Relatos de un creyente: El joven creyente

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Él es conocido como “la flor de los quraish”, su nombre se repite en los labios de quienes cuentan su historia de conversión. Mus’ab Ibn Umair creció entre mimos y dulces, prosperó como hombre libre de preocupaciones, sus pasos arrastraban los corazones de las mujeres mecanas que lo deseaban y hablaban de cómo cazarlo con sus redes.

En su mente residía la sabiduría, regalo imperecedero de Al-lah, Señor de los mundos, y cuando el Mensaje de Muhammad se susurraba en Meca, él decidió que escucharía por sí mismo antes de tomar una decisión encausada por las lenguas de otros. Dirigió sus pasos a Dar el Arkam, refugio de los musulmanes allá en Meca, entró furtivo y desde las sombras aguzó el oído. Cuando las palabras del Corán fueron recitadas, Mus’ab sintió que su pecho se estremecía, la última revelación de Al-lah para los seres humanos le abrazó el corazón en fuego que solo el Profeta apaciguó; esa misma noche, con el cielo del desierto como telón, Mus’ab se convirtió en musulmán.

Sin embargo, aquella mujer que lo había llenado de mimos y caricias era también temida en toda Meca. Cuando la Junais Bint Malak, madre de Mus’ab, transitaba Meca, abría pasó a su presencia, por temor a su madre el joven creyente decidió mantener su Islam en escondido.

Pero en esa ciudad volcada contra el Profeta de Dios los secretos no podían ser enterrados, no faltó quien susurró a la madre del nuevo musulmán sobre las reuniones secretas en Dar el Arkam y las postraciones a Al-lah, Dios único, en compañía de Muhammad. Así, una tarde, la irascible mujer esperó a su hijo; y cuando Mus’ab, con pasos vacilantes, arena en sus sandalias y sonrisa lozana llegó a su encuentro, supo que aquella que guarda el Paraíso bajo sus pies conocía la verdad.

Junais preguntó, aun no podía creer que su hijo traicionara los ídolos de sus ancestros, y el hijo sin titubeos confesó su Islam, y ante el círculo de curiosos que los rodeaba como una soga, recitó con voz diáfana las bellas palabras de la revelación que había aprendido. Su madre, al escucharlo, levantó su puño como una flecha lista para ser disparada… lo pensó, en su pecho residía ese amor de madre con que lo había consentido tanto tiempo, bajó su mano, pero su gesto no fue de rendición sino de maldad, en sus ojos el fuego de la traición vibraba.

Delante de todos agarró a su hijo y a la fuerza arrastró al musulmán hasta la casa que habitaban, allí encontró el rincón más oscuro y sujetó a Mus’ab con cadenas, decidida a que nunca más se encontrara con Muhammad y sus compañeros.

No sé qué hizo Mus’ab en la oscuridad, atado como estaba, eso nunca lo cuenta él ni ninguno de sus cercanos, yo lo imagino allí pensando en su madre, en cómo toda esa zalamería suya se trastocaba en aherrojamiento, pensando en su fe, sabiendo que solo tendría que negar la revelación para poder disfrutar de una caminata bajo la hermosa luna.

A pesar de lo fácil que parecía, él no se sumó a la negación, Al-lah hizo brillar la inteligencia de Mus’ab, y el joven creyente una noche encontró entre las sombras su abrigo, se deslizó con la complicidad de la luna y se unió a los compañeros del Profeta en la primera emigración, dejó a su madre, la rabia consumiéndole el pecho, y partió para Abisinia donde su historia se hizo impresionante.


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