Relatos de un creyente: La piedra

Mi estómago entumecido da alaridos, demanda atención, quiero ignorarlo. Cruzo los brazos, el viento helado que corre desde el desierto me congela, en las casas brillan las luces como luciérnagas que pernoctan; camino, divago, vago. ¿Hasta dónde podré llegar?

Siento un entumecimiento, “es el frío”, me obligo a pensar. Paso junto a una casa donde flota un tenue olor a comida, otra vez he pasado un día completo sin probar alimento. Medina, antes ciudad abundante que recibía a los visitantes con dátiles y agua fresca, se encuentra en problemas, las caravanas son atacadas, los campos ya no producen como antes, los frutos de la tierra se abrazan a las entrañas sin querer salir.

Los hijos de Medina hemos tenido que pasar hambre por culpa de los confederados de La Meca, que se han unido con la intención de asestar un golpe mortal a nuestra religión. Aunque algunos de nuestra ciudad estén complotados, aunque los caballeros del desierto se hayan unido contra Medina, aunque los confederados de todos lados nos cerquen, nosotros no nos rendiremos. Una nueva estrategia para nuestra protección ha surgido; Salman, un hombre proveniente de Persia, ahora compañero de nuestro amado Profeta, enseña cómo excavar la arena ardiente y convertirla, de simples granos sueltos, en un arma a nuestro favor.

Los soldados de la fe han estado construyendo trincheras, yo me sentía tan débil que me escabullí de la tarea; pero ayer, viéndolos cavar fosos, quise ayudar. No me avergüenza reconocer que mi intención no era horadar la tierra para protegernos, me motivaba el mundano asunto de comer, la simple necesidad de sustentar mi cuerpo. Porque en esos quehaceres comunales también hay convite.

Cargué arrumes de arena del tamaño de mi pierna, sentía que me iba a doblar bajo la carga y la desesperación, vacilaba con el peso de cada fardo, tuve que concentrarme en mis pies, confiando en que me sostuvieran. Cuando el Sol estuvo en lo alto esperé el tiempo de pausa, donde se reía y el Profeta amado repartía la comida con sus manos benditas, esas que aseguraban que a todos los comensales les llegara lo suficiente para llenar sus estómagos.

Para mi desgracia, el Sol transcurrió inexorable y la pausa no llegó. ¡Tenía hambre! ¡Hambre! ¡Hambre! No podía quejarme ni gritar, mi sufrimiento era oscuro y vergonzoso, una angustia acuciante de la que sentía que no podía salir, me avergonzaba dar a conocer mi condición, todos se veían tan sanos, llenos de vigor, listos para batallar, me daba pena reconocer mi debilidad.

Ellos siguieron trabajando, pero yo fui incapaz, sentía que mis entrañas se envolvían en fuego y mi cuerpo se bamboleaba a causar del agotamiento. Empecé a susurrar: “Comida, comida, comida”, hasta que la palabra quedó carente de sonido claro, y ya solo la pensaba como una idea lejana. Me tuve que doblar sobre mí mismo para apagar las brasas que se removían en mis entrañas.

El Mensajero de Dios pasó, siempre líder en todas nuestras actividades, hablaba con todos y contemplaba la situación: éramos pocos, estábamos sitiados y teníamos miedo, pero él nos inspiraba la confianza de la promesa de Dios de proteger Su religión. El bello rostro del Profeta se mostraba cansado por el esfuerzo, ya era tarde y yo pensaba que no podría vivir otro minuto sin desmayarme por el hambre.

Seguí al Mensajero de Al-lah con la mirada, tal vez iba a sacar una olla y repartirla, como aquella vez que creímos que la comida no alcanzaría, pero él, con la ayuda del Sustentador, metía la mano en la olla y sacaba alimento suficiente para saciar a uno, luego la volvía a meter y sacaba para otro, y luego para otro, y otro, y otro… Hasta que todos quedamos satisfechos, y la olla aún tenía comida.

Pero no se dirigía a ninguna olla ni fogón, hablaba con todos para infundir ánimos, para recordarles que solo el Dios, dueño del poderío y señorío, otorga la victoria en la batalla; se lo veía tranquilo, su semblante más bello que la Luna llena sobre el desierto.

Mi cuerpo no podía más, yo no lo soportaba, quise ir hacia él para confesarle mi penuria, para que me aliviara el hambre con un dátil o con lo que tuviera a mano. Él era el Profeta de Dios, todos sabíamos que si se le pedía algo él no se negaba. Lo seguí observando, como si quisiera alimentarme de cada palabra que dijera, o que sus movimientos me infundieran ánimos, entonces pude ver la silueta de algo en su estómago, empecé a fijarme, concentrándome en ello para que mi cuerpo torturado se alejara de mi mente, poco a poco dilucidé una forma: nuestro amado profeta había ceñido una piedra a su estómago, era la señal inequívoca del hambre que lo agobiaba a él también.

Mis rodillas se negaron a levantarse, mis pies se negaron a sostenerme, sentí que me desvanecía, caí hacia atrás y tirado en la arena finalmente lo entendí: “Todos tenemos hambre”, dije. Mis ojos se nublaron y sendos lagrimones chorrearon por mis mejillas: el Profeta, quien nos gobernaba, quien nos daba los mejores consejos, quien nos alegraba los días con la Revelación, tenía tanta hambre como yo y aun así trabajaba.

Le supliqué a Dios para que me otorgara fuerzas, quise seguir ayudando con los fosos, esta vez no por la posibilidad de saciar la angustia del hambre, sino porque quería apoyar al ejército que defendía el monoteísmo. Con la gracia del Creador me pude levantar a cavar, cavé y excavé hasta que sentí calambres en los brazos, hasta que se oscureció y nadie pudo continuar. Todos arrastraron sus pasos a donde encontraron sitio, nadie quería alejarse de los fosos.

La debilidad regresó, algunos calmaron el hambre con el calor de meriendas traídas de sus hogares. Esa noche me retiré a dormir, caí donde la arena cubría mis restos desanimados, “el sueño alimenta”, pensé, cerrando los ojos. Entonces, el extranjero Salman caminó entre los musulmanes cargado con leche para repartir, el puchero me llamó y con él calmé mi hambre.

Pero lo que antes me llenó se evaporó con el transcurso del Sol, y hoy es otra noche en la que el estómago protesta y los ojos lloran, la debilidad regresa, solo poseo el deambular de mis pasos. Entonces, escucho una voz, el extranjero Salman me llama a su casa, el puchero hirviendo me guía sin demora. Siempre hay una mano amiga cuando eres musulmán.