El legado viviente de Abraham: Relevancia de los ritos y rituales en la era moderna (parte 1 de 3)

Las imágenes del Hayy (peregrinaje a La Meca) anual continúan captando la atención del mundo. A medida que las personas son testigos de la sincronización de las acciones y el propósito de millones de peregrinos, experimentan sorpresa y asombro. La gente se pregunta a menudo: ¿Por qué es importante el Hayy? o ¿cuál es el propósito de los rituales del peregrinaje en esta época?.

Este artículo trata sobre el poder de los ritos y se centra en los diversos beneficios y la importancia de los rituales del Hayy en particular. A lo largo del mismo, nos embarcaremos en un recorrido relámpago de material relevante desde la antropología, la psicología, la teología, la jurisprudencia, la exégesis, la filosofía y, lo que es más importante, la espiritualidad islámica.

¿Por qué existen los rituales?

En el mundo moderno, los ritos religiosos son vistos como vestigios de la era del Oscurantismo, que ha sido superada por la sociedad a la luz de la industrialización moderna. Para muchos, el beneficio material es la virtud suprema y el único objetivo digno del comportamiento humano. Dicha narrativa retrata las prácticas rituales como comportamientos irracionales que no proporcionan un valor tangible, y cuyos objetivos se pueden alcanzar mejor a través del avance económico y tecnológico.

Según Catherine Bell, “la afirmación popular de que el ritual y la religión disminuyen en proporción a la modernización ha sido una especie de perogrullada sociológica desde mediados del siglo XIX[1].” Esta “sabiduría popular” establece la idea del ritual en oposición directa a la propia razón. Como describió Schilbrack: “Mientras que las mentes primitivas necesitan un ritual para calmar sus temores y darle sentido a lo que realmente no entienden, con la maduración de la razón y el desarrollo de la ciencia moderna hemos, naturalmente, abandonado dichas prácticas[2]”.

Dado que los rituales no se relacionaban con asuntos que pudieran ser examinados dentro del reino del mundo físico, se los consideraba inadecuados para cualquier persona racionalmente educada. El ritual también fue percibido como irracional debido a su desinterés por los bienes materiales. La sola noción de gastar recursos, como dinero, tiempo y energía, sin recibir un retorno material, fue vista como una práctica inconsistente y atrasada[3].

Sin embargo, los académicos han llegado a reconocer esto como una caricatura simplista del valor y la relevancia de los rituales. Desde mediados del siglo XX, esta “tesis de la secularización” ha sido rechazada por un número creciente de sociólogos, que señalan la función fundamental del ritual en todos los aspectos de la vida humana. Los rituales son considerados cada vez más como inherentes a la conducta humana, cambiantes, pero continuamente presentes en la experiencia humana.

Todas las sociedades están igualmente ritualizadas, simplemente practican rituales distintos. Si la mayoría de la gente en las sociedades industrializadas ya no va con regularidad a la iglesia ni practica rituales elaborados de iniciación, ello no significa que el ritual haya disminuido. Lo que ha ocurrido es que nuevos tipos de rituales (políticos, deportivos, musicales, médicos, académicos, etc.) han tomado el lugar de los tradicionales[4].

De hecho, los rituales están imbuidos en todas las sociedades y no solo se manifiestan en las prácticas religiosas, sino también en las actividades cotidianas sociales, políticas e incluso mundanas. Considere uno de los rituales más omnipresentes: el apretón de manos. ¿Qué representa? Una antigua costumbre que tal vez se originó como un acto que simbolizaba mutuo reconocimiento de cortesía, bienvenida, respeto, dignidad, confianza, no confrontación y paz. Estos estados cognitivos y emocionales están unidos de forma colectiva en un solo gesto humano.

Podemos encontrar rituales prácticamente en cualquier lugar al que miremos: mítines, marchas, festividades, carnavales, celebraciones, coronaciones, inauguraciones, etc. En la vida cívica, las ceremonias rituales continúan siendo realizadas para matrimonios y funerales, y abandonarlas sería como menospreciar por completo el significado de estos eventos de la vida. Ya sea el intercambio de regalos, expresando elogios o condolencias, recibir y entretener a invitados, visitar a parientes, no trabajar los fines de semana, o cantar canciones de cuna a los niños, vemos cómo los rituales continúan jugando un papel prominente en casi todas las actividades humanas.

La razón por la que los rituales son importantes, y por qué siguen siendo centrales en la actividad humana, es que trascienden la comunicación verbal. Les permiten a los seres humanos expresar un sentimiento compartido de significado y valor. Proporcionan un lenguaje que es increíblemente versátil, que permite el reconocimiento mutuo del significado de un evento, entidad o relación en particular. Como señala Bell: “En lugar del ritual como vehículo para expresión de autoridad, los teóricos de la práctica tienden a explorar cómo el ritual es un vehículo de construcción de relaciones de autoridad y sumisión[5]”.

Schilbrack, a partir de la obra de Pierre Bourdieu, compara los rituales con “llamados al orden” sociales, que “despiertan disposiciones tangibles profundamente enterradas[6]”. Los rituales se comparan así con los actos de protesta, en donde el ritual mismo, a través del proceso de reunir y corear, puede reavivar o regenerar sentimientos y emociones dentro de los participantes.

Por esta razón, los rituales siempre serán una parte importante de nuestras vidas colectivas. La capacidad de construir propósito y significado, cambiar o tocar emociones profundas, es un poder que no puede ser remplazado dentro de la experiencia humana.

Los rituales en el ámbito espiritual

Los rituales que pertenecen a la espiritualidad demuestran la mayor potencia para construir significado y despertar estados emocionales profundos en aquellos que participan. A través del uso del ritual, intentamos articular lo inexplicable. Los rituales nos permiten condensar vastas series de significados, espectros de emoción, nociones de virtud, todo en el lapso de gestos a menudo momentáneos. Aquello que desafía los límites de nuestra experiencia humana y trasciende las limitaciones de nuestra comunicación verbal, se alcanza y se expresa a través de la práctica espiritual y del ritual religioso.

Volviendo a la descripción moderna de los rituales como irracionales, ahora reconocemos que esta percepción miope se debe, predominantemente, a la incapacidad de ver más allá de los movimientos físicos y la conducta motora involucrada en un ritual, mientras se permanece ajeno al significado metafísico de los actos. El Corán se dirige a esto de forma directa cuando discute el sacrificio ritual de un animal: {Dios no necesita de la carne ni de la sangre [de sus ofrendas], Él desea que ustedes alcancen la piedad [mediante la práctica de este rito]}[7]. El acto físico no es más que el caparazón externo de lo que es un ejercicio espiritual destinado a acercarse a Dios a través del lenguaje simbólico del sacrificio: renunciar a lo que es querido ―riqueza, propiedad, tiempo, esfuerzo― para expresar el amor por la Divinidad y la sumisión a Su voluntad. Las acciones externas son, en realidad, símbolos de lo que está dentro. De hecho, Al-lah describe en el Corán los ritos como símbolos de nuestra espiritualidad: {Sepan que respetar los ritos de Dios dimana de la piedad que hay en los corazones}[8].

Por el contrario, el mismo acto físico puede ser realizado, pero si no está acompañado por el estado espiritual, la motivación y la intención requeridos, puede no alcanzar el estado de adoración aceptable (qabul). Considérense estas dos declaraciones del Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean con él): “Dios no necesita el ayuno de aquel que no abandona la mentira y el mal comportamiento”; y: “Puede ser que alguien ayune todo el día y no gane más que el hambre, y puede ser que alguien permanezca toda la noche en oración y no gane más que la falta de sueño”[9].

Una característica clave de los rituales parece ser su naturaleza recurrente. Pero la repetición no disminuye la importancia ni el significado. ¿Cuántas veces le dice uno a su cónyuge “te amo”? A pesar de la repetición, estas palabras, nunca pierden su significado ni su fuerza, sino que estos se intensifican. Así es con nuestras expresiones de amor por Dios, nuestras oraciones, nuestras súplicas, nuestras declaraciones de “toda alabanza pertenece solo a Al-lah” y de “glorificado sea Al-lah”, etc. Estos actos, cuando se realizan con atención y reflexión, fortalecen nuestra espiritualidad y nos permiten ascender a niveles más elevados de amor y convicción.

Aunque son suprarracionales, las prácticas rituales se prescriben con fines explícitamente racionales en mente: la elevación espiritual y la felicidad de la humanidad en esta vida y en la otra. Por otra parte, los musulmanes tienen prohibidos los rituales que son antirracionales / irracionales, es decir, rituales que no tienen sentido en el ámbito natural ni en el espiritual. En el caso de los primeros, los rituales sin sentido apelan a nociones supersticiosas acerca de cómo opera el mundo natural. El Profeta Muhammad les dijo a sus compañeros que los eclipses no son la consecuencia del nacimiento ni de la muerte de ninguna persona. Los rituales espiritualmente irracionales afirman cosas sobre lo que Dios ha ordenado, que no están corroboradas por evidencia escritural. Véanse, por ejemplo, las aleyas 6:138 y 5:103 que describen rituales de los árabes paganos relacionados con designar a ciertos animales como prohibidos para su uso debido a costumbres supersticiosas; Dios concluye la última de estas aleyas afirmando que “la mayoría de ellos no usa su razón,” estableciendo así que las prácticas rituales no deben ser antirracionales.

El propósito de los rituales islámicos

Los rituales islámicos o Ibadat siguen siendo un tema de gran interés entre los teólogos y juristas musulmanes. Sin embargo, la mayoría de los estudiosos islámicos se preocupan por la funcionalidad de los rituales islámicos más que por su propósito. Los juristas se enfocan en la categorización de los rituales, así como en la legalidad de la forma; mientras que los teólogos se preocupan principalmente por su conexión con principios teológicos.

Esto no significa que el propósito subyacente de los ibadat no sea importante ni que no se aborde, sino que parece ser una conversación silenciada, probablemente debido a la falta de controversia al respecto. Reconociendo la relativa escasez de escritos sobre este tema, algunas de las obras en el campo de tazkiya an nafs (purificación del alma) se han esforzado por resaltar el ethos subyacente de lo que es el culto islámico.

De hecho, el propósito que impulsa los rituales islámicos es importante en la medida que reflexionamos sobre los rituales específicos del Hayy y, particularmente, cuando consideramos las emociones que la experiencia del Hayy busca despertar dentro del creyente.

Ibadat deriva de la palabra abd, que significa siervo o esclavo. Según Lisan Al Arababd tiene sus raíces en el significado de humildad o sumisión, y esto se asemeja a la antigua frase árabe de “at-tarik al mabad”, es decir, el camino que es un abd, denotando un camino que está bien recorrido y aplanado debido al paso excesivo sobre él[10].

Es a través de estos significados que los eruditos musulmanes entendieron los conceptos de ubudiya (servidumbre) e ibadát (rituales), todos derivados de la misma palabra raíz (abd). Después de todo, Dios podría haber utilizado una terminología diferente para describir la religiosidad y la devoción, pero eligió específicamente definir la relación entre Dios y el creyente a través de derivados de la palabra abd.

Ibn Taimiah (728 H) comentó al respecto explicando que: “La devoción ritualizada (ibada) es la convención del cumplimiento del amor de uno por Dios, emparejado con el cumplimiento de la humildad de uno para con Dios. El abd es, entonces, el amante humilde (de Dios)”[11].

Ibn Al Qaiem (751 H) habló sobre esta definición, afirmando que: “La devoción ritualizada (ibada) es la estación más elevada del amor. Hay un dicho popular que dice: ‘El amor lo ha esclavizado (abdahu) como si él fuera una propiedad’, y este es el amor verdadero de lo Divino”[12].

En ambas definiciones podemos ver con claridad cómo los eruditos islámicos vincularon la idea de los rituales con la realización de las emociones humanas. En este sentido, la forma de un ritual no es plenamente significativa sin que despierte las emociones necesarias, es decir, el amor a Dios y la humildad ante Él.

De hecho, como señaló Abu Hilal Al Askari (395 H), “no hay rituales (ibada) excepto a través del conocimiento de lo Divino”[13], refiriéndose a los rituales que carecen de espíritu o sustancia, sin una conexión emocional y una imaginación de lo Divino. Así, cada ritual islámico, ya sea la oración, el ayuno, la caridad o el Hayy, busca crear y despertar emociones profundas dentro del practicante. Es importante recordar también que incluso cuando nuestra adoración no llega a experimentar esa presencia profunda en el corazón (hudur al qalb), aún conserva el mérito con Dios, puesto que estamos haciendo todo lo posible para alcanzar ese nivel.

Los rituales islámicos también son simbólicos en naturaleza. Cuando los juristas musulmanes difieren sobre la forma particular o la posición física en el ritual del salát (oración diaria), en ausencia de escritura explícita al respecto, normalmente se basan en cualquier postura que se considera denota una mayor humildad hacia lo Divino. Esto es debido a que los eruditos musulmanes entienden que todo ritual tiene significados simbólicos subyacentes en cada acto.

En efecto, nuestro salát es el lenguaje del cuerpo tal como nuestro tasbih (declarar la gloria de Dios) es el lenguaje de nuestra lengua. Cuando todos nos prosternamos en suyud estamos expresando con nuestros cuerpos la afirmación de Su Señorío Divino y Su unidad y unicidad, del mismo modo que lo verbalizamos con nuestras lenguas con la Shahada (testimonio de fe).

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[1] Bell, C. M. (1997). Ritual: Perspectives and dimensions. Oxford University Press, 252.

[2] Kevin Edward Schilbrack, Thinking through rituals: Philosophical perspectives (Nueva York: Routledge, 2004), 72.

[3] Bell, C. M. (1997). Ritual: Perspectives and dimensions. 198, 254.

[4] Peter Burke y Roy Porter, The social history of language (Cambridge: Cambridge University Press, 1987), 223.

[5] Bell, C. M. (1997). Ritual: Perspectives and dimensions. 198, 82.

[6] Kevin Edward Schilbrack, Thinking through rituals: Philosophical perspectives (Nueva York: Routledge, 2004), 48.

[7] Corán 22:37.

[8] Corán 22:32.

[9] Sunan Ibn Máyah, 1680.

[10] Ibn Manzur (d. 711 H). Lisan Al Arab. (Beirut: Dar Sader 1955). vol. 3, p. 274.

[11] Ibn Taimiah, Jami’ Ar-Rasa’il (Maktabat At-Turath Al Islami), 284:2.

[12] Ibn Al Qaiem, Madarij As-Salikeen, (Ihya At-Turath Al Arabi), 3:28.

[13] Abu Hilal Al Askari, Al-Farooq Fi Al-Lugha, (Dar Al-’Ilm), 215.


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