Buscando nuestras propias almas (parte 1 de 4)

En 2009, el Foro sobre Religión y Vida Pública del Centro de Investigación Pew encuestó a los cristianos estadounidenses que abandonaron la tradición religiosa en la que habían sido criados. Varias razones fueron dadas del por qué renunciaron a su religión, pero muchas personas especificaron su percepción de que la gente “religiosa” es hipócrita o prejuiciosa, y que se enfoca demasiado en las reglas (lo exterior, los rituales y los dogmas de las enseñanzas). La gente “religiosa” que habían conocido en sus infancias eran sus parientes, profesores de escuelas religiosas, y otros adultos en sus comunidades. Reflexionando sobre esta información, podemos reconocer un atributo común entre los tres factores citados: un entendimiento superficial y ritualista/legalista de la religión relacionado con la incapacidad de ser transformados por sus propias enseñanzas.

El punto es que a menudo los musulmanes se comportan de maneras que alejan a los no musulmanes que de otro modo podrían estar abiertos a un mayor conocimiento del Islam. Esto está confirmado por el versículo: {Por misericordia de Al-lah eres compasivo con ellos. Si hubieras sido rudo y duro de corazón se habrían alejado de ti} [Corán 3:159]. ¿Alguna vez nos hemos detenido a pensar que este principio también se aplica a nuestra interacción con nuestros niños? El cumplimiento de los deberes religiosos obligatorios y la forma tradicional de interactuar con la gente de la comunidad no necesariamente se refleja en la conducta propia y los actos en la privacidad del hogar.

Imagina a un niño mayor diciéndose a sí mismo: “Mi padre tiene un problema de ira y mi mamá es extravagante. Supongo que todos somos débiles, así que haré lo que quiera”. Otro podría pensar: “¿Quiénes son ellos para predicarme y decirme cómo vestirme o qué amigos debo escoger… si ellos solo siguen lo que les conviene, y cuando quiero hablar con ellos de algo me dicen que están ocupados o me gritan por preguntar?”. Y otro: “Ellos no pueden darme órdenes… ambos son impacientes y pierden los estribos por cosas pequeñas… y luego pretenden ser muy religiosos”. Estos ejemplos describen las experiencias de niños cuyos padres solo usan la vestimenta externa de la religiosidad. Pero Abu Hurairah, que Al-lah esté complacido con él, relató que el Profeta, que la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, dijo: “Al-lah no mira sus cuerpos ni sus apariencias externas, sino que mira sus corazones” [Muslim].

Usar la religión como excusa para controlar, criticar o debilitar a los demás, a menudo se asocia con la incapacidad para enfrentar las deficiencias propias. El prefijo “hipo” (como en hipócrita) proviene del griego, y significa “deficiente” o “insuficiente”. En consecuencia, un aspecto de la hipocresía es el examen y la evaluación insuficientes de la vida, las relaciones y el comportamiento propios. El hipócrita es comparable a un actor dramático, es decir, alguien que finge ser lo que no es, que simplemente juega un papel. La persona hipócrita tiene inclinaciones orgullosas y egoístas, se preocupa sobre cómo se presenta a sí mismo y cuida su comportamiento solo para proyectar la buena imagen de sí mismo que desea presentar a los demás. La mala conducta en la intimidad del hogar, los pensamientos desagradables, la indisciplina o la negligencia en cuanto a promover su crecimiento personal y su madurez, traicionan los principios que finge apreciar tanto. Atascado a nivel superficial en su entendimiento de la religión, este individuo también puede ser hipercrítico —prejuicioso— con los demás. Así, ser poco crítico consigo mismo y excesivamente crítico con los demás, son dos caras de la misma moneda. Con demasiada frecuencia, esto se desarrolla dentro de la relación conyugal o la relación padre/hijo. Esto amenaza cualquier apariencia de tranquilidad en el hogar.

El modelo islámico de tres etapas del yo es un proceso de transformación para lograr la tranquilidad de la mente y el corazón (an-nafs al mutma’innah). La etapa más baja (an-nafs al amarah) es la indulgencia en las cosas del ego, el pecado y la maldad. Luego uno se hace consciente de las carencias y debilidades, y comienza a vislumbrar fugazmente la sabiduría y la belleza de una personalidad y un carácter iluminados. En esta segunda etapa (an-nafs al lawamah), el alma que se autorreprocha, uno está atento a trabajar en su yo, y es dado al arrepentimiento y a pedir el perdón de Al-lah en el momento que comete un pecado o un error.