Pasión y poder: Las políticas de la musulmana ideal

Es la naturaleza humana el estar demasiado consciente y crítico de quienes se encuentran en la mira del público, y los musulmanes no se diferencian en esto. Los imams, los shuiúj y otras figuras populares dentro de la esfera pública islámica están sujetas a escrutinio y causan fascinación.

Las mujeres musulmanas que están comprometidas en la esfera pública son aún más vulnerables a la crítica. Cada aspecto de sus vidas, ya sea su estado marital, el color de sus velos y vestimentas, cuántos hijos tienen o ―Dios las proteja― si pasan por un divorcio, está abierto a discusión por parte de la masa en general, con sus viciosos críticos que se creen santos y siempre argumentan con muchas autojustificaciones y muy poco husn az-zann (beneficio de la duda).

 No importa qué tan religiosas o estudiadas sean, siempre se espera de las mujeres musulmanas que tienen algún tipo de presencia pública encajen dentro de un molde muy específico: el de la “musulmana ideal”.

Sin embargo, esta “musulmana ideal” es ficticia: no ha sido encarnada ni siquiera por las mejores mujeres, ni por las esposas del Profeta (la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él) ni por las compañeras ni por las mujeres de los Tabiín. Nos hemos permitido crear una falsa narrativa, como si las mujeres de aquella época solo hubieran hablado de cierta manera, se hubieran vestido de cierta manera, y hubieran interactuado con su sociedad en general de cierta, muy limitada y muy específica manera. Hemos llegado a creer que estaban desprovistas de peculiaridades en su personalidad, de opiniones fuertes y de conflictos personales incluso con sus maridos. Hemos llegado a creer que eran como un tipo de Madonas cuya piedad aseguraba que no tuvieran una condición normal de humanas.

Sin embargo, nada de esto es verdad. Es cierto que eran mujeres de taqwa; mujeres de conocimiento, sabiduría y entendimiento; mujeres modestas y castas, mujeres que se dedicaban a la adoración de Al-lah. Pero también eran mujeres que escogieron liderar armadas durante las batallas; mujeres que no solo no estaban en ocasiones de acuerdo con sus esposos, sino que además insistieron en seguir sus propias opiniones; mujeres apasionadas que no permitieron que otros les dictaminasen cómo podían hablar o comportarse.

Una mujer así fue Aisha Bint Talha Ibn Ubaidil-lah. Su padre fue el Sahaba Talha Ibn Ubaidil-lah, su madre fue Umm Kulzum Bint Abi Bakr As-Siddiq, su tía fue Umm Al Mu’minín Aisha Bint Abu Bakr.

Aisha Bint Talha fue una Muhadita (erudita del hadiz), una Faqiha (jurista), una Muftiya (quien está en capacidad de dar un edicto sobre una ley no vinculatoria) y una abida (devota) a quien se le consideró casi igual a Aisha Bint Abu Bakr, la esposa del Profeta, en cuanto a piedad, conocimiento e intelecto.

También se la conoció por ser la mujer más bella de Medina, una mujer que tuvo tres esposos, y que no tuvo comparación en la fuerza del brillo de su personalidad.

Tampoco se cubría el rostro. Aunque mantenía su hiyab y se cubría con un jimar y un yilbab, mantuvo su rostro al descubierto y, como resultado, su belleza se hizo famosa tanto dentro como fuera de Medina.

Se narra que una vez Aisha tuvo un altercado con su esposo Abdul-lah Ibn Abdur-Rahmán Ibn Abu Bakr As-Siddiq y dejó su casa en estado de furia. En su camino hacia Al Masyid An-Nabawi, a donde iba a visitar a su tía Aisha, se encontró con el Sahabi Abu Huraira. En shock, él la miró de reojo y exclamó: “¡Subhan Al-lah! Acabo de ver a una de las Hur Al Aín!”. (En cuanto a su altercado con su esposo, Aisha se quedó con su tía por cuatro meses antes de decidirse a regresar a casa).

Anas Ibn Malik en una ocasión le dijo directamente: “¡Por Al-lah, nunca he visto a nadie de mayor belleza que usted, excepto a Muawia Ibn Abi Sufian cuando se sienta en el mímbar de Rasúl Al-lah!”. Su respuesta fue de una completa seguridad sobre sí misma: “¡Por Al-lah, soy más bella que una poderosa llama vista por un hombre que se está congelando en medio de una helada noche!”.

Imagina cómo esta mujer habría sido considerada hoy en día, una mujer que tiene la audacia de responder con semejante confianza en sí misma, que no solo sabe lo que los demás dicen de ella, sino que además lo enfatiza ―¡Y ni qué decir de una mujer que deja el hogar de su esposo enfadada y no regresa hasta que ella así lo decide!―.

Un punto a destacar es que Aisha demostró que aparentemente no se consideraba harám para ella el dejar el hogar de su esposo sin su permiso. Después de todo, se quedó a lo largo de estos cuatro meses en la casa de Umm Al Mu’minín (la madre de los creyentes) Aisha. Si al haber actuado así hubiera estado cometiendo un pecado, ¿su propia tía no la hubiera rechazado enviándola de nuevo donde su esposo? La situación era muy diferente de lo que escuchamos hoy en día que dicen muchas personas: que para una mujer incluso poner un pie fuera de la casa de su esposo sin su permiso es incorrecto, o que para una mujer dejar la casa de su esposo estando enfadada es comparable al kufr (incredulidad) menor.

Su segundo esposo, Musab Ibn Az-Zubair, fue un hombre que la amó profundamente y que comenzó a sentir celos por el hecho de que su belleza era tan evidente para todos aquellos que la veían. Así es que un día le dijo: “¡O quédate en casa o cúbrete el rostro cuando salgas!”.

¿Su respuesta?: “Al-lah me ha dado este distintivo de belleza, entonces quiero que la gente me vea y conozcan mi virtud sobre ellos. Nunca la cubriré viniendo de Al-lah. ¡Y por Al-lah! ¡Al-lah sabe que no hay falla en mi carácter sobre lo que cualquiera pudiera comentar!”.

El narrador que estaba relatando esta historia al Imám As-Safadi comentó: “Esto era verdad. Ella era extremadamente fuerte de carácter, y así era como eran las mujeres de Banu Taim”.

En este incidente, lo que sobresale, además de la ausencia de niqab, es que es el caso evidente de un hombre ordenando a su esposa que haga algo… y la esposa decidiendo seguir su propia opinión del Fiqh con la plena confianza de no estar haciendo algo que desagrada a Al-lah.

Si bien uno puede diferir con su elección de no llevar el niqab, esto es particularmente curioso para una mujer conocida como la más grande tábiyat de su tiempo. Fue descrita como Ziqa (fuerte y confiable erudita en la ciencia del Hadiz) por Iahia Ibn Maín, Ad-Daraqutni, el Imam Ahmad Ibn Hanbal y otros. También fue clasificada como Huyya (aquella cuyas acciones y estamentos son utilizados como evidencia en asuntos legales), categoría de la cual muy pocos individuos eran considerados dignos. Además, ella desafió lo que comúnmente se enseña como un requisito principal en la relación marital: la inquebrantable obediencia de una esposa hacia su esposo en absolutamente cada esfera de la vida.

Obviamente, es innegable que Al-lah otorgó a los hombres el rol de qawwám (guardián, hombre responsable de las mujeres de su familia), pero tal vez también es hora de que reconozcamos que, con el tiempo, los musulmanes hemos exagerado lo que ese papel implica. Al parecer, los Sahaba y los Tabiín no tenían un concepto tan estricto sobre la sumisión femenina a cada capricho y deseo de los esposos.

Ejemplos de su vida fueron registrados en los libros de Fiqh. Tras la muerte del primer esposo de Aisha, Musab Ibn Az-Zubair le propuso matrimonio, pero, por una u otra razón, ella lo rechazó, e incluso llegó a hacer un juramento de dhihar (cuando se jura no tener relaciones sexuales con la esposa; en este caso, el esposo): “¡Si me caso con él, me será tan prohibido como la espalda de mi padre!”, declaró. Fue un momento sin precedente de la jurisprudencia islámica. Por la razón que fuere, más tarde ella se retractó, y la decisión de los eruditos fue que ella debía pagar una expiación por su juramento. Como kaffara (expiación), compró y liberó a un esclavo valorado en 2.000 dinares.

En otra ocasión, hizo de nuevo un juramento de dhihar, y de nuevo hacia su esposo Musab. Se encerró en sus aposentos y rechazó que él se le acercara de cualquier modo, recordándole el juramento que ella había hecho, a pesar de que él le rogó y suplicó por siquiera poder hablar con ella. Al final, él convocó a Amir Ash-Shabi, el faquí de Kufa, para discutir el asunto con Aisha. Habiendo cambiado de parecer, ella le preguntó a Amir Ash-Shabi sobre cómo resolver el asunto. La fatwa que él estableció para ella en ese caso fue que el juramento era inválido, y que ella debía pagar la kaffara. Ella estuvo de acuerdo con la conclusión del caso, y permitió que Musab retornara a ella. A modo de reconocimiento, ella entregó a Amir Ash-Shabi 4.000 dírhams por su esfuerzo en resolver este dilema en la ciencia del Fiqh.

Hay otras numerosas historias de la vida de Aisha Bint Talha que demuestran cuán distinta era ella de nuestras preconcebidas nociones de lo que una “verdadera sabia” habría de ser. Hoy por hoy, una mujer que se comportara de dicha manera nunca sería aceptada como una persona de virtud y autoridad. Se le hablaría en duros términos, se la acusaría de ser una fitna (tentación, dura prueba) para aquellos a su alrededor, y se le negaría cualquier posición como educadora del Islam para las masas.

Sin embargo, en el tiempo de Aisha Bint Talha, ella fue considerada como una mujer de piedad y devoción extremas, una mujer que enseñó a los hombres de entre los Tabiín, una mujer que quedó registrada como Muhadita, Faqiha y como Muftiya. Y a pesar de todas estas historias que se conocían de su vida, nadie parece haber encontrado contradicción alguna en el hecho de que habló y actuó de tales maneras, y de que fuera una gran mujer de virtud. Había muchos Sahabas que aún vivían en el tiempo en el que ella vivió, y al parecer la aceptaron tal y como ella era.

Lo que podemos aprender de la vida de Aisha Bint Talha no es necesariamente a derivar opiniones del Fiqh sobre el niqab o el dhihar, o de si las esposas pueden prescindir del permiso de sus maridos para dejar sus casas; sino más bien desarrollar una reflexión sobre cómo consideramos actualmente a las mujeres, su personalidad y su conducta, y su presencia en la esfera pública. Nuestras ideas de cómo debe ser “una buena mujer musulmana” están tan nubladas por nuestros propios filtros, tanto culturales como islámicamente “justificables”, que fallamos en comprender que las mejores generaciones de musulmanes en general tuvieron ideas muy distintas de lo que se consideraba aceptable.

Aunque hemos llegado a creer que una mujer piadosa es una mujer silenciosa, o una mujer que restringe todos y cada uno de los aspectos de sí misma al ámbito de lo privado, o una mujer cuya presencia pública es tan mínima y escueta como sea posible, es obvio deducir a partir de las biografías de las mujeres eruditas del pasado que esto no fue siempre considerado el ideal. El rol de la mujer era visto como mucho más flexible de lo que es hoy. La capacidad de la mujer de establecer su opinión y ser más que automáticamente obediente era reconocida o no castigada.

Los Sahabas y los Tabiín  vivieron como seres humanos normales, con emociones, tentaciones, peculiaridades y caprichos en su personalidad, problemáticas en sus relaciones, y demás. Aun así, esto no los desvirtúa de su grandeza como creyentes y como eruditos cuyo valor fue reconocido.

Puede que simplemente tengamos un tremendo trabajo por hacer cuando se trata de cómo percibimos y perpetuamos a “la musulmana ideal”, ya sea una erudita en la esfera pública o un individuo en la esfera doméstica, o ambas cosas. Para ser capaces de criar y educar nuevas generaciones de heroínas del Islam para revitalizar nuestra Ummah, es necesario que enfrentemos la estrechez de nuestras propias ideas sobre qué tipo de mujeres fueron estas primeras heroínas del Islam, para comenzar.

(Nota del Autor: La fuente de las narraciones sobre Aisha Bint Talha fueron relatadas por Sh.

Muhammad Akram Nadwi, referenciando al Imám As-Safadi.)