Hayy: Conmemorando al Profeta Abraham, padre de la fe (parte 1 de 3)

Alguien que observe por primera vez a los musulmanes podría esperar que el Hayy, el peregrinaje del Islam, estuviera enfocado en eventos notables de la vida del profeta del Islam, Muhammad ―quizás sus encuentros con el ángel Gabriel y su recepción de las aleyas reveladas; tal vez su ascensión a los cielos o su conquista sin derramamiento de sangre de La Meca; o quizás su ascenso desde un simple huérfano al primer estadista de la península arábica―, pero no es así. El Hayy conmemora a Abraham, cuya confianza en Dios (“fe”) fue probada y verificada de forma reiterativa. La voluntad de Abraham de seguir lo que él entendía eran los requerimientos de su Señor, incluso al punto de renunciar a la vida de su único hijo (de cuya supervivencia dependía tanto), fue un indicador extraordinario de su certeza en la bondad de Dios y el control de Él sobre todas las eventualidades.

La trascendencia de Abraham para la historia de la fe

Los cristianos y los judíos conocen la historia de Abraham a partir del libro del Génesis de la Biblia Hebrea. Los capítulos 12 al 49 tratan sobre Abraham y sus descendientes hasta la tercera generación. Esta narrativa es fundamental en el recuento de la “historia” de Dios en relación a la humanidad, como lo son los capítulos memorables de la Biblia que conducen hasta Abraham.

Los relatos del Génesis contienen detalles que contradicen las historias coránicas de los profetas, como decir que Noé era alcohólico y que trató a su hijo de forma injusta. El relato del diluvio, tal y como está en la Biblia, es repetitivo y contradictorio (debido a las fuentes de la Biblia actual, que son tardías), y los detalles de cómo ocurrió contradicen la evidencia científica. Sin embargo, podemos extraer la esencia de su mensaje en aquellas cosas que no contradicen al Corán. En su mayor parte, las aleyas coránicas del siglo VII complementan las narrativas bíblicas, mucho más antiguas. En las páginas del Génesis se encuentra una narrativa larga y conectada respecto a Abraham y su familia. El material adicional en el Corán y el hadiz (del que aquí apenas mostramos la superficie) llena registros faltantes en la Biblia, generalmente con un enfoque distinto y con información correctiva.

Antes de Abraham

La Biblia inicia revelando el trabajo y la intención de un Creador responsable por el origen de los humanos ―en dos géneros biológicos― con capacidad reproductiva conjunta, a través de la cual se les ordenó que proliferaran su presencia y participación en la tierra (Génesis 1:27-28). Antes del advenimiento de la humanidad, Dios había “generado” (Génesis 2:4), es decir, hecho, formado y modelado el lugar de residencia del ser humano, y los diversos órdenes naturales de las estructuras físicas y metafísicas que sustentan la vida ―según un plan creado a Su orden (Gén. 1:1-25; 2:4-18)―.

El origen de una compañera para el hombre (Adán) se describe como estrechamente relacionado con una “costilla” tomada divinamente de su cuerpo, en lugar de a partir de los elementos de la Tierra ―como había sido el procedimiento con la creación de las criaturas anteriores―. La mujer (Eva) es presentada como satisfaciendo la necesidad de Adán de una ayudante y compañera, de modo que esta pareja se convertiría en “una carne” en el matrimonio (Gén. 2:18-24).

De acuerdo tanto al Corán (2:31-33) como a la Biblia (Génesis 2:19-20), Adán fue llamado por Dios para decir los nombres de las criaturas creadas antes que él. Cuando se trató de su esposa, Adán la llamó Eva (“viviente”) como la “madre de todos los seres vivos” (Gén. 3:20), indicando un parentesco común, a partir de entonces, para la humanidad. Cuando Eva quedó embarazada de Caín, reconoció la fuerza generativa operando en su cuerpo como el poder del Señor (Gén. 4:1). Entre los hijos e hijas generados por Adán (Gén. 5:4), la Biblia solo registra los nombres de tres hijos.

Las genealogías eran importantes para la narrativa hebrea (Génesis capítulos 4-5), que registró los nombres y generaciones de la descendencia sucesiva, aunque por lo general se limitó a los hombres que conducían, en cadena ininterrumpida, a la siguiente persona recta memorable, aquellos que “encontraron el favor de Dios” y que “caminaron con Dios”:

  • El hijo y el nieto de Adán: SetEnós

“Y a Set también le nació un hijo, y llamó su nombre Enós. Entonces los hombres comenzaron a invocar el nombre de Jehová” (Génesis 4:26).

  • Enoc, 7ta generación después de Adán a través de Set

“Y caminó Enoc con Dios, después que engendró a Matusalén, trescientos años, y engendró hijos e hijas… Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios” (Génesis 5:22, 24).

  • Noé, 10ma generación después de Adán a través de Set

“Pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová… Noé, varón justo, era perfecto en sus generaciones; con Dios caminó Noé… Y se corrompió la tierra delante de Dios, y estaba la tierra llena de violencia… toda carne había corrompido su camino sobre la tierra… Dijo, pues, Dios a Noé: … Hazte un arca… Y he aquí que yo traigo un diluvio de aguas sobre la tierra, para destruir toda carne en que haya espíritu de vida debajo del cielo… Mas estableceré mi pacto contigo… Y lo hizo así Noé; hizo conforme a todo lo que Dios le mandó” (Génesis 6:8-22).

Siete generaciones se enumeran para el primer hijo de Adán, Caín, y ninguna para Abel, el segundo hijo, que cayó víctima del primer asesinato; y la línea de Set, el tercer hijo, nos lleva a Noé. Después de Noé, su progenie continuó a través de tres hijos: Sem, Cam y Jafet.

En los días de Noé, un evento geológico catastrófico causó un diluvio, que se extendió por un año (Gén. 7:6, 11-12; 8:13-14) y devastó a la humanidad con excepción de Noé y tres de sus hijos, junto con sus cuatro respectivas esposas (Génesis 8:16). Ellos sobrevivieron en una especie de barco cuyo diseño Dios les había enseñado. En acción de gracias, una vez en tierra firme, Noé construyó un altar a Dios y ofreció múltiples sacrificios animales (Gén. 8:20), a la usanza de su época.

Las generaciones de la humanidad ―desde Adán y Eva, a través de su tercer hijo Set― continuaron a través de los tres hijos de Noé (Gén. 10:1) y sus esposas; estas familias proliferaron y se expandieron por toda la Tierra (Gén. 10:32). Después del diluvio hubo una alianza establecida por Dios con Noé, su familia y sus descendientes: además de la vegetación dada anteriormente como alimento (Gén. 1:29-30; 2:9), ahora la carne de los animales le estaba permitida a los humanos para que comieran (Gén. 9:2-3). Pero la carne con su sangre todavía estaba prohibida (Gén. 9:4). Del mismo modo, tomar vidas humanas (“derramamiento de sangre”) era una ofensa grave, y se tenía que responder a Dios por dicho pecado (Gén. 9:5). Una vez más, se les ordenó a los humanos reproducirse, poblar y administrar la Tierra.

La humanidad aprendió lecciones a lo largo del camino: la astucia seductora del adversario de la humanidad ―capaz de disfrazarse incluso de serpiente (Gén. 3:1, 13-15)―; los peligros de la ira que lleva al asesinato (Gén. 4:3-8); el lastre de la embriaguez y la necesidad de la modestia y de cubrir el cuerpo (Gén. 9:23; 2:25); las consecuencias de la arrogancia humana (Gén 11:1-9). Del lado positivo está la lección de que Dios está complacido con los humanos por su comportamiento justo (Gén. 6:9).

No existen manuscritos originales de ningún libro bíblico que sirvan para contrastar la información que conocemos a partir de las traducciones actuales, y existe mucha evidencia de que todos los libros bíblicos han sufrido adulteraciones de diverso tipo, por lo que la información del Génesis no es 100% confiable. Pero, teniendo al Corán como guía, podemos extraer de allí la información más plausible.

La historia de Abraham en la Biblia

A medida que las generaciones se sucedían una tras otra y se dispersaban geográficamente, la décima generación después de Noé a través de su hijo mayor Set vio el nacimiento de Abram ―luego llamado Abraham― (en árabe, Ibrahim), al oriente de Palestina, en Ur de los caldeos, en algún lugar dentro de la zona de la Media Luna Fértil, no muy lejos del lugar al este de Turquía donde el arca de Noé descansó después del diluvio.

En aquellos días, Taré decidió emigrar al oeste con sus dos hijos, Abraham y Najor, y con su nieto Lot y su nuera Sara, que era esposa de Abraham. Taré se estableció en Harán (Turquía) donde se quedó hasta el fin de sus días, en lugar de continuar a su destino en Canaán (Palestina, Gén. 11:31). Sin embargo, el Señor le habló a Abraham y le ordenó que siguiera adelante hasta la tierra de los cananeos (Gén. 12:1-10), prometiéndole a Abraham que su descendencia finalmente tomaría control de ese territorio, ahora habitado por pueblos peligrosos.

Para conmemorar la aparición de Dios en Siquem, Abraham construyó allí un altar de adoración a su Señor, y erigió otro lugar de adoración a Dios en la región montañosa (Gén. 12:8) en tránsito hacia el Neguev, donde encontró condiciones de hambruna y se vio presionado a dirigirse a Egipto. Allí, Abraham se hizo rico en ganado, esclavos, plata y oro antes de regresar al norte de Canaán, a instancias de su Señor, y establecerse en Hebrón ―donde erigió otro altar a su Señor y vivió allí pacíficamente―. En esta etapa de su vida, Abraham estaba construyendo “altares” conmemorativos para marcar los lugares donde había estado espiritualmente conectado con su Señor. Más tarde construiría un templo o casa de oración, en un lugar seguro para el asentamiento.

Para entonces, Lot se había separado de su tío Abraham ―debido a la necesidad de cada uno de tener extensas tierras de pastoreo―, y se encontró en medio de tribus en guerra, convirtiéndose en prisionero de guerra junto con su pueblo, y sus posesiones fueron tomadas como botín de guerra. Entonces, Abraham y sus aliados fueron en persecución, recuperaron el control de Lot, su pueblo y sus bienes, e hicieron alianzas con los gobernantes del área (Génesis, capítulos 13-14).

Más adelante, Abraham recibió otra visión (Gén. 15) garantizándole seguridad y protección. En ese momento, Abraham era anciano y su esposa permanecía estéril, una situación lastimosa para un hombre rico y de su estatus. En respuesta al deseo de Abraham de tener un hijo biológico para que lo heredara, la visión de Dios no solo le prometió un hijo, sino una bendición universal que llegaría a la humanidad a través de un número incontable de descendientes de Abraham.

Respecto a estas historias bíblicas, el Corán nos recuerda las experiencias de Bani Israil (los Hijos de Israel), corrigiendo el registro bíblico donde es necesario, confirmando incidentes instructivos adicionales, y reorientando a la humanidad hacia su guía final.