Por una comunidad digna: La profunda necesidad de una elevada ética social entre nosotros (parte 2 de 3)

La competencia en el Islam

El principio de la meritocracia no es ajeno al Islam y a los musulmanes. Nos recuerda la lucha de un hombre, Muhammad, que se levantó desde el árido desierto de Arabia y declaró «La ilaha il-la Al-lah«, que se levantó ante las injusticias de la época, cuando la única fidelidad que se reconocía era la afiliación tribal. El Profeta Muhammad declaró el principio de la meritocracia abiertamente, nivelando completamente cualquier noción de nobleza mundana, y en cambio la basó en la calidad de la creencia de uno en Dios solamente: «Inna akramakum ‘indal-lahi atqaqum» (de hecho, los más nobles de ustedes a los ojos de Dios son los más temerosos de Él), y esto en un momento en que la identidad religiosa se consideraba un derecho heredado, en lugar del derecho que Dios le dio a cada individuo.

El Profeta Muhammad nos enseñó a respetar a todos, y a juzgar y reconocer a los demás en base al valor y mérito individual de cada uno. Nos enseñó a reconocer a las personas por sus esfuerzos en lugar de por su linaje, etnia o raza. Tomó a personas como Bilal, un esclavo africano, y Jabbab, otro esclavo, que fueron los oprimidos de La Meca, y los convirtió en los líderes de una nación debido a su sinceridad, trabajo duro y contribuciones a la comunidad.

Muchos de nosotros conocemos el famoso hadiz del Profeta, narrado por Abu Hurairah y registrado en Bujari y Muslim, que dice:

“¡Oh, Bilal! Dime, ¿qué buena obra has hecho en el Islam?, porque he escuchado el sonido de tus pasos en el Paraíso. Bilal respondió: «Después de purificarme durante el día o la noche, rezo con esa purificación tanto como Al-lah ha destinado para mí».

El Profeta solía elevar el rango de la gente que lo rodeaba reconociendo sus buenas obras. Y noten la clara conexión entre la sinceridad de Bilal en privado y cómo el Profeta elevó su honra en público. De hecho, el mismo Al-lah elevó el nombre de Bilal al permitir que el Profeta escuchara los pasos de Bilal detrás de él en su mi’ray (ascensión) a los Cielos, en la Noche del Isra’ (el Viaje Nocturno).

El Profeta asignaba a la gente responsabilidades y oficios basándose en su aptitud. Envió a Musab Ibn Umair, de 19 años, a Medina como su embajador, seleccionándolo de entre hombres mayores, como Abu Baker, Abu Ubaidah Ibn Jarrah, Uzmán Ibn Affan y otros de su calibre. Escogió a Musab por su capacidad para recitar el Corán, lo que representaba un instrumento para convertir a la gente de Medina al Islam.

Nombró a Bilal como su muecín (quien llama a la oración) por su bella voz. ¡El mismo Bilal, cuyo rostro había sido restregado contra las arenas de La Meca, fue quien subió al techo de la Kaaba y pronunció el adhán! ¡Hablemos de las aplastantes percepciones sobre quién es honrado y quién no lo es! Lo que debe haber pasado por las mentes de los quraish en La Meca al presenciar a su antiguo esclavo parado en lo alto del edificio más sagrado de toda Arabia, llamando al pueblo a la oración. ¡Cómo esa misma acción debe haber dado alas a las esperanzas y sueños de los desposeídos y oprimidos de La Meca!

El Profeta designó a Usamah Ibn Zaid, un joven de piel oscura, como el general de la armada, por encima de sus superiores, quienes habían contribuido grandemente a la causa del Islam. Escogió a Usamah no solo por el amor que le tenía, sino también porque vio en él signos de un gran liderazgo. Los compañeros que tenían sentimientos contrarios sobre esta decisión, dada la temprana edad de Usamah, más tarde comprenderían la aguda visión del Profeta cuando la armada de Usamah obtuvo victoria tras victoria y regresó a Medina con una de las más exitosas campañas militares de la que los musulmanes serían testigos en toda la historia del Islam.

El Profeta también eligió a Abd Shams Al Dawsi, quien solía pastorear el ganado de su tribu, y reconoció su inteligencia, invirtió tiempo en enseñarle sobre el Islam, y lo convirtió en Abu Hurairah, a quien le debemos el conocimiento de tantos hadices sobre el Profeta. No se necesitaba ser de los quraish ni árabe para ser reconocido por el Profeta. Gente como Salman Al Farisi, un persa, se hizo compañero cercano del Profeta por su conocimiento y su esfuerzo en alcanzar la verdad.

El mérito como paradigma divino

Desde los inicios de la misión del Profeta, Al-lah lo direccionó hacia el principio de meritocracia para asegurar que la nueva comunidad musulmana, que el Profeta se estaba haciendo cargo de construir, fuera una comunidad basada en el valor y la dignidad individuales de la persona como tal y no en la wasta, el principio imperante durante los tiempos de la yahilía (ignorancia de la revelación divina).

La elevación de la meritocracia como un estándar se hace evidente en la sura ‘Abasa, en la que Al-lah comienza relatando el incidente en el que el Profeta se involucró en una conversación seria con un noble de Quraish, con la esperanza de ganarlo para el Islam. Mientras tanto, Abdul-lah Ibn Um-Maktum, un hombre ciego, en su afán por aprender más sobre el Islam de parte del Profeta, lo interrumpió moviendo su codo para que le prestara más atención, mientras el Profeta continuaba su conversación con el noble quraishí.

Esta interrupción persistió hasta que el Profeta le frunció el ceño a Abdul-lah Ibn Um-Maktum y se alejó de él para reanudar su conversación. Inmediatamente, Al-lah, el Altísimo y Exaltado, reveló los versos de la sura ‘Abasa amonestando al Profeta por su comportamiento y enviando un mensaje que perdurará hasta el fin de los tiempos: la gente debe ser valorada no por la clase social a la que pertenece, sino que deben ser estimados de acuerdo con su valor individual.

  1. [¡Oh, Muhammad!] Frunciste el ceño y le diste la espalda
  2. Al ciego cuando se presentó frente a ti.
  3. ¿Cómo sabes que no quería purificarse [aprendiendo de ti el conocimiento],
  4. O beneficiarse con tus enseñanzas?
  5. En cambio, al soberbio
  6. Le dedicaste toda tu atención.
  7. Pero tú no eres responsable si él rechaza purificarse [de la idolatría, ya que tu obligación solo es transmitir el mensaje].
  8. En cambio, el que se presentó ante ti con deseos [de aprender],
  9. Teniendo temor de Dios,
  10. Te apartaste de él.
  11. No lo vuelvas a hacer, porque este mensaje es para toda la humanidad.
  12. Quienquiera, que reflexione y obre acorde a él.

[Corán 80:1-12]

El Corán claramente articula el principio fundamental de la meritocracia en distintos términos en la sura Al Imrán [3:104]: {Que siempre haya entre ustedes un grupo que invite al bien, ordenando lo bueno y prohibiendo lo malo. Esos serán los bienaventurados}.

Y luego en la sura 109: {[¡Musulmanes!] Son la mejor nación que haya surgido de la humanidad porque ordenan el bien, prohíben el mal y creen en Dios}.

Para alcanzar el éxito, una comunidad, según Al-lah, Altísimo y Exaltado, tiene que observar los principios de amr bil-ma’ruf (ordenar lo que es correcto) y nahi ‘anil-munkar (prohibir lo que está mal) sin importar si ese mal es practicado por los ricos o los pobres en una sociedad. Fomentar lo «correcto» y prohibir lo «incorrecto» es el mecanismo básico que subyace a un sistema fundamentado en el mérito individual. No solo implica sino que asegura que las personas serán juzgadas por sus acciones en lugar de por su estatus socioeconómico, su linaje, su etnia, etcétera.

El Profeta además enfatizó el principio de la meritocracia en su famoso sermón durante la peregrinación de despedida, al declarar:

“Toda la humanidad proviene de Adam. Un árabe no tiene superioridad sobre un no árabe. Tampoco un no árabe tiene superioridad sobre un árabe. Ni el blanco tiene ninguna superioridad sobre el negro. Tampoco el negro tiene superioridad sobre el blanco, excepto por su temor de Dios y sus buenas obras. Sepan que cada musulmán es hermano de otro musulmán y que los musulmanes constituyen una hermandad. Nada es legítimo para un musulmán si pertenece a otro musulmán, a no ser que haya sido dado libre y voluntariamente. No sean, en consecuencia, injustos consigo mismos. Recuerden que un día se encontrarán con Al-lah y habrán de responder por sus actos. ¡Así es que sean cuidadosos! No se desvíen del camino de la virtud después de que yo parta”.

El Profeta está resumiendo aquí los principios más importantes del mensaje del Islam, y es de suma importancia que la norma moral de la meritocracia se encuentre entre ellos.