Relatos de un creyente: Una herida perdurable

La herida perdurable de Nusaiba convoca a Rufaida junto con sus más avezadas aprendizas, ellas entran apresuradas a la casa del Escudo del Profeta, y todos sabemos a qué se debe.

En Uhud la derrota había sido sellada, la avaricia de los arqueros musulmanes los impulsó a abandonar sus puestos en busca del botín, y la codicia fue el mejor apoyo de los Quraish. Los musulmanes tuvieron que huir para preservar sus vidas, mientras los mecanos los perseguían, el grupo de guerreros de élite persiguió al Profeta de Dios hasta la cima de la montaña de Uhud, donde los sahabah más cercanos lo protegían.

Entre ellas, con la presteza de quien cree en Al-lah y el Dia del Juicio, Nusaiba defendía al Mensajero de Dios. Entonces vieron al enemigo Ibnu Qamia que se dirigía hacia ella, tal vez pensó que por ser mujer sería el punto débil del escudo humano que protegía a Muhammad.

Al ver a su enemigo ella entendió su intención, pero solo muerta dejaría un espacio donde los enemigos encontraran vía hacia el Profeta de Dios. Le dijo al Mensajero: “Mensajero de Al-lah, suplica para que Al-lah nos haga tus compañeros en el Paraíso”, él respondió: “Al-lah, hazlos mis compañeros en el Paraíso”. Ella le dijo: “Después de esto, no me importa lo que suceda”, y con esas palabras, espada en mano, fue al encuentro con de su enemigo.

Lucharon uno a uno; él, entrenado desde la infancia como cualquier niño de Meca, ella con la intención y la ferocidad de quien defiende una causa justa, con lo poco que sabía por su crianza en Medina. Luego de un tiempo corto, él, temible, gigante, le apuntaló una herida hueca en la base de su cuello.

No ganó la batalla contra el temible enemigo de los creyentes, lo que sí ganó fue el tiempo suficiente para que más musulmanes llegaran a pelear al lado del Profeta. Cuando Ibn Qamaia’ dejó a Nusaiba sangrante y quiso llegar al Mensajero, su escudo se había fortalecido con los brazos de un contingente que logró repeler a esa élite de mecanos que buscaban la muerte del líder de nuestra bella Medina.

Nusaiba no murió, de hecho, ganó un reconocimiento por esa batalla memorable que la convirtió en “el Escudo del Profeta”, pero la herida que el infame le causó nunca se ha curado, apenas se cierra lo suficiente para no desangrarla, y el dolor que debe soportar es perene.

Rufaida, su hermana en el amor hacia el Profeta, busca constantemente nuevos remedios que le permitan aliviar ese suplicio, y cada vez que entra a su casa, sabemos que está curándola, intentando una y otra vez, tan incansable como saben ser las sahabis.