Una respuesta a la incredulidad

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Introducción

Nota de apertura para el ateo: Felicitaciones. Usted está usando el cerebro que le ha sido dado. Usted está haciendo uso de pensamiento crítico, de instinto de adivinación a tientas, y de audacia frente a la autoridad; cosa que, en mi opinión, escasea trágicamente en nuestras comunidades religiosas de hoy en día. Como creyente, digo esto sin gota de sarcasmo: lo admiro.

Después de todo, ¿cómo podríamos no jugar a adivinar a tientas? Durante la última mitad del siglo, las instituciones globales detentoras del poder nos han probado, con cada vez más frecuencia, su voluntad de mentirnos y usarnos con el objetivo de satisfacer cualquiera de los intereses que a fría sangre mantienen del otro lado de la puerta de la sala de juntas. Desde nuestros líderes ejecutivos hasta nuestras agencias de inteligencia, desde nuestras fuerzas policiales hasta nuestros bancos mundiales, las instituciones que han prometido en palabras este servicio al público, han mostrado consistentemente algo muy distinto en sus actos. ¿Y qué es la religión sino otra institución?

La gente ha culpado todo tipo de cosas para el moderno desquite con la religión. Algunos dicen que la adoración se ha trasladado al propio ser, lo que implica que la persona del común se ha vuelto demasiado arrogante como para conocer algo más elevado que sí mismo. Otros dicen que el dinero es el nuevo dios. Dudo que se trate de algo tan pomposo o melodramático. En mi opinión, la realidad es esta: la gente está exhausta. Todo lo que vemos por medio de los centros de poder es el engaño, la explotación y la traición. Estamos predispuestos a la desconfianza. Incluso deseándolo, somos prácticamente incapaces de poner nuestra fe en cualquier mujer u hombre de pie frente a un grupo de asiduos oyentes, sin importar qué tan benévolos puedan parecer. Nos han enseñado, por experiencia, que es imposible que esa gente pueda alguna vez significar verdaderamente lo que dice. Y cualquier bondadosa promesa es demasiado buena para ser verdad.

Resumiendo, la deserción de la religión es solo otra extremidad unida a una tendencia mucho más amplia entre la gente, particularmente los jóvenes, que rechazan toda autoridad. Sus corazones han quedado demasiado magullados como para convencerlos con facilidad. Y a riesgo de repetirme a mí mismo: ¿quién puede culparlos?

Hay una razón por la que siento tanta empatía intelectual con los ateos. Yo fui uno. “Ateo” sin embargo, es quizá un término muy débil. Cuando alcancé mi adolescencia, ya había terminado de devorar los trabajos escritos de Richard Dawkins, Sam Harris y Christopher Hitchens, y me había convertido en lo que Hitchens llamaba por gusto, un antiteísta. No solo me reía de la idea de Dios, sino que creía que la religiosidad era equivalente a un engaño esquizoide. Fue una fase amarga de mi vida. Me sacudía al ritmo de Rage Against the Machine, y no podía soportar a George W. Bush. Enfurecerme contra la religión parecía formar parte del paquete.

Ahora soy un hombre adulto, y con más sabiduría. Aún no mayor, y aún no sabio; pero una mejor combinación de ambos de lo que alguna vez fui. Aún brinco al ritmo de Rage Against the Machine, y aún me disgusta George W. Bush (aunque mis sentimientos se han transformado a lo largo de los años a algo más similar a la lástima). Pero ahora soy musulmán, Alhamdulil-lah.

Sea como fuere, recuerdo como era no creer. Recuerdo los sentimientos de desconfianza, de cautela. Recuerdo lo que era haber escuchado solo un lado del discurso.

Esta es la razón por la que me sentí en la obligación de escribir este artículo. La mayoría de los jóvenes de hoy en día han escuchado el nombre de por lo menos uno de los escritores antiteístas que mencioné con anterioridad. Muchos probablemente se han confrontado a sus argumentos a través de lecturas o debates en YouTube, o por shows como “Tiempo real” con Bill Maher. E incluso si nunca jamás han estado en un estado similar al de una copia de “El engaño de Dios”, probablemente hayan alimentado sus propias preguntas que les carcomen por dentro y dudas sobre su fe, y se pueden haber sentido incómodos por una aparente carencia de respuestas. Si están pensando como yo lo estaba, posiblemente estén considerando en su fuero interno una o varias de las siguientes suposiciones:

  • La ciencia no da cabida a Dios. Antes de que Isaac Newton trazara el movimiento de los cuerpos celestes, creíamos que había ángeles empujándolos a través del cielo. Antes de que Charles Darwin publicara sobre el origen de las especies y la descendencia del hombre, creíamos que Dios simplemente había moldeado seres humanos en su forma final a partir de barro crudo. A medida que continuamos desmitificando estos fenómenos gracias a las matemáticas y a la observación de patrones y mecanismos naturales, se siente como si el dominio de Dios menguara. Quizá “Dios” era sencillamente una explicación dada por gente más simple y menos civilizada para los fenómenos que estaban lejos del alcance de su entendimiento.
  • La religión es antiintelectual. Dondequiera que la religión exista en el mundo, el pensamiento libre sufre. Siempre ha sido así. La fe en sí es inherentemente irracional y todo desarrollo intelectual en la historia ha ocurrido a pesar del intento de las instituciones religiosas por impedírnoslo.
  • La religión conlleva a la violencia. Cada conflicto mayor de la historia tiene sus raíces en desacuerdos religiosos. El pensamiento religioso es demasiado intransigente, conduce a la gente a llevar a cabo actos irracionales hacia los otros y hacia sí mismos, y promueve el odio hacia aquellos que no están de acuerdo o son diferentes.
  • ¿Cómo podría un Dios Todopoderoso, Amoroso, permitir que la desgracia caiga sobre el inocente? ¿Cuál es el acto más común en la gente cuando se enfrentan a su propia e inminente mortalidad? Orar. Y, aun así, aunque hayan orado de todo corazón, igual mueren. A veces, de maneras desagradables. Aparentemente, el universo es indiferente hacia nosotros, sin importar qué tan llenas de propósito nuestras vidas puedan parecer. No necesitamos mirar muy lejos para encontrar evidencias. Ya sea que nuestro Dios sea Todopoderoso y cruel, o totalmente amoroso e impotente, en cuyo caso la palabra “Dios” pierde totalmente su sentido.

 Lo que Dawkins, Hitchens y Harris hicieron es oportunista. Tomaron ventaja de una tendencia cultural, entrando en competencia con un oponente que ya estaba aturdido y debilitado, y todo esto usando puntos como los nombrados con anterioridad, para dar puñetazos fáciles.

Yo, personalmente, fui golpeado hasta la inconsciencia por largo tiempo. Las cosas no cambiaron realmente sino hasta que tuve que asistir a una universidad católica y tuve que, como parte de mis requisitos básicos, sentarme y burlarme de un curso de estudios religiosos.

Cuatro años después, me había graduado con un pregrado en estudios religiosos, habiendo tomado la Shahada y habiéndome convertido al Islam. ¿Qué cambió? Había sido forzado, bajo el dolor de una calificación reprobada, a sentarme y escuchar lo que el otro lado tenía que decir. Había aprendido que los puntos de diálogo y argumentación que yo había adoptado de mis héroes antiteístas eran, de hecho, viejos de miles de años, y que las librerías podrían llenarse con las respuestas escritas por los eruditos religiosos a través del tiempo y desde los albores de la fe. Y comprendí que había desperdiciado años de aliento diciendo cosas realmente podridas sobre grupos enteros de personas a las que nunca me había tomado un momento para escuchar. Y aprendí que, una vez escuchaba, prefería de hecho lo que estaban diciendo.

Tuve una oportunidad que muchos no. Y lamento que haya tan pocos testimonios, especialmente en la comunidad musulmana, para lidiar abiertamente con las dudas religiosas que pululan entre los jóvenes. Cuando no se atiende, este cinismo rastrero es aún más corrosivo.

Entonces, este es el plan:

Este artículo es el primero de lo que pretendo sea un serial en respuesta directa a las críticas a la religión de las que yo mismo fui el campeón. Mi esperanza está en demostrar que el teísmo no es una posición irracional, y que la creencia en Dios no hace, en consecuencia, a la persona ni menos inteligente ni más violenta. Dedicaré un nuevo episodio a cada uno de los puntos de la lista precedente, basándome en publicaciones y sintetizando algunos de mis propios argumentos, con la esperanza de mostrar a los jóvenes en duda dentro de la comunidad musulmana y más allá, que hay respuestas para aquellos que las buscan. No pretendo convertir a nadie; no sería tan pretencioso. En su defecto, intento desvanecer el estigma de que la religión y lo religioso es de alguna manera anticuado, está pasado de moda, o que ignora a sus críticos. Si este paseo te remueve por dentro, es un efecto secundario feliz.

Puntos en pro y en contra puestos en perspectiva, es poco lo que se puede hacer frente al magnífico aire de desconfianza de nuestra cultura. Esto se va hondo. Lo más que puedo ofrecer es esto: muchas de las principales religiones se fundaron por gente que buscaba expulsar elementos opresivos y manipuladores de nuestro mundo. El Islam como tal vino a un hombre que estuvo profundamente confrontado, en parte por las injusticias económicas impuestas a la gente de Meca por la clase gobernante, los Quraish.

Es cierto que algunas instituciones religiosas han, en uno u otro momento, defraudado a la humanidad. Por esto, estamos en el derecho de estar enojados. Pero enterrar la idea de creer en sí es una respuesta desprovista de razón. Por el contrario, deberíamos quizá tomar esta oportunidad para empezar a indagar y reexaminar nuestras tradiciones de maneras que se han olvidado; y recuperar y desempolvar ese brillante centro que alguna vez nos transformó en distintas tribus y naciones, y nos reunió para conocernos unos a otros. Podemos empezar ese proceso, tú y yo, aquí mismo. Mantente sintonizado.


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