Algunas lecciones que nos enseña la pandemia

Siempre podemos aprender algo positivo de todo lo que nos sucede, y los peores momentos son los que nos enseñan las mejores lecciones. Hoy nos encontramos atravesando una terrible crisis a causa del virus que está azotando a la humanidad, hasta cuesta creer que realmente esté pasando. Ver las noticias es como estar viendo escenas de una película del fin del mundo.

Pero esta enfermedad no solo está dejando dolor, miedo y pérdidas económicas a su paso, sino que también nos está dejando valiosas lecciones, que tal vez muchos ya sabíamos en teoría, pero ahora nos toca experimentarlas en carne propia. Esta enfermedad está haciendo que pongamos los pies sobre la tierra y recordemos lo que verdaderamente importa y reconozcamos lo que verdaderamente somos: seres humanos finitos, frágiles, vulnerables y con una tremenda necesidad de Dios en nuestras vidas.

Vivimos y actuamos como si tuviéramos el control de las circunstancias, hacemos planes convencidos de que los llevaremos a cabo, pero se nos olvida que solo Dios tiene el control y que, en última instancia, depende de Él que realicemos o no lo que planeamos. Cuántos planes han sido cancelados a causa de esta pandemia, cuántos encuentros no tendrán lugar jamás… Resulta que no tenemos el control de las circunstancias, resulta que no tenemos asegurado ni siquiera el próximo minuto de vida. ¿No nos demuestra esto que dependemos completamente de Dios y que, queramos o no, estamos sometidos a Su voluntad?

Hemos vivido nuestras vidas sin preocuparnos por el mañana, sin pensar en que un día llegará el fin de este mundo y tendremos que dar cuentas a Dios por nuestros actos. De pronto un día despertamos y nos damos cuenta de que nuestra vida peligra y, peor aún, de que la vidas de nuestros seres queridos están en peligro, y es un peligro real, inminente; realmente estamos bajo amenaza de muerte.

Y es en este punto que descubrimos que no somos invencibles, que haber pisado la luna, haber descubierto el ADN o haber inventado el acelerador de partículas no nos ha despojado de la fragilidad y la vulnerabilidad. Nos ensoberbecimos por nuestra capacidad de desarrollar la ciencia y la tecnología, por nuestra capacidad para inventar cosas que nos facilitan la vida, y se nos olvidó que esa capacidad nos fue dada por nuestro Creador y que no tenemos el control de nada en realidad. Tenemos tecnología de punta pero no podemos detener un virus que se desintegra con agua y jabón. ¿No nos enseña esto una lección sobre humildad?

Dice Dios en el Corán: {Dijo [Qarún con soberbia]: “Lo que se me ha concedido es gracias a mi conocimiento”. ¿Acaso no sabía que Dios ya había destruido naciones más poderosas y con más riquezas que él?} [28:78].

Y dice: {[…] De nada les valieron sus riquezas ni su soberbia} [7:84].

Esta pandemia además nos está enseñando, de la forma más cruel, algo que nos ha llevado milenios comprender: que todos somos iguales, pues la enfermedad ha entrado tanto en los palacios europeos y en las mansiones y penthouses “gringos”, como en las chozas africanas y las casuchas de las favelas en Sudamérica. El virus no ha discriminado ni por raza ni por color ni por estatus económico. Dios nos aclara en el Corán que tenemos un origen común: {¡Oh, seres humanos! Los he creado a partir de un hombre y de una mujer […]} [49:13]. Dios no creó seres humanos de primera y de segunda categoría. Todos venimos de un mismo origen, por lo tanto, somos hermanos en la humanidad. Hoy todos nos encontramos luchando contra un enemigo común que no mira nuestras diferencias, ¿vamos a seguir viéndolas nosotros cuando todo esto termine?

Hoy el mundo no es lo que hasta hace poco era, y tal vez nunca vuelva a ser lo que era… y ojalá que no vuelva a ser lo que era, ojalá que de aquí en adelante seamos capaces de hacer un mundo mejor, que no sigamos defraudando la confianza que Dios depositó en nosotros al ponernos en esta tierra como administradores, no como devastadores, no como opresores unos de otros. Dice Dios en el Corán: {Se puede ver la devastación en la Tierra y en el mar como consecuencia de las acciones del ser humano. Han de padecer [el resultado de] lo que cometieron, quizás así recapaciten} [30:41]. Ojalá recapacitemos…


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2 comentarios

    • “Al-lah” es el Nombre De Dios y es la misma palabra que utilizan los cristianos y judíos que hablan árabe, para mencionar a Dios. Si se mira en una Biblia árabe, se verá la palabra “Allah” en donde iría la palabra “Dios” en una en Biblia en español. Esto es porque “Allah” simplemente quiere decir en lengua árabe “La Divinidad”, y que equivale a la palabra “Dios” en español, con D mayúscula. Además, la palabra “Allah” no puede pluralizarse, un hecho que está relacionado con el concepto mismo de Dios, es decir Único y Uno.

      Es interesante destacar que la palabra en arameo “Elí”, que es la traducción de Dios en la lengua que habló Jesús, suena de un modo similar a “Allah”.  Esto es también el ejemplo de varias palabras hebreas que se utilizan para llamar a Dios, como “Eloh” y “Elah”, y el plural mayestático “Elohim”.  La razón para estas similitudes es que el arameo, hebreo y árabe son todas lenguas semíticas con orígenes comunes.  También se puede notar que al traducir la Biblia al español, la palabra hebrea “Eloh” se traduce a veces como “Dios”, “deidad” o “ángel”.  Este lenguaje impreciso da pié a diferentes traducciones basadas en las nociones preconcebidas del traductor, quien hace que la o las palabras “encajen” en su propio punto de vista.  La palabra árabe  “Allah” no presenta dificultad o ambigüedad, ya que solo se utiliza para Dios Todo poderoso.  Además, en español, la única diferencia entre “dios”, (deidad o falso dios), y “Dios”, (Único y Verdadero Dios), es escribirlo con mayúscula.  Debido a los ya mencionados hechos, una traducción más adecuada de la palabra “Allah” al español podría ser “El Único Dios” o “El Único y Verdadero Dios”

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