Conoce a tus hijos

La paternidad se basa sobre la verdad inequívoca de que la madre y el padre saben más que nadie lo que es mejor para sus hijos, o sobre sus hijos. Si aquellos que esencialmente nos traen a este mundo no están dotados con esta facultad, ¿entonces quién podría estarlo?  

Pero los mismos padres te dirán que ese es un hecho discutible. Hubo un tiempo en que ellos también creyeron en esto, luego este principio adquirió el aura de una mentira reconfortante perpetuada por generaciones para alentar a los padres, los cuales inevitablemente ven a sus pequeños deslizarse fuera de sus manos a medida que crecen.  

Por supuesto, los padres son la primera fuente de información sobre todo lo concerniente a sus hijos. Están al tanto de los más pequeños y perniciosos detalles sobre ellos, lo cual, en retorno, les da herramientas para avergonzarlos en público con los amigos. Los padres conocen nuestra historia clínica, tipo de personalidad, resultados en las pruebas, y cada característica distintiva, por insignificante que sea, y que nos hace únicos.  

Pero entonces, crecemos, nos hacemos mayores y nuestro mundo se vuelve más extenso. Hay secretos, mentiras, fracasos, miedos, problemas de privacidad y de confianza, de autoestima y de religión en juego. Todo se vuelve, aunque suene cliché, muy complicado. Ciertamente, estar absolutamente al tanto de un adolescente es una proeza mucho más difícil que saber cuándo el joven necesita eructar. 

No estoy menospreciando el conocimiento de nuestros adultos mayores, el cual supera por mucho al mío y al de sus hijos, de lejos. Sin embargo, no puedo evitar preguntarme si los padres, a veces, no se quedan deliberadamente en una burbuja ilusoria cuando se trata de sus “pequeñitos” ya crecidos. Cuando descubren sus verdaderas actividades después de la escuela y se encuentran con sus chats en sus teléfonos celulares y en los muros de Facebook, les espera una sorpresa. Es entonces cuando se dan cuenta de que no tienen ni idea cuando se trata de sus jóvenes preadolescentes y adolescentes. 

Al menos esos padres tienen un momento que les abre los ojos. Muchos simplemente se niegan a creer en otra cosa que no sea la imagen que sus mentes han conjurado de sus inocentes niños. Se ofenden, de manera en cierto modo justificable, cuando alguien les describe una imagen distinta, sin importar cuán veraz esta sea. Argumentan: “Yo lo sabría, soy su padre”, y afirman tener conversaciones francas con sus hijos y tener pruebas verificadas sobre ellos. 

Sin embargo, criar de la mejor manera es tan difícil como nos podamos imaginar y no importa qué tan bien conozcan los padres a sus hijos, incluso los mejores de entre ellos, siempre habrá aspectos de sus vidas que desconocerán. Como individuos, todos tenemos pensamientos personales y sentimientos secretos. En ocasiones, incluso nosotros mismos intentamos fingir que no los tenemos. ¿Cómo podríamos entonces acusar a los padres por andar a tientas?  

Sin embargo, no se trata de que los padres hagan que sus hijos confiesen cada sentimiento; se trata de interesarse en sus vidas, de modo que ellos puedan tener una idea de lo que está sucediendo, como sólo un padre puede hacerlo. Conocer a un hijo o hija no sucede exigiéndoles que desnuden sus almas y pongan al descubierto sus pensamientos más profundos. Conocerlos ocurre cuando te aseguras de estar allí cuando lo hacen, y cuando les transmites con confianza que siempre pueden recurrir a sus padres para pedirles consejo. 

Nuestros padres se esfuerzan al máximo para poder asegurarse de que todo en nuestras vidas sea perfecto, pero lo que más necesitamos es que nos entiendan. El regalo perfecto con el cual los niños sueñan es tener la atención exclusiva de sus padres. La verdadera pregunta es: ¿ponen un esfuerzo equivalente en saber quiénes somos como en saber lo que queremos? Claro, en nuestro obstinado deseo de afirmar la independencia, podemos reaccionar negativamente a sus intentos por lograr esto; pero, en el fondo, nos preguntamos por qué no empezaron antes. 

Entonces permitamos que los padres, nuestros “pastores” por designación divina (Bujari), se empeñen en reconocer a sus hijos, escuchándolos, poniéndose en sus zapatos y viendo el mundo a través de sus ojos, aunque sea por un momento. Los jóvenes deben sentir que cada uno de sus problemas, por pequeño que parezca o que realmente lo sea, importa tanto que mamá y papá están allí y se han dado cuenta. El último Profeta de la humanidad, quien tuvo la mayor de las responsabilidades, tomó incluso nota de la tristeza del hermano menor de Anas Ibn Malik, Abu ‘Umair, con la muerte de su mascota, entonces se aseguró de consolarlo y le preguntó: “¡Oh Abu ‘Umair!, ¿Qué le ocurrió al Nughair (nombre del pájaro mascota de Abu’ Umair)?”. 

Con frecuencia, los niños se jactan ante sus amigos de que “mi padre o mi madre lo saben todo”. Nada es más triste que el hecho de que estos mismos niños al crecer sientan que ese “todo” dejó de existir. No necesito ser padre para saber que esto es lo peor que puede ocurrir.