El ayuno de Ramadán en la Biblia y el Corán (parte 2 de 2)

Al mirar la Biblia uno ve que el ayuno fue un medio de expiación y redención para las masas, pero para los profetas era un fortalecimiento de su temple espiritual al comunicarse con Dios o al luchar contra Satanás. Porque fue un ayuno de cuarenta días el que preparó a Moisés (la paz sea con él) para recibir los Diez Mandamientos: “Él estuvo allí con Jehová cuarenta días y cuarenta noches; no comió pan ni bebió agua; y escribió en tablas las palabras del pacto, los diez mandamientos”[1].

Hay al menos tres ocasiones distintas registradas en el Antiguo Testamento en las que Moisés ayunó durante cuarenta días, como vemos en Deuteronomio, capítulo 9: “Y me postré delante de Jehová como antes, cuarenta días y cuarenta noches; no comí pan ni bebí agua, a causa de todo vuestro pecado que habíais cometido haciendo el mal ante los ojos de Jehová para enojarlo”[2].

En 1 de Reyes encontramos un ayuno de un mes llevado a cabo por el Profeta Elías: “Se levantó, pues, y comió y bebió; y fortalecido con aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta Horeb, el monte de Dios. Y allí se metió en una cueva, donde pasó la noche. Y vino a él palabra de Jehová, el cual le dijo: ¿Qué haces aquí, Elías? Él respondió: He sentido un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos; porque los hijos de Israel han dejado tu pacto, han derribado tus altares, y han matado a espada a tus profetas; y solo yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida”[3].

De forma similar, en los evangelios encontramos un ayuno de cuarenta días exclusivo de Jesús (la paz sea con él), a fin de prepararlo para enfrentar las tentaciones de Satanás: “Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo. Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre”[4].

En la Peshitta encontramos el siríaco para “ayunó cuarenta días y cuarenta noches” así: Wa sam arbaín yaumín wa arbaín lailaun.

En este versículo, el verbo masculino perfecto de la tercera persona del singular se emplea desde la misma raíz de saum, que es consistentemente utilizada en la Biblia.

Sin embargo, Jesús no ordenó este riguroso ayuno de un mes de duración a sus discípulos, fue exclusivo para él. Está relatado en los evangelios que, durante un banquete con algunos recaudadores de impuestos, los fariseos le preguntaron a Jesús por qué, a pesar de que Juan el Bautista (la paz sea con él) y sus seguidores ayunaban con frecuencia, los discípulos suyos estaban comiendo y bebiendo. Jesús les contestó: “… ¿Podéis acaso hacer que los que están de bodas ayunen, entre tanto que el esposo está con ellos? Mas vendrán días cuando el esposo les será quitado; entonces, en aquellos días ayunarán”[5].

En aquellos días ayunarán. El proverbial “esposo” no era otro que Jesús mismo y los “invitados” eran, obviamente, sus discípulos. Jesús estaba pronosticando que pronto se acercaría el tiempo en que sería quitado de ellos. La parábola que Jesús relata en los dos versículos siguientes, donde explica por qué no impuso el ayuno a sus discípulos, es muy importante: “Nadie corta un pedazo de un vestido nuevo y lo pone en un vestido viejo; pues si lo hace, no solamente rompe el nuevo, sino que el remiendo sacado de él no armoniza con el viejo”[6].

El ayuno es del “vestido nuevo”. Sus discípulos eran del “vestido viejo”. Aplicarle el “vestido nuevo” al “viejo” habría sido un anacronismo jurisprudencial. Después de que Jesús fue llevado de este mundo, entonces el ayuno se hizo ley. Ese sería el “vestido nuevo” que ellos, en ese momento, aún no habían vestido.

La mayoría de los eruditos están de acuerdo en que Jesús, definitivamente, sabía hebreo para la liturgia. Existe cierto debate sobre si estaba familiarizado con el griego, y posiblemente el latín, debido al clima político de Palestina durante su vida. Sin embargo, su lengua madre habría sido, sin duda, el arameo[7]. Específicamente, habría hablado el dialecto galileo o el de la antigua Judea. En la actualidad no existe literatura evangélica del siglo I d. C. en ningún idioma semítico. Lo que tenemos son versiones posteriores en siríaco de los evangelios como la Peshitta y los Antiguos Evangelios Siríacos que datan aproximadamente de cinco siglos después de Jesús, pero ofrecen una visión relativamente “fiel” de lo que pudieron haber sido sus palabras. Dichos evangelios fueron utilizados como referencia para el guion de la película La pasión de Cristo.

La frase “en aquellos días ayunarán” en la Peshitta es: Haidain n’saumún bi henún yaumata.

Nótese que la palabra para “ayuno” en este versículo es n’saumún que es el verbo imperfecto masculino en tercera persona basado en el lexema árabe saum, para el que el sustantivo singular masculino enfático es saumá[8]. Este es un sinónimo idéntico a la raíz árabe para ayuno, ya analizada.

Cuando Jesús fue llevado a su Señor, solo sus seguidores hicieron el saum. Esto fue una profecía.

Uno de los grandes Padres de la Iglesia de los primeros dos siglos después de Jesús fue Orígenes de Alejandría[9], a quien se le puede atribuir la existencia misma de la Biblia como la conocemos. Orígenes relató que la iglesia primitiva ordenó un ayuno de cuarenta días, sin embargo, se desconoce cuándo se llevó a cabo dicho ayuno.

“Segundo, en sus Homilías sobre Levítico, Orígenes se refiere a varias prácticas de ayuno en la iglesia de su tiempo, diciendo: ‘Ayunan, por lo tanto, quienes han perdido al «esposo»; pues al tenerlo con nosotros no podríamos ayunar. Tampoco decimos que relajamos las restricciones de la abstinencia cristiana, porque tenemos los cuarenta días consagrados al ayuno, tenemos el cuarto y el sexto días de la semana en los que ayunamos solemnemente’. Lamentablemente, Orígenes no nos indica cuándo tenían lugar esos cuarenta días de ayuno”[10].

Así que sabemos que los primeros cristianos ayunaron durante cuarenta días, pero no sabemos cuándo ayunaron. Es probable que el ayuno ocurriera entre la Epifanía en enero, para el ayuno del apóstol, y Pentecostés en junio. Todos esos eran períodos de ayuno para la iglesia primitiva, pero han caído en desuso en gran medida entre las bases de la iglesia moderna.

… para que alcancen la piedad

La parte final de la aleya ofrece esperanza de una forma que, la mayoría de quienes no han profundizado en el significado de la misma, encontrará inspirador: “La álakum tataqún” (para que alcancen la piedad).

La palabra taqua tiene un origen en extremo antiguo. Quizás el registro más antiguo de su uso está en el nombre asirio-acadio de la ciudad extinta Altaqú, mencionada en inscripciones[11] que documentan la campaña del rey asirio del siglo VIII a. C., Senaquerib[12], contra una rebelión judía respaldada por una confederación egipciobabilónica. El significado de Altaqú es relatado por Gesenius como “aquello para lo que Dios es temido u objeto de temor”[13].

El famoso teólogo hanbalí Shams Ad-Din Muhamad Ibn Áhmad As-Safarini, dijo sobre la palabra taqua: “Lingüísticamente, taqua se refiere a una barrera entre dos cosas. En el entendimiento legal islámico, es el escudo contra lo que va en contra de Dios, que se encuentra en obediencia a Él, sumisión a Sus mandatos, y evitar lo que Él prohíbe”[14].

La partícula iniciadora la ál-la (لعلّ) es única en el sentido de que puede expresar esperanza o temor por aquello a lo que se refiere. El significado básico de esta partícula es “Así que…”, como afirmó el filólogo persa de Nichapur, Abu Mansur Az-Zaalibí: “La ál-la: significa ‘para que…’, como Dios ha declarado: {… dispuso ríos y caminos para que puedan guiarse}, queriendo decir ‘para que puedan encontrar su camino’”[15].

Sin embargo, hay una dimensión adicional a su uso, y es expresar esperanza o temor. La famosa obra de sintaxis y gramática árabe Al Ayrumia, afirma: “El significado de inna y anna es enfatizar; en cuanto a lakinna, se utiliza para corregir una declaración anterior, ka anna se utiliza para comparar, laita es utilizada para expresar un deseo inalcanzable, y la ál-la se usa para esperanza y expectativa”[16].

El erudito y lingüista árabe del siglo XX d. C., Mustafa Al Galayini, afirma: “[la ál-la] Tiene un significado de esperanza y simpatía. Esperanza, tal como desear algo para el ser amado. Por ejemplo: ‘Quizás (la ál-la) llegará el amigo’. Simpatía como para temer que les ocurra algún mal. Por ejemplo: ‘Es posible (la ál-la) que el enfermo perezca’. Esto no se emplea excepto en caso de que sea una posibilidad del sujeto”[17].

Por lo tanto, podemos entender de “la álakum tataqún” que Dios está expresando la esperanza y la expectativa de que, con el ayuno, alcanzaremos un nivel de cercanía a Él y lograremos taqua. El uso léxico implica que este objetivo de tener el vínculo y la conexión definitivos con Él, al punto de que seamos siempre conscientes de Él (la verdadera piedad), es una eventualidad muy real. Sin embargo, uno puede reflexionar si es Dios o es Su creyente el que espera esto. Dios nos ha asegurado que esta es Su esperanza. Ahora depende de nosotros demostrarle a Él que también es la nuestra.

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[1] Éxodo 34:28.

[2] Deuteronomio 9:18.

[3] 1 Reyes 19:8-10.

[4] Mateo 4:1-2, con un relato similar en Marcos 1:13 y Lucas 4:2.

[5] Lucas 5:34-35.

[6] Lucas 5:36.

[7] Enfoque arameo de los evangelios y los hechos de los apóstoles (An Aramaic Approach to the Gospels and Acts), Matthew Black, Oxford: Clarendon Press 1946, 1967.

[8] Diccionario resumido de siríaco con base en el diccionario de sinónimos del siríaco (A Compendius Syriac Dictionary Founded Upon the Thesaurus Syriacus), R. Payne Smith, p. 475.

[9] Orígenes Adamantius (185 – 254 d. C.).

[10] Los ritos de la iniciación cristiana: Su evolución e interpretación (The Rites of Christian Initiation: Their Evolution and Interpretation), Maxwell Johnson, Liturgical Press, p. 74.

[11] Las inscripciones cuneiformes y el Antiguo Testamento (The Cuneiform Inscriptions and the Old Testament), Eberhard Schrader, 1885, pp. 159-160, 285-289, 297-307.

[12] Senaquerib (acadio: Śïn-ahhe-eriba), fue rey de Asiria desde 705 hasta 681 d. C.

[13] Léxico hebreo caldeo del Antiguo Testamento (Hebrew-Chaldee Lexicon to the Old Testament), Gesenius, p. 55.

[14] Lawami Al Anwar Al Bahiya, As-Safarini, p. 53.

[15] Fikh Al Luga Wa Sirr Al Arabiia, Abu Mansur Az-Zaalibí, vol. 1, p. 252.

[16] Al Ayarrumiia, Ibn Ayarrum, p. 14.

[17] Yamí Ad-Durús Al Arabiia, Shaij Mustafa Al Galayini, vol. 2, p. 299.