Relatos de un creyente: Una mota de algodón

En una de nuestras batallas su cuerpo ha regresado sin espíritu, su muerte es el dolor de su pueblo que ahora se queda sin líder.

Cuatro años antes de que los musulmanes dejaran sus huellas de arena en el camino entre La Meca y Medina, Tufail Ibn Ámer, fue a visitar la Ka’ba. Él era un hombre íntegro y probo, inspirador líder de la gente de Daws, cada año viajaba desde sus tierras hasta La Meca, quería ver la espléndida Kaaba y circunvalarla según la tradición de sus ancestros.

En esa ocasión, al entrar a la ciudad vio que el pueblo de Quraish, deseoso de detener la profecía, había apostado poetas que declamaban enardeciendo la animosidad contra Muhammad; “loco, enfermo, brujo”, gritaban esos versos ponzoñosos.

El viento caliente del desierto le llevó esas palabras a Tufail y él se asustó. ¿Qué pasaría si enloqueciera por las palabras extrañas del hombre que decía adorar solo a un Dios? Él, Tufail, era líder y responsable de su gente, no podía darse el lujo de perder la mente entre los vericuetos del hechicero.

Para mantener su mente cabal se taponó cada oído con una borla de algodón. Tranquilo y sonriendo fue a la Ka’ba, y allí estaba el hechicero que amenazaba su sanidad, el hombre contra el cual le habían advertido los Quraish, el Profeta Muhammad, que sentado tranquilamente recitaba algo. Tufail no lo podía escuchar, tan solo veía que sus labios se movían con ritmos de paz y alegría.

Desconfiado caminó hacía donde estaba aquel que le causaba aprehensión, no quería ser hechizado, pero le causaba curiosidad cómo ese hombre podía estar en armonía con la sombra de la Ka’ba. Miedoso, se quitó uno de los algodones y entonces la recitación del Corán voló de los labios del Profeta para alojarse en el corazón de Tufail, y no lo hechizó, sino que abrió su mente al júbilo de la creencia en la unicidad divina.

Tufail Ibn Ámer se acercó al Profeta y reconoció que Dios es uno y solo Dios merece adoración, entonces Muhammad lo abrazó. El inspirador líder de la gente de Daws, se convirtió al Islam, circunvaló la Ka’ba siendo musulmán, y con la anuencia de Muhammad regresó a su pueblo, de donde volvería con un joven que cambió su historia propia y la nuestra, los que habitamos Medina.