De cómo la fase de mi velo cambió mi vida

Fue un caso de hormonas preadolescentes en ebullición, el cambio a un colegio superior, y un profesor que difícilmente hablaba algo de inglés en un muy británico colegio misionario en Pakistán. Esa fue mi explicación para mi propio desastre. De ser una de las chicas más listas en sexto grado, entré al grado séptimo con una actitud que me sorprendió incluso a mí misma. Por primera vez en mi vida perdí cinco materias en el primer trimestre, seis en el siguiente, y pasé a ras el último trimestre, con el mínimo para seguir en el siguiente grado. Por primera vez vi el colegio como algo sin importancia, y a los profesores como merecedores de nada sino de ser ridiculizados. Todas mis amigas fueron intercambiadas por otras nuevas, como un cambio de closet cuando ya la ropa no nos queda, o está vieja y es aburrida, o no está “in”. Las amigas que tenía desde la primera infancia ahora estaban en otra clase, y era demasiado esfuerzo mantener tales amistades en la hora del receso.

Fue la primera vez que empecé a llevar a hurtadillas novelas rosa en mi maletín escolar, y a leerlas en mi tiempo libre. La primera vez que me sentí incapaz de trabajar sin música. Y claro, llegaron las medidas de control de mis padres: ese tipo de lecturas era inaceptable, escuchar música era inaceptable, las calificaciones eran inaceptables, y muy pronto llegué a mi propia definición adolescente: “Yo era inaceptable”.

Así, un mal año se sucedió con el siguiente, hasta el último año de colegio. Odiaba el tal colegio misionario con todo mi ser. Los profesores no tenían pasión por enseñar ni afán de inspirar ni corazones por ganar. Las estudiantes favoritas eran siempre las mismas, y las de “bajo perfil”, como yo, siempre serían categorizadas como tal. Así que, por más que deseara hacer mejoras, regresar al estudio, siempre había esa presencia ineludible de llevar un “rótulo” conmigo. Un “bajo perfil” en el convento no tenía oportunidad de subir de nivel. En los últimos años de colegio me volví excesivamente silenciosa, prefería sentarme siempre al fondo del salón de clases. Y desde alguna parte, aún no sé cómo, la más extraña de las ideas llegó a mí. Decidí ese día, un buen día, que iba cubrir mi cabello. Nadie en mi familia había hecho eso, y la primera impresión en la gente fue de choque, un poco más que con lo que ya había hecho anteriormente.

La música se desvaneció, retiré los posters de la pared y decidí ser poco amigable, puesto que, como de costumbre, yo era “distinta”. Recuerdo a mi madre respondiéndole a alguien sobre mi velo, definiéndolo como una “simple fase” y que las niñas finalmente crecen sin “eso”. Cada chica que decide llevar el velo tiene su propia historia, y la mía tuvo también algunos altercados. Pero de sobra, no era solo una “fase”. Se mantuvo, con todas mis excentricidades y mis malas calificaciones. Corría el último mes de colegio y mis calificaciones eran aun un desastre, pero mi conexión con Al-lah ya no lo era. Entonces Le oré. Le dije: “Si me ayudas a pasar, seré tuya”. Un compromiso demasiado grande para una quinceañera, pero fue lo que dije.

La noche en que los resultados llegaron de la Universidad de Londres a Lahore, todos estaban al borde del delirio. Yo decidí dormir a lo largo de la noche, desperté, y con una corazonada pero sin decir nada, fui al colegio por mis resultados. Obtuve el segundo mejor puntaje de todo el colegio, y la hermana Madeline se mantuvo de pie reluciente, muy asombrada al entregarme mi tarjeta de informes. Yo no tenía cómo explicarlo. Mi madre estaba en shock: había obtenido un puntaje más alto que el de mi hermano genio; mi padre había enmudecido. Mis amigas estaban convencidas que había desarrollado alguna estrategia loca para haber hecho eso. Creo que era el resultado más sorprendente en la historia del colegio. Después de esto regresé donde la profesora que más me despreciaba, y me dijo con algo de sentimiento: “Sabía que podías hacerlo”, a lo cual le respondí: “No, no sabías. Está absolutamente claro que no creías que yo pudiera hacerlo”. Ella mantuvo el silencio.

Era un milagro de Al-lah. Lo hizo como respuesta a una quinceañera nerviosa. Con esa calificación me hizo aceptable, respetable, y mi velo pasó de ser un objeto del ridículo, a algo con significado.

De repente, era yo la chica inteligente, y decidí ir a un colegio superior para educadores. Era una decisión que requería estar bien pensada. Siempre había estado en el tradicional “colegio- convento para chicas” y todas egresaban de allí para inscribirse en el típico colegio elitista que no exigía ni trabajo ni estudio, para sacar el diploma de bachillerato de educación media y casarse. El London University High School era un poco más serio.

Entré con reserva, nerviosa y sin encajar en el medio, pero esforzándome porque así fuera. Y fue entonces cuando ocurrió el segundo milagro. La señora Sonnu Rehman (ella es lo que toda juventud necesita) era la profesora de historia. Yo nunca tomé clases de historia, así que nunca tuve una clase formal con ella, pero logró tocar mi vida de la forma más inspiradora, y me introdujo a un mundo fascinante y lleno de emoción, donde había mucho por hacer y, lo mejor de todo, mucho por hacer de mi parte.

Era la mayor de los profesores en el campus, pero como alguien la llamó acertadamente, “una inspiración para todas las edades”. Podía inspirar a personas de su edad con su arrolladora energía, podía inspirar a los de mediana edad con su esfuerzo, y podía llegar a todos nosotros, adolescentes, con su pasión por todo, literalmente. Yo nunca antes había hablado en público, en particular porque el convento era claustrofóbico cuando se trataba de expresión personal y era monótono en cuanto al aspecto extracurricular. Un día, ella me pidió que me quedara para ensayar un discurso dirigido al público. Quizá yo era mejor que el promedio para esto, y ella decidió inscribirme en un concurso que tendría lugar fuera de la universidad.

Trabajó incansablemente para pulir mi discurso final, añadiendo, editando, escuchándome una y otra vez, como si yo fuera la única estudiante del lugar. Hablé, y me las arreglé para ser seleccionada por el Equipo Nacional para representar a mi país en Inglaterra. Después de esta primera vez, muchas otras se sucederían. El esfuerzo inicial hecho por la señora Rehman  conmigo, su constante disposición, no tienen precio. Fuimos galardonadas en nombre del país en varias ocasiones, pero para mí lo más importante fue cómo ella construyó mi confianza en mí misma.

Una vez iniciado o iniciada, no hay quien detenga a un o una joven que ha sido bien encaminado. Supe muy pronto que yo era capaz de actuar, hacer recitales de poesía, formar parte del gobierno estudiantil y demás, porque la señora Rehman fue la primera en creer en mis capacidades. Fue la primera profesora en darme su número telefónico personal para que yo pudiera llamarla en cualquier momento que necesitara algo, la primera profesora que nos abrió las puertas de su casa.

Fue ella quien diseño nuestros trajes para nuestra presentación anual de teatro, quien nos llevó a hacer viajes de campo que nunca olvidaré. Aprendí de ella que nadie puede proyectarse en el futuro mientras desconozca su pasado. Aun sin haber tomado clases con ella, aprendí enormemente de ella. Nuestras salidas de campo no eran a museos, sino a lugares reales, como cuando visitamos, junto con su amiga también historiadora, la Ciudad Antigua; o como cuando visitamos aquel lejano lugar, tan rural como místico, donde jóvenes de clase media alta no se hubieran aventurado nunca a ir por sí mismos.

Nos enseñaba que lugares que pensábamos estaban fuera de nuestro alcance o interés, tenían en realidad todo que ver con nuestra realidad. Hablábamos con ella de política, escavábamos sitios arqueológicos, digeríamos a Marx. En ese año y medio ella me dio más información integral de la que había recibido nunca antes, porque realmente nos creía competentes y capaces. Recuerdo una vez que mi madre bromeó con ella, diciéndole que me podía adoptar por todo el tiempo que pasaba con ella, y la señora Rehman le contestó que eso ya había ocurrido. Yo hacía malabares académicos para acomodarlos a la inmensa explosión extracurricular que había llegado a mi vida y, porque ella me hizo pensar y creer que era capaz con todo, lo logré.

Ahora, años después, cuando le leo a mis niños El pequeño motor que lo logró, pienso en cómo todos nosotros somos pequeños motores en un punto u otro del camino. Sin alguien que nos inicie o que esté profundamente convencido de nosotros, todos nos consideramos a nosotros mismos incapaces de grandes envergaduras. La señora Rehman fue para mí el perfecto factor adulto que llenó mi vida con aquel convencimiento. A veces pienso qué hubiera sido de mí si ella no hubiera puesto el esfuerzo en ser un agente activo en mi vida. Quizá nunca hubiera salido de mis inhibiciones e inseguridades de adolescente.

El mundo habría permanecido como una realidad impenetrable y yo demasiado frágil e insegura dentro de él. Mis padres no hubieran invertido en este milagro hacia mí. No importa cuánto lo intentaran, intentaban de la manera errada, puesto que simplemente estaban del otro lado del asunto, del mismo modo en que lo estaban todos los profesores del convento. La señora Rehman estaba de mi lado. Ella no hacía que esto ocurriera; ella hacía que yo hiciera lo pertinente para que esto ocurriera. Hablaba conmigo, no dándome discursos, como muchos adultos fallan en discernir, y me mostró mi propio potencial.

Ahora que soy mayor, y que enseño a niños y jóvenes, trato de ser como ella. Intento tener el mismo entusiasmo e interés por la vida de los demás, como lo hizo ella conmigo. Esa es la única forma en que podemos salvar a nuestra juventud e inspirarlos para sueñen en grande.