por principio, más que simplemente dar de lo que recibimos. Nuestro comportamiento no está determinado por el de nuestros cónyuges, sino por lo que sabemos que es lo correcto y lo mejor.

Si dos personas pueden lograr esta dinámica en su matrimonio, entonces los conflictos los harán más fuertes y más unidos al final. Cada conflicto con nuestro cónyuge será un línea divisoria, desde la cual ambos esposos podrán escoger una vía de autosuperación y de mejoría de la relación para el propio beneficio, el del otro y del matrimonio también por supuesto.

Y aun así, suponiendo que solo la esposa tomase esta perspectiva, tendrá entonces ella la satisfacción de saber que está cumpliendo con la mitad de su din del modo que mejor complace a Su Señor, mientras se vuelve una constante fuente de inspiración para su esposo. Pero, mujeres, tomen nota, pues pueden ser sus esposos los que estén haciendo esta elección para mejorarse a sí mismos y a su matrimonio para la complacencia de Al-lah, al fin y al cabo.


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