Procrastinación: Un fuego abrasador en el alma (parte 3 de 5)

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Me observo a mí mismo mientras me defiendo de la procrastinación, con la amabilidad y el cariño que tendría “yo como mi mejor amigo”.
Me siento a ponerme los zapatos para correr, siento los cordones mientras ato mis zapatos, siento mis pies sobre las baldosas firmes del piso. Me veo moviéndome de una dimensión a otra al dejar mi casa y entrar al mundo de la naturaleza. Observo cómo el sol juega, parpadeando a intervalos de luz que se esconden y aparecen, una y otra vez, de modo que podría buscar algo aparentemente inalcanzable entre los pálidos tonos verdes del roble gigante recién reverdecido. ¿Puedo encontrar un momento de inspiración en el frescor de esta mañana que anuncia el deleite de la primavera?

Sí, este es un nuevo día, un nuevo viaje, una nueva oportunidad de valorar este esfuerzo que estoy haciendo para sobresalir en la vibración única de mi personalidad y mi carácter, informado ahora por la intencionalidad. Consciente… es decir, aquí y ahora, con el corazón abierto al disfrute sencillo de una gloriosa flor matutina buscando el calor del sol. No tengo afán ni siento la necesidad de estar en ningún otro lugar… y disfruto la simplicidad de todo. Estoy corriendo y no hay nada más qué hacer en el mundo en este momento. Estoy evitando activamente la llegada de un mañana en el que tenga una horrible sensación de urgencia, esa sensación horrible de tener que superar un inicio tardío, correr frente a un pasado pendiente; de ponerme al día con alguna visión futura de mí mismo que no puedo ver bien, porque siempre está a unos pasos delante de mí.

Sí, evito todo esto porque elegí cortar cualquier debate mental conmigo mismo, dejar fuera todas las distracciones; opté por ver el valor de mi esfuerzo en sí y por sí mismo, y tenía la confianza de que podía hacerlo. La energía vital que no malgasto ahora me empodera y alimenta mi motivación de hacer lo que deseo. Lo que elijo, una y otra y otra vez, como una devoción, es hacer lo que sé que debe hacerse, ¡y me encanta!

Así que vamos a concluir volviendo una vez más a los resultados de Piers Steel en su estudio. Basados en sus hallazgos, podemos decir que si nosotros…

  • elegimos hacer a un lado las distracciones y mantenernos firmes contra ellas cuando hay algo que debe hacerse…
  • entendemos la importancia de hacer aquello AQUÍ Y AHORA a fin de evitar desperdiciar nuestra energía vital, evitando el desorden mental y la cacofonía del conflicto interno que se convierte en urgencia reprimida en el momento en que cedemos a la procrastinación…
  • percibimos que nuestro quehacer, hecho de manera oportuna, es una cosa muy valiosa en sí y por sí…
  • creemos que podemos tomar acción y/o realizar el trabajo con seguridad y lograr que sea hecho…

…entonces no es probable que posterguemos las cosas. Somos más propensos a aprovechar el momento, nutriendo cada motivación a través de su cumplimiento y cada tarea para su consumación. De esta forma, nuestra búsqueda de ese algo aparentemente inalcanzable ya no es un juego de luz parpadeante —un juego que los procrastinadores juegan consigo mismos— viviendo un parpadeo motivado e intencional de encendido y apagado sin cesar, dolorosamente, destructivamente. ¡Nunca más!

Ahora, el mundo de la naturaleza, el mundo natural con sus leyes de causa y efecto, ha revelado sus secretos abiertos de amplitud, tranquilidad y satisfacción perfecta. Al igual que el roble gigante o la gloriosa flor matutina, no me siento cerrado ni constreñido y reducido a vivir mi vida en mi cabeza con todo el desorden mental y el ruido del conflicto interno… ¡No!

Siento la amplitud liberadora de vivir mi vida con intencionalidad, de modo que puedo respirar profundamente y aspirar expansivamente.

Siento el silencio exquisito del espacio que resulta de evitar la urgencia, el pesar y el sentimiento de culpa.

Me siento perfectamente satisfecho con haber dominado este momento de hacer lo que debe hacerse. Simplicidad. Alegría. Libertad.

La libertad se encuentra en poner atención a los detalles de mi acción tomada. La realidad es que no siempre puedo controlar el resultado de mi acción. Lo que puedo controlar es si tomo acción cuando la tarea necesita ser hecha y si presto atención, con discernimiento y cuidado, a la calidad de mi acción. Ahora, aquello aparentemente inalcanzable está en mis manos y en mi corazón. He encontrado la devoción por buscar una excelencia cada vez mayor.


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