Reflexión sobre el COVID-19

La crisis que ha envuelto a todo el planeta obligando a los seres humanos a permanecer en sus casas para refugiarse de un invasor invisible, nos ha llevado a muchos de nosotros a la introspección. Nada te sumerge en una crisis existencial como una pandemia. 

Esta no es la primera crisis que le sobreviene a la humanidad ni será la última. Sin embargo, no tiene paralelo en que afecta a todo el mundo de una manera inminentemente amenazante. Sí, el cambio climático afecta también a todo el planeta, pero su impacto continúa siendo negado por muchos y sus efectos no son instantáneamente evidentes. Los océanos se han contaminado, los casquetes polares se han derretido, muchas especies se han extinguido, los recursos se han agotado, pero el impacto sobre la vida humana no es tan fácilmente perceptible ni es directamente atribuible al cambio climático. 

En realidad, nunca habíamos entrado en un pánico y duelo simultáneos a través de las ondas de radio, los periódicos y las redes informáticas a escala global. 

El impacto colectivo del COVID-19 es diferente, es la primera catástrofe de este tipo en la era digital moderna. Si bien se han producido pandemias a esta o a mayor escala antes de la llegada de la tecnología moderna de comunicación, la globalización ha creado un tipo de interconexión entre la humanidad que apenas podría haber sido imaginada en los siglos XIV o XVII, ni siquiera a comienzos del siglo XX. Estamos todos confinados en nuestras casas y, al mismo tiempo, estamos experimentando esto juntos: seguimos los cuadros y las gráficas, vemos las conferencias de prensa y los tweets, leemos las investigaciones de salud pública e incluso las teorías de conspiración. 

El procesamiento de tal diluvio de información, separando lo verídico de lo falso, recorriendo episodios de histeria, dolor, paranoia y aceptación, incluso nos ha llevado a cuestionar nuestra realidad. ¿Puede esto siquiera ser real? ¿Cómo pudo ocurrir esto en el año 2020, cuando la ciencia ha avanzado al punto de que podemos crear inteligencia artificial para resolver problemas, hacer ingeniería genética para corregir mutaciones, curar enfermedades que casi siempre eran mortales? ¿Cómo puede una combinación submicroscópica de proteínas y material genético estar realmente asesinando a tanta gente de forma indiscriminada, cambiando la vida de todos en el planeta? 

Cuando muchas personas piensan en el mundo de lo oculto en términos religiosos, se enfrentan a la creencia en un Dios Omnipotente que no pueden imaginar en términos humanos, o en el mundo de los ángeles, de Satanás; o incluso a los relatos canónicos de profetas y civilizaciones descritos por textos antiguos. Nos preguntamos: ¿acaso estas historias aparentemente ilógicas pueden ser realmente ciertas? ¿Son las historias de los milagros siquiera posibles? ¿Las historias que relatan episodios del castigo divino son simples cuentos ficticios de advertencia para proteger nuestras almas del pecado? 

El COVID-19 nos lleva a pensar también en otro mundo de lo invisible: un mundo de partículas flotando a nuestro alrededor, amenazando con infectarnos, y la necesidad de actuar en consecuencia para proteger nuestra existencia física de su amenaza. Las personas han tratado el COVID-19 con el mismo escepticismo que otros le aplican a la religión. Esto no puede ser real. ¿De dónde viene? Con seguridad, debe haber fuerzas deliberadamente nefastas detrás de ello. De otro modo, no tiene sentido. 

Existe una conexión recíproca entre estos dos ámbitos de lo invisible. La negación de la existencia del uno amenaza nuestras almas, y la del otro, nuestros cuerpos. 

La ironía es que tanto la religión como la ciencia requieren dos tipos distintos de fe, los cuales son necesarios para nutrir a la humanidad: la fe en lo oculto, en Dios y Su poder, y la fe en las leyes científicas que gobiernan el universo. Transgrede los límites de cualquiera de los dos y la humanidad sufre. Estas son las señales, en mi opinión, sobre las cuales Dios nos pide que reflexionemos. 

El capítulo (Surah Al Báqarah), verso (aleya) 164 del Corán, afirma: 

{En la creación de los cielos y de la Tierra, la sucesión de la noche y el día, el barco que surca el mar para provecho de la gente, el agua que Dios hace descender del cielo con la que da vida a la tierra árida, en la que diseminó toda clase de criaturas, y en la dirección de los vientos y el control de las nubes que están entre el cielo y la tierra, en todo ello hay signos para quienes razonan}. 

Dios mismo nos instruye a usar la razón para darle sentido al mundo que nos rodea, a observar, reflexionar y sintetizar, para crear significado en medio del caos. La ciencia nos impulsa, proporcionando el mecanismo para el avance de la humanidad. La fe nos recuerda los límites de la razón humana que, a pesar de nuestra comprensión más intrincada del universo, simplemente no puede controlarlo. 

La religión y la ciencia no son antitéticas: creer en Dios y en Su poder supremo no debe impedir que uno acepte los hechos de la ciencia. La gente culpa (o afirma) a la religión como el razonamiento respaldado por los negadores del cambio climático, los opositores a las vacunas, o los propagadores de teorías de conspiración acerca de la verdadera amenaza del COVID-19. Sin embargo, es la religión la que realmente debería impulsarnos para reflexionar sobre el poder de Dios y la impotencia del ser humano frente a Su poder. 

El COVID-19 continúa ilustrando la interconexión de la humanidad, tanto literalmente (en cómo fue capaz de extenderse por todo el mundo) como figurativamente (en cómo lidiamos con semejante calamidad como hermanos y hermanas en la humanidad). 

Esperamos que la ciencia nos ayude a vencerlo, y la fe nos permitirá vernos los unos a los otros como igualmente vulnerables y necesitados de la misericordia de Dios.