Ikal no es maya

Ikal no recibió ninguna revelación repentina. No fue un asunto de epifanías ni de sueños supuestamente premonitorios. No se le presentó aparición alguna con palabras acarameladas que lo amalgamaran con estertores de realidad desconocidos para los demás mortales. Ni siquiera le llegó una brisa que le apagara una vela ceremonial durante una sesión de yoga. Y no fue por falta de deseo ni de esfuerzo: Ikal practicó la meditación, aprendió artes alternativas de sanación en cursos de fin de semana, repitió cánticos (supuestamente antiguos) de invocación y, por supuesto, quiso transformarse en jaguar con la ayuda de un chamán de dientes amarillentos, pero la violenta reacción intestinal no lo dejó llegar ni a ratón.

Estaba hundido hasta el cogote en el espeso lodo de la escasez del autoconocimiento. En otras palabras, no sabía ni dónde estaba parado. Desconocía los cimientos mismos de su propia identidad. Algunos consideraban que estaba como cabra, pero como dijo un anciano casi mítico: las cosas no son como las pintan. Y a Ikal lo habían desdibujado desde el nombre mismo.

La introducción al mercado del concepto de “nueva era”, acompañada de una campaña publicitaria feroz anunciando el inicio de una época de espiritualidad olorosa a jazmines y ligera como humo de incienso, estrujó los instintos maternales de una estilista profesional, que quiso darle a su hijo un destino impreso y definitivo en el formato compacto de un nombre sonoro y lleno de significado. La gente, que hacía mucho se había aburrido de bautizar a José, Jesús, Próspero, Protomártires, Abelardo, Justino… se había aburrido también de la popularidad de los nombres anglos importados del norte del continente, y hasta de los nombres griegos y romanos que habían tenido su cuarto de hora de fama. A la sazón, lo que se imponía era el retorno a la espiritualidad de nuestros ancestros, así que la moda se había decantado hacia los nombres indígenas precolombinos.

Nuestra estimada estilista encontró en algún panfleto de cualquier “instituto de estudios de la nueva dimensión humana” (léase: club de new hippies a la criolla) la información que se desparramó por su corazón como una luz enceguecedora y tibia que le abría el camino al multiverso en apenas cuatro letras: “Ikal, nombre maya de varón, significa espíritu, denota adultez del alma, liderazgo más allá de las planicies de lo evidente”. Claro, uno hubiera esperado, tratando de seguir la lógica del “regreso a lo nuestro”, que ella eligiera algún nombre muisca, algo con la sonoridad de chuengui o con la fuerza de guatoque, pero en estas latitudes (y al parecer, en muchas otras) la gente suele perder el hilo de la lógica cuando la palabra “espiritual” entra en juego.

Ikal, pues, tenía un nombre que provenía de un pueblo que había vivido a miles de kilómetros de su tierra, y cuya civilización había desaparecido mucho antes de darse ese bonito y florido encuentro entre los habitantes de este continente, y unos comedidos foráneos que vinieron a enseñarles a los primeros (a la brava, pero bueno, la letra con sangre entra) a ser realmente civilizados (a cambio de unas cuantas toneladas de oro, plata y piedras preciosas, un trato más que justo). Un nombre que hacía referencia a algo para él intangible, y que parecía querer recordarle a diario que tenía que deshacerse de sí mismo para alcanzar el estado al que su nombre aspiraba. Un nombre, en fin, que le había valido todo tipo de burlas en la escuela, y que no había sido de ninguna ayuda ante los funcionarios del Estado cada vez que tenía que realizar algún trámite del orden notarial.

Si nos sentamos en el trono del editor, los pormenores de la vida de Ikal no son dignos de crónica. Lo curioso es su nombre, excusa que permite darle descanso a la pluma para escribir lo que es el lugar común más común de la posmodernidad: el hombre sumergido en un océano intercultural, interracial, interétnico, diverso en modo sumo, pero sin tener idea de qué ocurre en su propio interior.

Ikal, ya se ha dicho, estaba en lo profundo del laberinto, por no decir que estaba más perdido que el hijo de Lindbergh. Para ser menos dramáticos: era el retrato mismo del hombre en la caverna de Platón. Muchos en ese estado, se han entregado a un sinnúmero de vicios, malas costumbres, o incluso al abrazo yerto del autoexterminio. Ikal no sobresalió ni siquiera en esto: exploró en algunas prácticas religiosas sin adoptar ninguna religión, escarbó en algunas costumbres culturales sin asumirse él mismo como ente cultural, y se dio a los placeres terrenales como cualquier otro ciudadano que acostumbra la bebida, el tabaco y las mujeres, sin caer en nada ilegal y sin reconocer la inmoralidad de su propio comportamiento.

Sin embargo, algo se removía en el interior de Ikal, algo le impedía mantener su estilo de vida sin preguntarse si era para eso que había venido al mundo. Algo le causaba un prurito intenso en las noches de insomnio, cuando miraba figuras que se formaban en la oscuridad frente a sus ojos, y se secaba el sudor frío de la frente, clavado en la certeza de que tenía que haber algo más, algo real, un camino, una brújula. Pero ese algo más se negaba, en la contundencia de las constantes universales, a aparecer en forma de sueño premonitorio, o a centellear a manera de epifanía. Incluso en los momentos de meditación estilo yoga occidental con lamparita aromatizadora, la indicación de una ruta, así fuera en forma del soplo de una brisa, era ausente.

Si este mundo es solo una proyección del pensamiento, ¿por qué no podía pensar un mundo mucho mejor, cosa que las noticias le refregaban en la cara a diario? Y si su pensamiento estaba delimitado por este mundo, ¿por qué su mente se atrevía a colorear utopías? Su nombre era “espíritu”, ¡y cuánto disfrute obtenía de la carne! Ehhh… ¿disfrute? Cabía preguntarse si su definición de disfrute, aunque generalizada, era correcta.

Ikal era consciente de que no era maya como su nombre ni era espíritu como su nombre quería indicar, ni siquiera era muisca. Pero también era consciente de que no era cordon blue, de que su nombre no era tabla de Moisés para su cotidianidad, y de que ni las estrellas podían trazar el curso de su canoa vital, ni él tenía escritura ni título de la misma. Todo le indicaba que la respuesta estaba en un punto medio, un centro, de modo que el camino que él intuía debía atravesar el centro, o ser el centro mismo. Hasta ahí, todo sonaba a ruiseñores en coro. Otro cantar era hallar la verdad tangible.

No se engañen por el entramado lingüístico, que solo busca enfundar la historia en satín brillante, porque hasta el mejor diamante pierde valor si se exhibe envuelto en periódico. Encontrar una luz no necesariamente se relaciona con escalar los escarpados picos del Himalaya, ni con internarse en las húmedas habitaciones de la anaconda. Dios tiene a Su disposición todos los medios, todos los recursos, todas las formas. Y Él guía a quien Él quiere. A veces, las señales que conducen a la verdad son tan evidentes que no las vemos, y nos quedamos esperando lo espectacular, el millón de dólares quemado en un par de minutos de juegos pirotécnicos, dejando tras de sí solo la humareda y el recuerdo, ya idealizado detrás de las retinas, de estallidos coloridos en el cielo.

En sus no muy rigurosas indagaciones sobre espiritualidad, Ikal tuvo a bien encontrarse con un dato que le resultó tan curioso como a nosotros su nombre. A través de un amigo, se enteró de una práctica rarísima para él, incluso hereje, de ciertas personas que se cambiaban el nombre al adoptar una nueva religión. El amigo no había suspendido sus palabras en nebulosas grises e inalcanzables, sino que las había atenazado fuertemente a una en particular, que a Ikal le quedó resonando suavemente como tintineo de lluvia sobre el tejado: musulmán.

Así que los musulmanes se cambiaban el nombre cuando se hacían musulmanes. Un acto radical, si ha habido alguno. Una herejía, rechazar aquello que les había sido dado al nacer y que había tallado en piedra su personalidad, su destino, su misión. Y a Ikal la herejía se le antojaba algo necesario, quizás porque su nombre ya había sido una carga suficientemente pesada durante un tiempo más que suficiente. Tenía que conocer el porqué de esa declaración abierta y frontal de rechazo a toda imposición, a todo significado y a toda presunción asociados a algo tan personal, identitario y definitivo como lo es el nombre.

Cuando Ikal conoció sobre el Islam, si bien el concepto del monoteísmo puro[1] le pareció tan lógico como revelador, lo que más lo convenció fue el sexto pilar de la fe: todo lo bueno y lo malo que te ocurre proviene de Dios y solo Él escribe, conoce y puede cambiar tu destino. El nombre, pues, no te define ni te asigna una misión en la vida: es totalmente inocuo.

Ikal se sintió inicialmente defraudado al saber que no siempre se hace obligatorio el cambiarse de nombre, y que, en efecto, no todos los que se hacen musulmanes recurren a esta brusca ruptura de su historia de vida. Sin embargo, se hizo musulmán (una historia interesante, que quizás les cuente otro día) y adoptó un nombre islámico: Abd Al Latif. Era su rebelión personal, el nombre no le era impuesto, él lo escogía en un acto consciente de devoción a su Creador. Tomó ese nombre porque Al Latif, uno de los nombres sublimes de Dios, significa “El Sutil”, y la palabra árabe Abd significa “siervo” o “esclavo”. Y ya que la guía hacia la verdad se le presentó a Ikal de manera sutil, sin epifanías ni explosiones de colores, le pareció que su nombre debía recordar lo simple y hermoso del milagro cotidiano.

A la mamá de Ikal no le entraba en la cabeza cómo él había dejado de ser un joven que “disfrutaba de la vida”, y ahora no bebía, no fumaba y no salía de noche con mujeres. Era ejemplo vivo de transubstanciación de vitalidad en decrepitud. Pero, en particular, no le perdonaba que hubiera transmutado su “yo me llamo”, que negara sus ancestros y su destino, y le diera la espalda a su nombre poderoso, orgulloso, único. Por su parte, a Abd Al Latif no le entraba en la cabeza que su madre, que le había pedido por años que dejara de beber tanto, que se quitara el humo de la boca, que sentara cabeza con una buena mujer, lo criticara ahora por esforzarse en llevar una vida recta. Peor aún, que no entendiera que el nombre, como la vida, le pertenece solo a Al-lah, y que no hay mejor misión que estar a Su servicio. Pero es que una cosa es encontrar el camino, y otra cosa es aprender a transitarlo. Esa es otra historia.

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[1] La unidad y unicidad de Dios, el único Creador, Dueño y Señor de todo cuanto existe, sin igual ni semejante, y el único merecedor de toda adoración y de toda alabanza.