Relatos de un creyente: El siervo del sol

Hoy no he tenido trabajo, y estoy adquiriendo una costumbre que alimenta mi corazón: en mis descansos voy a la mezquita, allí descanso, duermo, rezo, sonrío al ver algún conocido, como cuando está Abdu Rahmán, uno de los mejores hombres que he conocido.

Abdu Shams Al Dawsí llegó a La Meca siguiendo a Tufail, un hombre inspirador que también era su líder. Años atrás, Tufail había derrumbado sus prejuicios convirtiéndose en musulmán y, al regresar a su pueblo, la gente de Daws, les contó sobre Dios, el Uno, el Único, y los invitó a conocer el sosiego del Islam.

Su gente se rehusó. Solo Abdu Shams, un joven perspicaz con una energía resplandeciente, escuchó el mensaje de la unicidad de Dios. Así que los dos, el líder Tufail y el brillante novato, Abdu Shams, llegaron a La Meca para conocer al gran hombre; acudieron prestos a la casa donde los esperaban.

El bálsamo de los tapetes tejidos los envolvió cuando se sentaron. Estaban entre hermanos, la primerísima familia del Islam, que tejía sus encuentros con la furtividad de los que se aman. Allí el joven fue presentado: “Él es Abdu Shams, quien ha entrado en la creencia del monoteísmo”.

El Mensajero de Dios estuvo a gusto, excepto por el nombre del nuevo musulmán: Abdu Shams significa “siervo del Sol”, y nadie ni nada merece ser adorado excepto Dios, así que ese día decidió regalarle al joven un nuevo nombre: Abdu Rahmán, el siervo del Misericordioso.

Con este flamante nombre, el joven y Tufail regresaron a su pueblo, donde siguieron enseñando la bondad del Islam a sus compañeros. Pasaron los años, y ahora que el Profeta habita en Medina, Abdu Rahmán ha llegado hasta mi majestuosa ciudad para vivir aquí, siguiendo los pasos del Enviado de Dios.

Lo veo en la mezquita rezando, en las veredas, demacrado y pálido por el hambre, como muchos otros de nosotros. Podría regresarse a la tierra de su pueblo, Daws, para tener comodidades, pero prefiere estar al servicio del Profeta, tal como Bilal, hombres que merecen el alto honor de ser de los mejores musulmanes.

Es común que esté al frente de la mezquita, presto para lo que se necesite. En ocasiones se acerca a los que sabe que tienen comida esperando en las brasas de sus hogares, les pide que reciten una aleya y él finge aprender, o pide explicación de algo que sabe de memoria; lo hace por necesidad, porque la penuria lo impulsa.

Esta mañana, bajo el Sol que antes lo nombraba, Abdu Rahmán tenía leche, leche fresca para enfriar su garganta. La bebió con gusto, no la terminó porque no quiso saciarse sin compartir, se agachó y vi cómo, con el amor de un hombre que conoce a Dios, compartía su ración con su nuevo amigo, un pequeñuelo de cuatro patas, un minino que encontró deambulando por la mezquita.

El Profeta también lo vio y, con una sonrisa, lo agasajó. Desde esta mañana Abdu Rahmán, el hombre misericordioso que compartió su poca leche con un compañero felino, tiene un nuevo apodo, un nuevo obsequio que Muhammad, el hombre más noble de nuestra ciudad, le ha dado. El que un día fue el siervo del Sol ahora se llama Abu Hurairah, “el padre del gatito”.