La historia de dos mujeres: la lechera y la emperatriz

Una noche, ya tarde, el segundo califa Omar Ibn Al Jatab caminaba por las estrechas calles de Medina en silencio, observando el estado de la gente. Al pasar cerca de una casa de adobes, dos voces llamaron su atención. Ambas eran femeninas: una mayor y endurecida por la vida, la otra juvenil y silenciosamente determinada.

“Mañana, cuando tomes la leche para la venta −dijo la voz mayor, la voz de una madre− mézclala con agua. Harás más dinero por menos leche. Hoy vendiste toda la leche y solo trajiste de vuelta un escaso beneficio”.

“¡Madre! –exclamó la joven mujer– No podemos hacer tal cosa. ¿No escuchaste al Amir de los creyentes, Omar Ibn Al Jattab, que prohibió a todos que hiciésemos eso?”.

“¿Y dónde está el Amir de los creyentes ahora mismo?”, replicó su madre.

“Aunque él no pueda vernos, ciertamente Al-lah nos ve”, respondió la hija con firmeza.

Sin ser visto, Omar Ibn Al Jattab sonrió en medio de la oscuridad y silenciosamente marcó la puerta del hogar de estas mujeres con un trozo de tiza. Al día siguiente, trajo a su hijo Ásim para que le propusiera matrimonio a la joven lechera, cuya taqwa había quedado clara en medio de la oscura noche. “Pues quizá –dijo Omar a su hijo– Al-lah engendrará en esta mujer una gente tan pura y buena como ella”1.

Las palabras de Omar resultaron ser ciertas. La historia es famosa, y todos conocen sobre el gran califa Omar Ibn Abdel Azíz, de quien se dice con frecuencia que fue el quinto de los Califas Bien Guiados, y el nieto de Ásim Ibn Omar Ibn Al Jattab. Sin embargo, cunado Omar Ibn Al Jattab pronunció su visión, no fue solo sobre Omar Ibn Abdel Azíz sobre quien estas palabras aplicaron.

Del linaje de la lechera de quien no se menciona el nombre, siendo aun así famosa, hubo una mujer cuya sabiduría, valentía y excelencia de carácter ejemplares recordaban a los de su abuelo. Maimuna Bint Abdel Azíz fue la hermana de Omar Ibn Abdel Azíz, y a su modo, no fue menos famosa que su hermano.

Maimuna, también conocida como Umm Al Banín, fue esposa de su primo, Al Walíd Ibn Abdel Malik, quiere fue en algún momento califa de la Dinastía Omeya, haciendo de Umm Al Banín el equivalente de una reina. Además de su majestuosa posición, Umm Al Banín se distinguió como una mujer única dadas sus cualidades: se la conocía por ser una ‘abida, una fervorosa orante, quien pasaba sus noches en tahayud, era increíblemente generosa y amaba donar de sus bienes por amor a Al-lah. También, era una sabia del Islam por derecho propio. Fue considerada una gran narradora del hadiz por el Imám Abu Zura, quien fuere él mismo una autoridad en el campo del hadiz, específicamente en cuanto a las cadenas de narración.

Tan impresionante como todo esto puede parecer, no es lo único que se sabe sobre Umm Al Banín. Por el contrario, hay un incidente particular que pone de manifiesto la verdadera esencia de su carácter.

Al Walíd Ibn Abdel Malik, el esposo de Umm Al Banín, fue un califa omeya y, cosa que puede parecer chocante, mantuvo a Al Hayáy Ibn Yusuf, famoso por su brutalidad, en su cargo de gobernador de Bagdad. El padre de Al Walíd había dado instrucciones en su testamento de que Al Hayáy se mantuviera en el cargo simplemente por el hecho de que sus sanguinarios métodos mantenían a los elementos indisciplinados del Imperio bajo control. Sin embargo, el hecho de que su esposo no tuviera ningún recelo de Al Hayay, no hizo que Umm Al Banín se quedara callada.

El padre de Umm Al Banín, Abdel Azíz Ibn Marwán, había sido un hombre justo y de fuertes principios, que despreciaba los métodos que sus hermanos no necesariamente evitaban. Abdel Azíz había inculcado en sus hijos un odio por el mal descarado y evidente, y la necesidad de hacer frente a la injusticia donde fuera que la percibiesen.

Umm Al Banín aborrecía a Al Hayáy con pasión, y así le expuso sus claros sentimientos a su esposo. Le pedía en repetidas ocasiones que expulsara a Al Hayáy, citando su historial de matanzas, sus asesinatos de algunos de los compañeros del Profeta (la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él) y su corrupción. Al Walíd sabía del fuerte rechazo que sentía su esposa hacia su empleado. Como suele suceder, las noticias se propagaron y Al Hayáy llegó a tener conocimiento de la posición desfavorable de Umm Al Banín hacia él.

Un día, Al Hayáy, vestido con su armadura, fue a visitar a Al Walíd Ibn Abdel Malik, quien vestía de forma casual. Al sentarse, una joven sirvienta se acercó de Al Walíd y le susurró algo al oído, y después partió.

Una vez se hubo retirado, Al Walíd dijo a Al Hayáy: “Abu Muhammad, ¿sabes lo que esta sirvienta me dijo? Dijo: ‘¡Oh, no. Amir de los creyentes!’”.

Encontrándolo gracioso, Al Walíd continuó: “Umm Al Banín la envío para advertirme respecto a sentarme con mis vestiduras de casa en compañía de un beduino armado (es decir, Al Hayáy) cuando gente inocente ha sido asesinada. Umm Al Banín también dijo que preferiría sentarse con el Ángel de la Muerte en persona que con Al Hayáy, pues es conocido por haber matado a muchos”.

Furioso, Al Hayáy replicó: “¡Nunca escuches a las mujeres! No les informes de tus asuntos ni las hagas deseosas de (conocer) tus secretos, ni tomes su consejo ni las solicites para otro asunto que no sea su belleza. ¡Oh, Amir de los creyentes! No seas tierno con las mujeres ni frecuentes sus reuniones, pues sus reuniones son una humillación y carecen de nobleza”.

Al Walíd se levantó inmediatamente y se dirigió donde su mujer para informarle de las palabras de Al Hayáy. Furiosa pero inteligente, Umm Al Banín arregló para que Al Hayáy se encontrara con ella al día siguiente. Desesperado, Al Hayáy pidió a Al Walíd que revocara la orden que ella había dado, pero él se rehusó a ello y entonces Al Hayáy se vio obligado a presentarse frente a Umm Al Banín. Ella lo hizo esperar por un buen rato antes de permitirle entrar y, una vez hecho esto, lo hizo mantenerse de pie, lo que era un insulto mayor. Se dirigió a Al Hayáy con un discurso tan poderoso y mordaz que Al Hayáy más tarde reconoció que: “¡Hubiera querido que la tierra me hubiera tragado mientras ella hablaba!”.

Algunas de sus palabras fueron grabadas y transmitidas en el libro Balaghát An-Nisá 2:

“¡Oh, Hayáy! De la forma más graciosa, has conferido los asesinatos de Ibn Az-Zubair y de Ibn Al Ash’az al Amir de los creyentes. Tú eras un simple hombre libre (es decir, un insignificante esclavo). Verdaderamente, por Al-lah, si no hubieras sido el más inútil de la creación de Al-lah para Él, no te hubiera probado con el bombardeo de la Ka’ba ni con el asesinato del hijo de Dhat An-Nitaqain.

En cuanto a la referencia que hago del asesinato de Ibn Al Ash’az, por mi vida, que él te habría sobrepasado y te habría dado un golpe tras otro hasta que hubieras pedido ayuda. De no haber sido por la convocatoria hecha por el Amir de los creyentes a la gente de la gran Siria, para que te defendieran y te salvaran cuando tu predicamento era más estrecho que una polea, tu cabeza estaría en una soga. Aún con estos hechos, las esposas del Amir de los creyentes sacaron los perfumes de sus armarios y se quitaron las joyas de sus manos y pies, enviándolas con el apoyo monetario de sus agentes.

En cuanto a lo que le has prohibido al Amir de los creyentes (sobre interrumpir sus placeres y la forma en que trata con sus esposas), si es que ellas abren sus piernas para dar gusto al Amir de los creyentes, entonces él no hará caso de tu petición. Pero si es que ellas abrieran sus piernas para dar gusto a cualquiera para el que tu madre abrió las suyas, entonces ciertamente el Amir tendría que prestar atención a tu consejo.

Que Al-lah declare la guerra a aquel que dijo [estas líneas] mientras te miraba, y la punta de la espada de Ghazalah Al Haruriya estaba entre tus hombros:

“¡Oh, león de paz, avestruz en tiempos de guerra!

De negro plumaje, entras en pánico cuando un silbido suena.

Debiste haber enfrentado a Ghazalah en aquella guerra.

En cambio, volaste atemorizado sobre los campos de guerra.

Ghazalah hendió tu corazón con caballeros que dejaron

Una masacre, pues el destino tiene que dar sus vueltas”.

Habiendo expresado plenamente su desagrado, Umm al Banín despidió a Al Hayáy de su presencia.

Pálido, Al Hayáy fue donde Al Walíd y le preguntó: “¿Por qué la dejaste venir y hablarme? ¡No paró de hablar hasta que sentí que mi alma se desprendía de mi cuerpo, y que haber estado enterrado bajo tierra era más preciado para mí que caminar sobre esta! ¡No pensé que una mujer pudiera alcanzar tal nivel de elocuencia ni tener tal nivel de maestría en la enunciación!”.

Al Walíd rio y dijo a Al Hayay: “¡Ay de ti! ¿Acaso no sabes quién es ella? Es la hija de Abdel Azíz Ibn Marwán Ibn Al Hakam!”.

 

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La lechera y la emperatriz: Estas dos mujeres sobresalen en la historia del Islam, cada una por su propio mérito. Su piedad y su determinación de vivir acorde a los principios, de defender lo que es correcto, derribó todo aquello que podía haberlas debilitado y convencido de actuar de otro modo, superando así las circunstancias que las rodeaban.

La pobreza de la lechera era una excusa fácil para tener una ética relajada, y, sin embargo, su conciencia de Al-lah le hizo imposible priorizar lo material sobre lo espiritual.

En medio de la oscuridad de la noche, con solo su madre como testigo, buscó y no esperó nada más que la complacencia de Al-lah. En retorno, Al-lah le expresó Su complacencia hacia ella al casarla con el hijo de uno de los más grandes compañeros del Profeta (la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él).

La historia de la lechera no terminó con que vivió feliz para siempre y ya. La duá de Omar Ibn Al Jattab fue aceptada, y de la progenie de la lechera nació el quinto de los califas rectamente guiados y su hermana, la emperatriz, quien hizo frente Al Hayáy Ibn Yusuf.

Como esposa del líder del Imperio Islámico, y como emperatriz que podría haber aceptado todos los lujos que deseaba para sí misma sin siquiera considerar de dónde venían, Umm Al Banín es prueba de que la piedad no es solo para los pobres. Su estatus como perteneciente a la realeza no afectó su voluntad de oponerse contra la injusticia; y estar casada con un hombre que aceptó como empleado a un opresor no la detuvo para dejar muy en claro a ambos lo que pensaba.

Dos mujeres con orígenes totalmente distintos, y, sin embargo, unidas por su lazo de sangre y su valentía para hacer lo correcto. La lechera, cuyo nombre no se menciona, y Umm Al Banín, son un ejemplo para los hombres y las mujeres musulmanes de que el estatus social, económico y político no debe nunca ser una barrera para vivir acorde a los principios y con piedad. Cuando nos enfrentamos a situaciones en las que es demasiado fácil para cualquiera sacar algún provecho de la injusticia y la opresión, tenemos que saber que en realidad estas son las pruebas más duras a las que Al-lah nos confronta. La fe verdadera es aquella que se prueba, se comprueba y sale victoriosa, precisamente porque hemos escogido hacer una elección difícil, la elección de complacer a Al-lah.

{¿Acaso piensa la gente que se los dejará decir: “¡Creemos!”, y no van a ser puestos a prueba?1 Puse a prueba a quienes los precedieron, para que Dios hiciera evidente quiénes son los sinceros y quiénes los mentirosos} [Corán 29:1-2].

Los sinceros son aquellos que profesan su creencia y que actúan en concordancia con esta, sea en privado o en público, sea en tiempos de dificultad o de facilidad, quienes son los héroes y las heroínas de esta Ummah.

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Linaje de familia: De la lechera a la emperatriz

La lechera, casada con Ásim Ibn Al Jattab → La hija de ellos dos fue Laila,  casada con Abdel Azíz Ibn Marwán → Los hijos de ellos dos fueron Omar Ibn Abdel Azíz y Maimuna (Umm Al Banín) Bint Abdel Azíz.

Umm Al Banín estuvo casada con Al Walíd Ibn Abdel Malik −quien fue Califa en determinado momento−. Ella fue considerada una gran narradora del hadiz por el Imam Abu Zur’a.

→ Su hija fue Fátima Bint Abdel Malik, casada con Omar Ibn Abdel Aziz.

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Este artículo es la primera versión de la serie titulada “Heroínas olvidadas: Las madres, hijas, sabias y guerreras de la historia del Islam”, que publicaremos periódicamente.

Esta serie busca destacar el rol de mujeres de nuestra historia, quienes han sido ignoradas, olvidadas o de quienes se ha hablado de manera superficial. El objetivo del autor es enfatizar el carácter humano y totalmente relevante de estas mujeres, para todos los musulmanes, tanto hombres como mujeres, de modo que conozcamos sus vidas y establezcamos una conexión con ellas, comprendiendo cómo podemos asemejarnos a ellas y buscar su nivel de excelencia en nuestro propio contexto.

Fuentes:

– Ibn Asákir; http://www.ahlalhdeeth.com/vb/showthread.php?t=24987

– http://shamela.ws/browse.php/book-12848/page-122#page-122 (traducido al inglés por Mustafa El Qabbani).