Perpetrar un secuestro

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Primer acto

Cuando era niña, tenía como mascota una gata negra a la que quería mucho. Un día llegué del colegio y resultó que mi gata se había escapado por la ventana, lloré desconsolada durante toda la tarde, y mi madre, pensando que olvidaría la tragedia, me mandó a jugar a donde una vecinita.

Mi amiga era hija de la bruja del barrio; al verme tan acongojada y luego de escuchar mi trágica historia, me dijo: “Tengo la solución”. De un salto corrió a la habitación de su madre y llegó portando un cuadro de un hombre con sotana café que cargaba un niño, limpió el vidrio y me explicó: “Es San Antonio, él encuentra cosas”. Empezó para mí la extrañeza, ¿que un cuadrito podía encontrar algo? Mi amiguita siguió: “Pero para que cumpla, hay que taparle el niño, él se desespera por ver al niño y encuentra lo que uno le haya encomendado”. Para mí, eso era más fantasioso que La historia sin Fin[1], pero la dejé continuar. “Venga”, dijo ella, “tenemos que rezarle y pedirle que encuentre a Luna”. Un instinto profundo hacía que me diera repelencia esa idea, que me pareciera absurdo todo el asunto. Sin embargo, me dio vergüenza rechazar la ayuda de mi amiguita y recé con ella.

Ya por la noche, en la comodidad de mi cama, seguía triste por mi mascota; pese a todo, me embebía más pensar en el tal San Antonio, creía que estaba profundamente mal lo que hacíamos con esa imagen. Además, eso de taparle el crío se me hacía muy parecido a un secuestro, era como quitarle un niño a alguien y decirle: “Si usted quiere volver a ver a su hijo, debe darme lo que quiero”. Tal preocupación me tenía en vela, y es que, sin saberlo, estaba entrando al peligroso mundo de la brujería.

Segundo acto

Pasaron los días y no localizábamos a mi gata, el niño del cuadro seguía tapado, la verdad es que para mí era un alivio que no apareciera, eso demostraba que la tontería que había presenciado no significaba nada. Mi amiga fue a buscarme a mi casa y mi madre me dio permiso de ir con ella, llegamos a su habitación, ella estaba muy emocionada: “Ya sé porque no funciona”, a la primera no le entendí, es decir, era obvio por qué no funcionaba, porque era una soberana majadería; pero ella continuó: “Es que hay que alumbrarlo”. “¿Hacer qué?”. “Alumbrarlo, prenderle una vela, mi mamá me dijo que, si no tiene vela, él no ve que no tiene el niño”. Bueno, sí, hay que reconocer la lógica en esa premisa, y como el dolor de mi pérdida aun ardía en mi pecho, propuse: “Mi mamá tiene velas, voy a traer una”. “¡No!”, saltó mi amiga, “es que necesitamos cirios de una iglesia, de lo contrario no sirve”.

Ustedes se preguntarán: ¿Cómo se consiguen cirios de iglesia? Pues no es que uno llegue tranquilamente a donde el párroco a decirle: “Señor cura, ¿no le sobra un cabito de vela?, es que la necesito para brujería”. Noooo, eso es más difícil de conseguir que una panadería abierta en la mañana del primero de enero.

Lo que había empezado como una pequeña curiosidad, continuó como un pequeño crimen; fuimos a la iglesia del barrio, no a misa por supuesto, sino a esperar que el padre se descuidara y ¡pum!, una de esas velas que les ponen a los santos cayó en mi bolsillo. Entonces salimos como alma en pena con risita nerviosa, llegamos a la casa de mi amiga, ella armó un pequeño altar y allí puso su imagen, con el niño tapado y la vela en frente, me dio un papel con una oración para que rezara mientras encendía la vela.

Tercer acto

La méndiga gata nada que aparecía, y mi amiga parecía muy contrariada por el hecho de que su magia no funcionara. Yo, la verdad, como que había llegado a un punto de resignación. Entonces, mi vecinita me llevó de nuevo frente al altar y me comentó que, ya que la alumbrada no había surtido efecto, necesitaría una fotografía, unos alfileres, y “tabaquiar” un rato. “¿Tabaquiar?”, pregunté. “Sí, fumar tabaco para invocar al santo y que por fin nos escuche”. Si antes no me había gustado nada de lo que habíamos hecho, ese fue el momento en el que decidí no continuar. Me escapé con alguna excusa y no volví a esa casa.

Mi gata regresó días después, y aunque mi vecina le endilgara el prodigio al santo y a las brujerías que hicimos, yo supe que el milagro no era tal cuando mi gatita tuvo cinco hermosos gatitos parecidos al méndigo gato del vecindario de al lado.

Esa experiencia me sirvió para saber algo que otras personas descubren a un precio de sangre: la brujería engaña, deslumbra, extasía y siempre condena; no es un camino, es un pozo en el cual te hundes cada vez que la usas. Se puede empezar con algo supuestamente inocente: la lectura de cartas, de la mano, de las hojas del té, muchas personas empiezan consultando brujos solo por curiosidad, para ver “si es verdad”, y cuando el brujo o la bruja demuestra su poder de adivinación, empieza el consultante a creer y a volver, y a preguntar, y cuando se da cuenta, se está tomando yerbajos para poder cerrar un negocio importante, o usando calzones rojos para que la esposa no lo engañe, u otra serie de prácticas relativas a la brujería. Llega un punto en que la brujería se vuelve algo necesario, no se puede vivir sin ella, no se puede tomar una decisión sin consultar al brujo/bruja de cabecera. Es que, como dijo Amanda[2]: “La brujería es como la adicción a las drogas o al trago, pero mil veces más fuerte”.

En el Islam se cree en la brujería y en el poder que esta puede tener. Quien practica la brujería[3] se va uniendo con los shaiatin[4] y estos lo ayudan, por lo que empezará a abrirle la puerta a enfermedades tanto espirituales como físicas, y quienes los consulten también sufrirán las consecuencias.

En el Islam se cree que la brujería es de tres tipos: 1) Figurada, que es aquella en donde se usan artilugios para el engaño, como usar químicos para frotarlos contra la piel y hacer aparecer humo diciendo que así se ve un maleficio. 2) La prestidigitación y el ilusionismo, que es aquella que ejecutan los magos en espectáculos públicos. 3) La que es real, que puede afectar a las personas tanto espiritual como físicamente.

Esta última es un conocimiento que Al‑lah, alabado sea, les dio a los seres humanos como prueba, tal como lo dice el Corán: {Sepan que Salomón no cayó en la incredulidad, sino que fueron los demonios quienes enseñaban a la gente la hechicería y la magia que transmitieron los ángeles Harút y Marút en Babilonia. Ellos no le enseñaban a nadie sin antes advertirle: “Nosotros somos una tentación, no caigan en la incredulidad”. A pesar de la advertencia, aprendieron de ellos cómo separar al hombre de su esposa, aunque no podían perjudicar a nadie sin el permiso de Dios. Lo que aprendían los perjudicaba y no los beneficiaba. Pero los hijos de Israel sabían que quien practicara la hechicería no tendría éxito en la otra vida. ¡Qué mal vendieron sus almas! Si supieran} [Corán 2:102].

En el Islam, el Sihr, la brujería, está prohibida. El Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él) dijo: “No es uno de nosotros quien cree en los presagios buenos o malos, o pide a otros que den sus opiniones sobre la buena o mala fortuna basados en el movimiento de los objetos mundanos, o quien busca la adivinación o la hace por sí mismo, o quien practica la hechicería o busca que la hagan para sí. Cualquiera que vaya con un adivino y crea lo que este le dice, ha descreído de lo que le ha sido revelado a Muhammad” (Bujari y Múslim).

En el Islam se cree que la brujería tiene relación con el shirk[5], ya que se confía en el poder del brujo y no en el de Al‑lah, alabado sea, y esto hace que sea un acto de incredulidad, por lo que es algo grave, ya que es el mayor de los pecados: {Dios no perdona la idolatría, pero fuera de ello perdona a quien Le place. Quien asocie algo a Dios comete un pecado gravísimo} [Corán 4:48].

La brujería, una práctica muy extendida en nuestros países latinoamericanos, es algo que debemos evitar a toda costa, y pedir a Al‑lah que nos proteja de ella; para ello hay varios métodos: recitar constantemente sura “La vaca” en una casa es una protección, recitar las tres últimas suras del Corán al acostarse y al despertarse, y también en la Sunna hay muchas súplicas registradas, aquí les comparto una de ellas:

“Me refugio en las palabras perfectas de Al‑lah, del mal que ha creado” (Múslim).

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[1] Libro de Michael Ende.

[2] Personaje principal de la crónica La bruja, de Germán Castro Caicedo.

[3] En el Islam no existe “magia negra” y “magia blanca”, sino que toda se reconoce como magia y está igualmente prohibida; por lo tanto, brujos o magos son considerados todos iguales.

[4] Genios seguidores de Satanás.

[5] Asociarle algo o alguien a Al‑lah.


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