Relatos de un creyente: La última oración

Nunca había sucedido, solo él dirigía la oración, solo él tenía el derecho de hacerlo. Me niego a rezar detrás de otro, cualquiera que sea, solo el Profeta amado puede dirigirnos en nuestro encuentro con Dios.

Los otros, consternados, llorosos, horadan la arena con sus filas rectas, tal como él enseño; las mujeres, con los ojos rojos, dirigen sus pies hacia la Kaaba, dispuestas también a rezar. Yo no voy, nadie me va a extrañar, nadie me va a llamar, no soy nadie para nadie. Prefiero quedarme aquí, en la puerta de la mezquita, sentado, abrazado a mis rodillas, me voy a quedar así hasta que yo también muera.

Hace unas horas Aisha lloraba mientras decía que el Profeta de Dios nos dejaba para ser responsables de nuestra propia religión. La discordia se desató, y mientras unos discutían, otros lloraban y otros negaban lo evidente, yo me quedé aquí, a la puerta de la mezquita, esperando que la noticia fuera una patraña; entonces, Abu Baker gritó: “Cualquiera que adore a Muhammad, sepa que ha muerto. Pero quien adore a Dios, sepa que Dios es El Viviente y no muere”. Con esa frase le comunicó a Medina entera que, en efecto, el hombre que más amamos había muerto.

No es justo que los buenos hombres perezcan ante el inexorable paso del tiempo, deberíamos morir los que somos como yo, los que no pueden abrir la boca sin equivocarse, los que no seremos recordados porque no sabemos nada. Entierro los pies en la arena ardiente, quiero que me abrace, siento que los dedos se me calcinan, es un dolor superfluo comparado con lo que siente mi alma.

¿Por qué tuvo que morir Muhammad? Él era mil veces mejor que yo, él era amable, gentil, sabio, era inteligente, tenía buen humor, soportaba hasta a los groseros, era generoso, amoroso con los niños, respetuoso con las mujeres. ¿Por qué él, si era el Profeta de Dios?

Suena el primer “Al-lahu ákbar”. Lloro, me muerdo los labios y un capullo de sangre me pinta la garganta, no pienso ir, no voy a rezar detrás de otro que no sea el Mensajero de Dios; si él no dirige la oración ya no vale la pena rezar.

Me tengo que ir, eso es lo que voy a hacer, largarme de Medina a perpetuidad. Vagaré por otros mercados, por las tierras que solo conozco de oídas, en una caravana podré colarme y colgaré de un camello hasta que no reconozca la jerga que el gentío emplea.

Suena el segundo “Al-lahu ákbar”. Aprieto mis uñas contra los brazos, quiero clavármelas, ¿cuántos años de vida me quedarán? ¿Diez, veinte, quince, treinta? Con gusto los trocaría por un solo día de vida más para el Mensajero de Dios, para que Muhammad pudiera andar por las calles de mi amada ciudad con esa sonrisa que lo iluminaba todo, lleno de esa naturaleza sublime que le regalaba el Corán.

No, no y no. No voy a rezar detrás de Abu Baker, él es un hombre sincero, un verdadero discípulo de las enseñanzas del más amado, un gran hombre, lo admiro, pero no debería dirigir la oración, nadie debería hacerlo, solo Muhammad podía. Él me enseñó, él tomó agua entre sus manos y nos dijo cómo hacer la ablución, él dijo que debíamos mirar hacia la sagrada Kaaba, él recitaba el Corán con una cadencia magnífica. Solo él puede dirigir la oración, nadie más.

Suena el tercer “Al-lahu ákbar”. Siento que me hundo, la arena hirviendo se abre para aferrarse a mis tobillos, es un monstruo de angustia que me quiere engullir. Yo, que sisaba en el mercado sin ninguna vergüenza cuando el Profeta entró a Taif, que caía borracho sin importarme mi desnudez cuando la camella del Profeta escogió el mejor lugar para la mezquita, que duermo cuando Bilal llama al Fayer, ¿qué derecho tengo yo de vivir, cuando el mejor de los hombres ha muerto?

Me da vergüenza sentir el Sol en mi rostro, disfrutar de la brisa que envuelve la ciudad; es inmoral que un musulmán de la más baja ralea como yo siga existiendo, mientras Muhammad, quien trajo luz a nuestra ciudad, quien cortó los ríos de sangre que se extendían entre las dunas, quien nos regaló la misericordia trascendente, quien perdonó a sus enemigos e hizo afortunados a sus amigos, reposa en un lienzo perfumado.

Suena el cuarto “Al-lahu ákbar”. Quiero que la arena me trague, quiero sentir que mis pulmones explotan por tratar de respirar granos duros e hirvientes, quiero sufrir porque creo que es lo que merezco, porque ya no deseo vivir, ya no tengo ninguna razón para hacerlo. Esta será la última oración del Profeta de Dios, Muhammad, y no la rezan con él, la rezan para él.

Sin darme cuenta, estoy de pie. ¿Cuándo se movió mi cuerpo? La arena sigue ardiendo, el Sol sigue brillando, la brisa hace danzar las hojas de las palmeras, el mundo continúa. Me duelen los pies, las rodillas, los labios mordidos y sangrantes, me doy cuenta de que yo vivo y tengo que cargar el peso de mi propia existencia. Tal vez no sea sabio como Aisha, memorizador como Abu Hurairah, mucho menos valiente como Nusaiba, pero soy yo y tengo que reconciliarme con eso.

Corro hasta alcanzar la última fila de hombres, me uno a la oración, es la última oración que haré con mi amado Profeta y le debo ese respeto, al fin y al cabo, todo lo bueno que soy y lo que logre ser, lo seré gracias a sus enseñanzas.